Howard Lutnick: el negociador de aranceles de Donald Trump
Cómo el Secretario de Comercio planea transformar el gobierno en una empresa rentable
Antonia Hitchens*
Howard Lutnick se ha convertido en uno de los hombres de mayor confianza de Donald Trump. Con trayectorias de vida similares –ambos son empresarios y negociadores natos– hoy comparten el objetivo de establecer un nuevo orden global en materia comercial que quiebre los consensos alcanzados por la comunidad internacional en los últimos 70 años y que, según la visión MAGA, ha perjudicado a los Estados Unidos y beneficiado a China. Antonia Hitchens realizó para The New Yorker un perfil del mariscal de campo de Trump para lo que Jamieson Greer ya ha comenzado a nombrar como el orden Turnberry, es decir, un sistema comercial mundial basado en las ventajas de los aranceles, la palabra más hermosa del diccionario, según Trump. En Traza Continental traducimos el amplio texto al castellano.
Cuando Howard Lutnick se mudó a Washington a principios de este año para convertirse en secretario de Comercio, pintó una pared de su nueva sala de estar de color dorado. Fue la única modificación significativa que hizo en la casa, una mansión de estilo château que compró por veinticinco millones de dólares al presentador de Fox News Bret Baier. Una tarde de domingo reciente, Lutnick se encontraba en esta sala, hojeando un libro conmemorativo que había sido diseñado por su familia, combinando fotografías suyas con algunas de sus citas favoritas. “Es entre el espejo y yo”, decía una. Pasó la página: “Estás dentro o estás fuera”. Su perra, una mezcla de habanero y caniche llamada Cali —tres de sus cuatro hijos fueron a la universidad en California— no dejaba de empujar la puerta con el hocico para sentarse con nosotros. Lutnick estaba a punto de volar a Londres para una ronda de negociaciones comerciales con China, cuyas restricciones a la venta de metales raros amenazaban con paralizar parte de la economía estadounidense. Varias maletas ya preparadas aguardaban en la entrada, junto a una escultura pop art dorada de Robert Indiana que deletreaba la palabra “LOVE”. Más tarde, Lutnick me llevó de habitación en habitación para mostrarme algunas obras más de su colección personal: Rothko, Diebenkorn, Lichtenstein, de Kooning.
Un asistente le recordó amablemente que debía irse al aeropuerto, pero él estaba en medio de una anécdota. Las historias de Lutnick, como las de su jefe, suelen irse por las ramas. Multimillonario y director de una importante firma de bonos desde los veintinueve años, irradia una energía exuberante y algo insolente que muchos describen como “peleadora” o “de barrio”. Le gusta el chisme. Gesticulando constantemente, refuerza sus puntos con latiguillos como “¿Y qué tal si no?” o “Qué tal si mejor no lo hacemos”.
Las historias de Lutnick, como las de su jefe, suelen irse por las ramas. Multimillonario y director de una importante firma de bonos desde los veintinueve años, irradia una energía exuberante y algo insolente que muchos describen como “peleadora” o “de barrio”.
Lutnick y el presidente Donald Trump hablan por teléfono casi todas las noches, alrededor de la una de la madrugada, justo después de que Lutnick se mete en la cama. Conversan de “cosas serias”, como los aranceles al acero canadiense, y también de “nada”: eventos deportivos, personas, con quién cenaste, cómo era tal tipo, ¿viste lo que hizo?, ¿viste eso en la tele?, ¿qué te pareció lo que dijo tal?, ¿qué pensaste de mi conferencia de prensa?, ¿qué tal ese Truth? “Por supuesto —aclaró Lutnick— Trump tiene a otras personas a las que también llama tarde en la noche”. Pero, ¿tiene a otras personas a quienes llama siempre?
En El arte de la negociación, sus memorias de consejos empresariales escritas por un ghostwriter en 1987, Trump observa: “Otras personas pintan maravillas en un lienzo o escriben poesía maravillosa. A mí me gusta hacer negocios, preferiblemente negocios grandes. Así es como me divierto”. Uno tiene la impresión de que Lutnick se guía por principios similares. El Departamento de Comercio, una agencia con cincuenta mil empleados y trece oficinas, gestiona una cartera vasta y diversa: el Servicio Meteorológico Nacional, la Oficina del Censo, la Oficina de Patentes y Marcas. Es, según me dijo un asesor de Lutnick, “un cajón de trastos que guarda todo lo imaginable, desde el pargo rojo hasta el viento, los barcos y la inteligencia artificial. Lo que quieras”. Pero Lutnick se ve a sí mismo, ante todo, como el gran negociador del presidente. Últimamente, esto ha significado atender las súplicas de empresas y gobiernos que buscan alivio frente a los aranceles impuestos por Trump y que el departamento fija y ayuda a hacer cumplir. A principios de abril, el gobierno impuso un arancel base del diez por ciento a casi todos los países del mundo, junto con los llamados aranceles recíprocos para aquellos países con los que Estados Unidos tiene los mayores déficits comerciales. China, la bestia negra de la obsesión comercial del presidente, iba a pagar un treinta y cuatro por ciento. (Después, eso se disparó hasta el ciento veinticinco por ciento, y luego cayó bruscamente). Lesoto, un país al que, en palabras de Trump, “nadie ha oído nombrar”, pagaría la tasa más alta: cincuenta por ciento. Algunos de los aliados más cercanos de Estados Unidos, como la Unión Europea y Corea del Sur, también fueron blanco de los aranceles, al igual que un grupo de islas deshabitadas cerca de la Antártida. Trump impuso además aranceles adicionales a las autopartes, lo que provocó las protestas de compañías automotrices estadounidenses. Novias desesperadas publicaban videos en TikTok preguntándose si el precio de sus vestidos de boda se dispararía. Los preppers, o preparacionistas, almacenaban cientos de pares de zapatos anticipando un colapso apocalíptico de las cadenas de suministro.
El anuncio, que desató de inmediato un caos económico generalizado, rápidamente dio paso a una red de concesiones y exenciones. Los aranceles recíprocos se suspendieron por noventa días, para que los países afectados pudieran negociar. (Trump deslizó en reiteradas ocasiones que Canadá, uno de los principales socios comerciales de EE. UU., podía evitar todos los aranceles simplemente convirtiéndose en el estado número cincuenta y uno). Mientras tanto, los ejecutivos empresariales estaban desconcertados. Llamaban a Lutnick. Él sostenía reuniones por Zoom en su iPad mientras lo trasladaban de un lugar a otro en la ciudad; todos parecían conocer el punto exacto de la entrada de su casa donde la señal se cortaba brevemente.
En cada una de las salidas que hice con Lutnick, a medida que la primavera daba paso al verano en Washington, siempre alguien se le acercaba para pedirle que intercediera por él. Los solicitantes aceleraban el paso hasta alcanzarlo; sostenían su apretón de manos con firmeza y lo prolongaban un segundo más de lo necesario tras tomarse una foto. Una tarde, mientras salíamos de una greenroom del hotel InterContinental, atravesando rápidamente unas gruesas cortinas, vimos al CEO de una de las empresas más grandes del mundo esperando junto a una escalera. Mientras estrechaba la mano de Lutnick, le oí decir algo sobre un problema en la cadena de suministro y dos mil millones de dólares. Lutnick, que acababa de participar en un panel, ya iba con diez minutos de retraso para una recepción vespertina en la Casa Blanca. Resolverían el asunto más tarde. Estiró su iPhone, con la pantalla hacia abajo. “Saca una foto”, le dijo. En la parte trasera del teléfono, una etiqueta hecha con una rotuladora mostraba su número y su correo electrónico. El CEO tomó la foto.
Durante la transición presidencial de Trump, que codirigió, Lutnick presionó con insistencia para ser nombrado Secretario del Tesoro, un cargo de mayor poder y prestigio. Quedó devastado cuando Trump eligió en su lugar a Scott Bessent, un exgerente de fondos de cobertura. “No ha habido un Secretario de Comercio importante desde Herbert Hoover”, me dijo el fundador de un importante banco de inversión neoyorquino. “Llama a quien quieras y pídele que te nombre a los últimos cinco”. Lutnick está decidido a elevar ese rol. “Yo soy un secretario de Comercio diferente”, dijo. “A nadie le importó esto antes”. Y el Departamento de Comercio —con su autoridad para aplicar aranceles— está de hecho en el centro de los esfuerzos frenéticos del gobierno por reconfigurar el flujo del comercio global. Aunque Lutnick haya sido durante décadas presidente de Cantor Fitzgerald, una firma de servicios financieros con presencia internacional, su mayor activo para esta tarea parece ser su intuición natural para anticipar lo que quiere el presidente y su inclinación por una forma radical de la simplificación. Una tarde, sentado frente a mí, tomó entre los dedos la tela de su camisa gris abotonada. “Si compro esta camisa y está hecha en Italia o en China, no nos ayuda”, dijo. “Consumí, pero no le di empleo a nadie”. Luego tomó la tela de sus pantalones: “En cambio, si compro jeans y están hechos en Estados Unidos, eso sí está bien”. Lutnick cree que Trump y él comparten una claridad de pensamiento que los distingue en Washington. “Tengo más experiencia en negocios que cualquiera aquí… con excepción de Donald Trump”, dijo. “Lo conozco tan bien que sé hacia dónde va la cosa”.
“Yo soy un secretario de Comercio diferente”, dijo. “A nadie le importó esto antes”. Y el Departamento de Comercio —con su autoridad para aplicar aranceles— está de hecho en el centro de los esfuerzos frenéticos del gobierno por reconfigurar el flujo del comercio global.
No se trata solo de aranceles. Lutnick tiene toda clase de ideas sobre cómo transformar el gobierno. “Si estuviera en la administración de Biden, me mirarían como si viniera de otro planeta,” me dijo. “Pero este presidente quiere cambios. Así que le propongo ideas, y él dice: ‘Hagámoslo’”. ¿Por qué no reemplazar al IRS (o Servicio de Impuestos Internos) con un Servicio de Impuestos Externos, que recaude aranceles y otras tasas desde el extranjero en vez de cobrar impuestos a los ciudadanos? ¿Y qué tal si eliminamos a la mayoría de los encuestadores del gobierno que recogen datos para la Oficina del Censo? (“Literalmente llaman a Lincoln, Nebraska, y preguntan cuánto cuestan unos pantalones cargo, como si no tuvieran una computadora”). La propuesta más preciada de Lutnick es vender la ciudadanía estadounidense por cinco millones de dólares por persona. Él la llama la Trump Card, y se parece a una tarjeta American Express dorada que lleva el rostro del presidente. “Si entrego doscientas mil de esas por cinco millones cada una, hacemos un billón de dólares”, dijo. “¡Un billón! Dirías: ‘Esto no suena a gobierno, suena a algo inteligente’. Pero lo que quieres son resultados, ¿no? Es obvio: sentido común”.
La propuesta más preciada de Lutnick es vender la ciudadanía estadounidense por cinco millones de dólares por persona. Él la llama la Trump Card, y se parece a una tarjeta American Express dorada que lleva el rostro del presidente.
Lutnick creció en Jericho, Long Island, durante los años sesenta y setenta. Conoció la tragedia a una edad temprana: su madre murió de linfoma cuando él estaba en la secundaria; durante su primera semana en la universidad, a su padre le administraron por error una dosis letal de quimioterapia. Sus otros familiares se alejaron, dejando a Lutnick y a sus dos hermanos por su cuenta.
Después de graduarse en Haverford, una pequeña universidad de artes liberales en Pensilvania conocida por sus raíces cuáqueras y valores progresistas, Lutnick se mudó a Nueva York. Comenzó a trabajar en Cantor Fitzgerald y se convirtió en el protegido de Bernie Cantor, cofundador de la firma. “Crecí muy rápido”, me dijo Lutnick. “Avanzaba de manera exponencial”. En 1996, Cantor murió y Lutnick —tras una dura disputa con la viuda, Iris, por la sucesión— tomó el control de la compañía. Según uno de sus viejos amigos, el piso de operaciones “tenía más que ver con patear traseros que con hacer análisis al estilo clásico”. Comparada con otras firmas, Cantor Fitzgerald tenía fama de ser “menos elitista, menos de sangre azul —aunque quizá tuviera más rumores sobre clubes de striptease”. Por esa época, Lutnick —entonces conocido como Howie— compró un bar llamado Rex, en el Lower East Side. “Era muy al estilo de Tom Cruise en Cocktail”, me dijo su viejo amigo, aludiendo a la película en la que un joven barman estudiante de negocios impresiona a sus clientes con trucos mientras sirve tragos. En 1998, Lutnick y su esposa Allison —se habían casado en el Plaza— compraron y reformaron por completo una casa estilo Beaux-Arts en la calle 71 Este, detrás de la Frick Collection (su vecino de al lado era Jeffrey Epstein). Lutnick comenzó a llegar a las reuniones de exalumnos en helicóptero. “Siempre decía que medía 1,78… pero eran 2 metros si se paraba sobre su billetera”, recordó el amigo.
Hoy en día, a Lutnick le gusta contar historias de los años noventa sobre cuando se divertía con Trump en cenas benéficas del circuito de caridad de Nueva York y “perseguían a las mismas chicas”. Pero la realidad es que no eran particularmente cercanos. En esa época Lutnick no tenía interés en el gobierno. “Era un neoyorquino clásico”, me dijo. “Donaba dinero a quienquiera que fuese el político local, el que tocara”.
En la mañana del 11 de septiembre de 2001, Lutnick llevó a su hijo Kyle a su primer día de jardín en la escuela privada de élite Horace Mann, en el Bronx. Las oficinas de Cantor estaban en los pisos superiores de la Torre Norte del World Trade Center. Todos los que se encontraban en esos pisos murieron, incluido el hermano de Lutnick, Gary. “Cualquiera fuese el lazo que me había unido a mi vida, se cortó”, escribiría más tarde. Organizó un centro de crisis para las familias de Cantor en el hotel Pierre, en el Upper East Side. La firma había perdido a más de dos tercios de su personal; Lutnick rompía en llanto en entrevistas televisivas, mientras intentaba desesperadamente salvar la empresa. Cuatro días después de los atentados, Cantor dejó de pagar los sueldos de los empleados desaparecidos, muchos de los cuales aún no estaban oficialmente muertos. Lutnick recibió una oleada de cartas de repudio, incluyendo una que citaba a Bob Dylan: “Déjame hacerte una pregunta / ¿es tan bueno tu dinero / te comprará el perdón?”.
Para la primavera, Lutnick y los socios de Cantor sobrevivientes habían distribuido 63 millones de dólares a las familias de los fallecidos. (Eventualmente llegarían a pagar tres veces esa cantidad). Kenneth Feinberg, un abogado que supervisó el Fondo de Compensación del Gobierno a las Víctimas del 11-S, me dijo que Lutnick “defendió enérgicamente a su gente”. Aun así, persistió la narrativa de que los había abandonado. Sus detractores lo acusaban a coro de haber llorado lágrimas de cocodrilo. La primera vez que lo conocí, mencionó el 11-S de inmediato, con la actitud defensiva de quien está acostumbrado a ser difamado. “Los medios me atacaban por no pagar los sueldos de gente que había muerto, lo cual era una locura”, dijo. “Todos los que generaban dinero murieron”.
En efecto, Lutnick logró salvar a Cantor; la firma volvió a operar solo dos días después de la caída de las Torres. “A pesar de eso, o quizá debido a la percepción de que se había beneficiado con la tragedia”, Lutnick nunca fue aceptado en los círculos más exclusivos de Manhattan, me comentó un financista neoyorkino. “¿Te suena familiar?” Alguien cercano a Lutnick añadió: “Es lo mismo que pasa con Trump. En el interior del país dicen: ‘Wow, es rico, tiene un auto dorado, es tan exitoso’. Y luego, en las fiestas de Nueva York, la gente es como que dice: ‘Pff, ¿y este tipo quién se cree que es?’”.
Trump llamó a Lutnick después del 11-S para darle el pésame y felicitarlo por mantener Cantor a flote. Siete años después, Lutnick apareció en el reality de Trump The Celebrity Apprentice. En el episodio, que incluía una subasta benéfica en vivo, Lutnick pujó por cosas como una merienda con la Duquesa de York. El periodista británico Piers Morgan, concursante de esa temporada, recordó la escena: “Este tipo calvo, con el pelo rapado, se abrió paso a empujones entre la multitud, irrumpió y gritó: ‘¡Cien mil dólares!’ Luego me guiñó un ojo. Fue televisión en estado puro”.
Trump llamó a Lutnick después del 11-S para darle el pésame y felicitarlo por mantener Cantor a flote. Siete años después, Lutnick apareció en el reality de Trump The Celebrity Apprentice.
Cuando Trump se postuló a presidente en 2016, Lutnick le dijo a un amigo que le parecía un “payaso” y donó a su rival, Hillary Clinton. Sí apoyó, sin embargo, su campaña en 2020. Tras el asalto al Capitolio del 6 de enero, Twitter vetó a Trump por “riesgo de incitación a la violencia”, según palabras de la red social. En ese entonces, le preguntaron a Lutnick si le preocupaba la presencia de Trump en otras plataformas y respondió: “La clave para ser neutral es ponerte de ambos lados”.
El verano pasado, a meses de las elecciones de noviembre, Trump lo llamó para pedirle dinero y Lutnick accedió a organizar un evento para recaudar fondos en los Hamptons. Poco después, Trump le pidió copresidir su equipo de transición. Al principio, Lutnick parecía verse a sí mismo como una especie de influencia moderadora. En ese momento, la campaña trataba de distanciarse del Proyecto 2025, una ambiciosa iniciativa para expandir el poder Ejecutivo que había recopilado una lista de miles de posibles candidatos para alcanzar ese objetivo. Lutnick insistía en que el equipo de transición no reclutaría personal de esa base de datos “radiactiva” (Al final sí lo hicieron).
Durante el otoño, Lutnick voló en el avión de campaña de Trump, y este empezó a hablarle sobre aranceles, déficits comerciales y su convicción de que EE. UU. estaba siendo permanentemente “estafado” por otros países. Lutnick “se convirtió en una especie de alumno”, me dijo una fuente cercana. Pero el maestro parecía más importante que la lección. “A Lutnick siempre le han encantado las celebridades”, dijo su amigo. “Creo que en su cabeza está pasando el rato con Matt Damon o Brad Pitt”. Tanto Lutnick como Trump idealizan la economía estadounidense de fines del siglo XIX y comienzos del XX, una era de gran crecimiento industrial respaldado por un fuerte proteccionismo estatal. Lutnick la ha descrito como una “edad dorada”, cuando “nuestra economía estaba en su mejor momento… No teníamos impuesto a la renta, solo aranceles. Y había tanto dinero que los empresarios más grandes del país se juntaban para ver cómo podían gastarlo”.
Tanto Lutnick como Trump idealizan la economía estadounidense de fines del siglo XIX y comienzos del XX, una era de gran crecimiento industrial respaldado por un fuerte proteccionismo estatal. Lutnick la ha descrito como una “edad dorada”, cuando “nuestra economía estaba en su mejor momento… No teníamos impuesto a la renta, solo aranceles. Y había tanto dinero que los empresarios más grandes del país se juntaban para ver cómo podían gastarlo”.
Trump, supersticioso, se negó a hablar de planes para su administración hasta después de haber ganado. Pero en octubre de 2024, Lutnick logró tener un encuentro privado con él en Nueva York, mientras regresaban de un acto de campaña en Queens. Allí aprovechó para compartir una de sus “grandes ideas”: quería equilibrar el presupuesto de los Estados Unidos. Dwight Eisenhower fue el último presidente republicano en lograrlo y desde entonces ha permanecido como una fantasía para el partido. (Bill Clinton, demócrata, logró balancear el presupuesto por cuatro años en los noventa). Trump siempre se ha quejado de la deuda nacional, aunque sus presupuestos la hayan incrementado en billones de dólares. En aquel auto, Lutnick planteó que el país podía eliminar el déficit —entonces de dos billones de dólares— recortando un billón por año en gastos y generando otro billón en ingresos, a través de aranceles y otras medidas, como su Trump Card de cinco millones de dólares, cuyo anuncio ahora encabeza la web del Departamento de Comercio. “Y la razón por la que uno quiere trabajar para Donald Trump es que él me mira y dice: ‘¡Claro!’”, dijo Lutnick. También propuso reclutar a Elon Musk para ayudar con el proyecto. (En ese momento, Musk hacía campaña por Trump en Pensilvania —bailando en escenarios, animando a la gente a registrarse a votar con sorteos millonarios de dudosa legalidad—, pero sin planes oficiales de unirse al gobierno).
La semana siguiente, Lutnick voló a Brownsville, Texas, donde Musk probaba un cohete de SpaceX. Tras la prueba, Musk fue a celebrar con sus ingenieros, y su equipo acomodó a Lutnick en una cafetería de SpaceX, que él describió como “una especie de Margaritaville”. Comió una quesadilla y tomó una Coca Light gigante. Pasaron horas. “Resultó ser que Musk estaba tomando una siesta”, dijo Lutnick. Cuando despertó, lo recibió en sus habitaciones en la base. Sentados frente a frente en sillas de plástico en medio de un cuarto vacío, Lutnick le propuso equilibrar el presupuesto juntos. Musk coincidió en que sería fácil ahorrar un billón de dólares: recortando el 80 % del gobierno federal. Lo mismo había hecho en Twitter tras comprar la empresa en 2022. “Elon recorta, Howard recauda”, dijo Lutnick. Ese se convirtió en su mantra. Le mandó un mensaje a Trump para decirle que Musk estaba a bordo, y que el proyecto se llamaría Department of Government Efficiency (DOGE). Lutnick y Musk posaron juntos para una foto: brazos cruzados, tomándose los bíceps. Lutnick la publicó en X: “Welcome to DOGE”.
Después de la victoria de Trump, Lutnick —que aún dirigía Cantor— se mudó a Palm Beach para formar el nuevo gabinete. Cada día, bajo alguna de las muchas lámparas de araña de Mar-a-Lago, reunía a los asesores principales para presentar posibles nombramientos. Ponía fotos generadas por IA de los candidatos en cuatro pantallas de 85 pulgadas, junto a puntos destacados de sus curriculums; con solo un clic, reproducía un video de 20 segundos del candidato hablando. “Trump toma decisiones como una orquesta”, me dijo Lutnick. “Y yo diría que soy el primer violín”. Trump llenó rápidamente su gabinete y lo anunció en Truth Social. Para Lutnick, fue “la transición más exitosa del mundo”. Uno de los candidatos entrevistados por Lutnick para un cargo importante dentro de una de las agencias federales no lo encontró particularmente perspicaz: “Apenas me senté, me dijo cuántos miles de millones tenía y no escuchó una palabra de lo que dije”, me contó el candidato, que es hoy un alto funcionario de la administración. “Pero me cayó genial. Tenía esa energía judía libidinal, como un personaje de Philip Roth. Yo soy MAGA porque este país está perdido culturalmente, y necesitamos esa energía”.
“Trump toma decisiones como una orquesta”, me dijo Lutnick. “Y yo diría que soy el primer violín”. Trump llenó rápidamente su gabinete y lo anunció en Truth Social. Para Lutnick, fue “la transición más exitosa del mundo”.
Lutnick es, en muchos sentidos, el más trumpista dentro del gabinete de Trump: una expresión cruda y desenfrenada de los instintos mercantilistas del presidente y de su perspicacia para el branding de un gobierno entendido como hacer negocios en salas doradas. A Lutnick le fascinan los aspectos de Trump que molestan a otros en Washington: el Trump que organiza un banquete para los mayores inversores de su negocio personal de criptomonedas, el Trump que acepta “un palacio en el cielo” valorado en doscientos millones de dólares como regalo de Catar, el Trump que habla de Groenlandia como algo que se puede comprar. (De hecho, Cantor Fitzgerald ya tiene una participación financiera preexistente en la isla). “Howard es de los que dicen: ‘¡Boom! Se me ha ocurrido una idea, hagámoslo’”, me dijo un asesor de Lutnick.
Otra persona cercana a Lutnick describía así su forma de actuar: “No importa si se trata de una cena de Estado: si puedes conseguir que alguien invierta cien mil millones en Estados Unidos, hagámoslo. Yo estoy aquí, tú estás aquí, hagamos el trato”. En un reciente viaje a Arabia Saudita, Lutnick comenzó a vender las Trump Cards, que aún no se habían lanzado oficialmente, durante una visita oficial a At-Turaif, un lugar declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. “Todo el mundo se mostraba muy respetuoso, y yo tenía mi teléfono en la mano”, dijo Lutnick. “Entonces, uno de los líderes más importantes se me acerca y me pregunta: ‘¿Por qué tienes el teléfono en la mano?’, y yo le respondo: ‘Estoy vendiendo tarjetas’. ¡Y está bien! Todos los que conozco querrán comprar esta tarjeta”.
Tanto Lutnick como Trump parecen ver al gobierno como un gran libro de contabilidad. Originalmente, DOGE estaba de un lado, recortando gastos para ahorrar, y Lutnick estaba del otro, buscando dinero por todos lados. El esfuerzo de DOGE, o la gestión de Musk, terminó de forma vergonzosa: con poco dinero ahorrado y servicios vitales diezmados. (“¿Fue todo una mentira?”, habría preguntado Trump). Aunque Musk haya fracasado en Washington, Lutnick sostiene que confía en poder seguir cumpliendo con su parte del trato. “Si pudiera ponerte mis gafas, verías lo que se puede lograr”, me dijo Lutnick. “Es realmente divertido”.
Hasta finales del siglo XIX, los aranceles eran con frecuencia la principal fuente de ingresos del gobierno estadounidense. Trump lleva mucho tiempo fascinado con ellos. “‘Aranceles’ es la palabra más hermosa del diccionario para mí”, declaró recientemente. “Porque los aranceles nos van a hacer terriblemente ricos”. (En la primera mitad del año, los aranceles han generado alrededor de cien mil millones de dólares, una pequeña fracción del presupuesto federal). Pero, según Trump, los aranceles no solo generarán ingresos, sino que también incentivarán a las empresas a reinvertir en la industria manufacturera estadounidense y corregirán lo que él considera la injusticia inherente de los déficits comerciales. “Hay un único caso en el que se puede lograr el equilibrio comercial con todo el mundo, y es si no existiera el dinero, si se tuviera una economía de trueque”, me dijo Robert Lawrence, profesor de la Kennedy School de Harvard. “Es la economía de la Edad de Piedra”.
Hasta finales del siglo XIX, los aranceles eran con frecuencia la principal fuente de ingresos del gobierno estadounidense. Trump lleva mucho tiempo fascinado con ellos. “‘Aranceles’ es la palabra más hermosa del diccionario para mí”, declaró recientemente. “Porque los aranceles nos van a hacer terriblemente ricos”.
Por lo general, los aranceles se trasladan a los consumidores en forma de precios más altos; Trump ha admitido que habrá “algo de dolor” en el corto plazo. “Quizás los niños tengan dos muñecas en lugar de treinta, y quizás las muñecas cuesten un par de dólares más”, dijo en una reciente reunión de gabinete. Para él, este es un sacrificio que vale la pena. En su opinión, los consumidores estadounidenses se han convertido en el motor de crecimiento del resto del mundo. Pero si la idea es traer de vuelta a Estados Unidos —entre otras cosas— la producción de muñecas, el enfoque del gobierno es tan azaroso que, como me dijo Lawrence, “es un dolor a corto plazo que provocará un dolor a largo plazo”. La idea, continuó, “de que Estados Unidos debería volver a fabricar su propia ropa, producir y realizar actividades que requieren mucha mano de obra; es precisamente el tipo de trabajo que los estadounidenses no quieren hacer”.
El 2 de abril, el gabinete de Trump se reunió en el Jardín de las Rosas para un evento que se anunció como el “Día de la Liberación”. Bajo un nombre que normalmente se asocia a la liberación de una fuerza o régimen ocupante, Trump dijo que sería el día en que “se recuperaría el destino de Estados Unidos”. En las semanas previas, diferentes facciones dentro del gobierno habían propuesto sus planes para la aplicación de aranceles. Al propio Trump le gustaba la idea de un arancel universal; Lutnick y Kevin Hassett, el director del Consejo Económico Nacional, se inclinaban por aranceles recíprocos adaptados a países específicos. La oficina del Representante de Comercio de Estados Unidos propuso una solución intermedia: un arancel general para un subconjunto de países. Bessent, el secretario del Tesoro, propuso un enfoque más selectivo, al que denominó “the Dirty Fifteen” (en español, los quince sucios): los aranceles se aplicarían sobre el quince por ciento de los países que presentaban los desequilibrios comerciales más persistentes con Estados Unidos. Los bandos debatían entre sí mientras algunos asesores seguían intentando convencer a Trump de que abandonara el asunto por completo. Lutnick preparó carteles en los que se imprimían las tasas arancelarias definitivas. “A él y a Trump les gustan las presentaciones”, me dijo alguien cercano al gobierno. “Les gustan las ayudas visuales”.
En el Jardín de las Rosas, Trump llamó a Lutnick al estrado. “Me gustaría ver la tabla, si la tienes. ¿Puedes traerla, Howard?”, preguntó Trump. El presidente leyó en voz alta algunos de los países y sus cifras correspondientes, y luego le devolvió la tabla a Lutnick. “Creo que es mejor que te la lleves”, le dijo.
La presentación fue caótica. Los economistas mainstream afirmaron que las medidas probablemente empujarían a Estados Unidos a una recesión, y tanto el mercado bursátil como el dólar se desplomaron. “No había una articulación clara ni una lógica subyacente para los niveles de aranceles que estaban imponiendo”, me dijo el financista de Nueva York. El fundador del principal banco de inversión de Nueva York dijo: “si alguien hubiera hecho algo así en Goldman Sachs, Lehman Brothers o cualquier otro lugar de Wall Street, todos habrían sido despedidos”. Julius Krein, editor de American Affairs, una revista política que ha defendido el nacionalismo económico, escribió: “el menor cambio en las normas de seguridad del transporte se suele someter a una preparación, escrutinio y formación de coaliciones más exhaustivos que el que tuvo el mayor aumento de aranceles del último siglo”. Y se realizó, añadió, “sin ninguna consulta significativa con la industria —incluidos los fabricantes estadounidenses a los que se suponía que las medidas iban a beneficiar— ni con la clase política”.
Más tarde esa misma noche, Trump llamó enfurecido a Lutnick, queriendo saber cómo se habían determinado los montos de los aranceles. El propio Lutnick no estaba seguro. Trump le dijo que saliera en televisión y los defendiera de todos modos. Lutnick asumiría la culpa, incluso si no sabía realmente lo que había sucedido.
Trump llamó enfurecido a Lutnick, queriendo saber cómo se habían determinado los montos de los aranceles. El propio Lutnick no estaba seguro. Trump le dijo que saliera en televisión y los defendiera de todos modos. Lutnick asumiría la culpa, incluso si no sabía realmente lo que había sucedido.
En 1981, David Stockman, director de presupuesto del presidente Ronald Reagan, admitió que “ninguno de nosotros entiende realmente todos estos números”. Se refería a los “misterios internos” del presupuesto de su gobierno. Las tasas arancelarias anunciadas el “Día de la Liberación” dieron lugar a una serie de admisiones similares, resignadas. Algunos comentaristas señalaron que se podrían generar los mismos importes arancelarios pidiendo a ChatGPT que diseñara una política arancelaria global; surgieron especulaciones de que los ingenieros del DOGE habían hecho precisamente eso. La Casa Blanca dijo que el Consejo de Asesores Económicos había calculado las cifras, pero luego Hassett dijo que había sido Jamieson Greer, el representante comercial de Estados Unidos. Otros culparon a Peter Navarro, asesor de larga data y halcón comercial de Trump. Una persona involucrada en la toma de decisiones, quien me dijo que aún no estaba seguro de dónde habían salido las cifras finales, describió los cálculos como “matemáticas de noveno grado”.
En Fox News, al día siguiente del evento en el Jardín de las Rosas, Sean Hannity le preguntó a Lutnick qué repercusiones económicas debían esperar los consumidores estadounidenses tras los nuevos aranceles. Lutnick respondió quejándose de la Unión Europea. “No aceptan langostas de Estados Unidos”, dijo. “Odian nuestra carne vacuna porque la nuestra es excelente y la suya es de mala calidad”. Ese mismo día, le dijo a Jesse Watters, otro presentador de Fox News, que los aranceles harían que “la robótica sustituya la mano de obra barata que hemos visto en todo el mundo”. Cuando tres días más tarde le pidieron una aclaración en CBS News, dijo: “¿El ejército de millones y millones de seres humanos ajustando pequeños tornillos para fabricar iPhones? Ese tipo de cosas va a venir a Estados Unidos”.
El confuso discurso de Lutnick y lo que una persona cercana a su equipo denominó su “ingenuo optimismo de creer que puede vender cualquier cosa” comenzaron a percibirse en algunos círculos como un riesgo. “En términos generales, hay que mantenerlo lejos de la televisión”, comentó un viejo asesor de Trump. Otro miembro del equipo MAGA describió a Lutnick como un “animador de feria”. Steve Bannon calificó sus apariciones como “un desastre absoluto”. Cuando recientemente les pregunté a altos funcionarios de la Casa Blanca sobre Lutnick, se mostraron unidos. El vicepresidente J. D. Vance me dijo: “Howard es un vendedor nato”. Hassett dijo: “Howard tiene un nivel de energía enormemente alto”. Stephen Miller, vicejefe de gabinete de Trump, añadió: “Nadie pelea más duro que Howard”. Sin embargo, una persona cercana al gobierno me confesó que muchos en la Casa Blanca consideran a Lutnick como “una persona de mala reputación, por lo que cuando se necesita un chivo expiatorio, la gente lo culpa a él. No se lo ve como un actor real. Es más bien el muchacho de los recados”.
Una persona cercana al gobierno me confesó que muchos en la Casa Blanca consideran a Lutnick como “una persona de mala reputación, por lo que cuando se necesita un chivo expiatorio, la gente lo culpa a él. No se lo ve como un actor real. Es más bien el muchacho de los recados”.
A finales de abril, Lutnick asistió al Hill and Valley Forum, un evento anual celebrado en Washington para “creadores de tecnología” y legisladores. Tras pasar el día en el Capitolio participando en paneles, tales como “El arsenal reinventado: diseñando el Departamento de Defensa para el campo de batalla del siglo XXI”, algunos asistentes selectos se retiraron a un banquete en Union Station. Los inversores de capital riesgo conversaban con contratistas de defensa, ejecutivos y miembros del Congreso mientras disfrutaban de cócteles temáticos; el senador John Fetterman, de Pensilvania, se paseaba en sudadera. Lutnick dio el discurso de apertura. Comenzó citando algunos simples ejemplos de déficits comerciales, aparentemente para ayudar a la audiencia a comprender el reajuste económico que estaba llevando a cabo el gobierno, como si se tratara de escolares. “Tengo un déficit comercial con mi peluquero”, dijo, dando a entender que esto era injusto y que el peluquero debería compensarlo para equilibrar las cosas. “Tengo un déficit comercial con mi supermercado. ¿Verdad? Porque solo les compro cosas. Es ridículo”.
Jacob Helberg, candidato de Trump para subsecretario de Estado para el Crecimiento Económico, Energía y Medio Ambiente, y cofundador del foro, me dijo que había invitado a Lutnick porque “sabe cómo convertir grandes ideas en realidad y alinear a la industria con los objetivos nacionales”. Pero durante el discurso de Lutnick. el público se mostró claramente confundido e incómodo. “Sus analogías y anécdotas parecían no comprender al público sofisticado de expertos en tecnología y finanzas que tenía delante”, me dijo alguien vinculado al gobierno, que había acudido al evento con varios contactos importantes del mundo del capital de riesgo. “Es obvio por qué el carisma de Lutnick atrae a Trump. Pero es la presencia de Bessent en el gobierno lo que nos tranquiliza, la idea de que hay alguien inteligente velando por nosotros”.
Bessent, el secretario del Tesoro, voló a Mar-a-Lago después del “Día de la Liberación” para instar al presidente a pausar los aranceles. Tanto él como Lutnick han defendido con lealtad la causa favorita del presidente, pero Bessent parecía tener un sentido más realista de los límites de la obediencia. O, tal como lo formuló una persona cercana al gobierno, “Bessent era alguien que intentaba moderar los impulsos proteccionistas de Trump y explicarlos de forma inteligente. Lutnick era un seguidor fiel y poco sofisticado que fomentaba aquello que la gente consideraba los peores instintos del presidente”.
“Bessent era alguien que intentaba moderar los impulsos proteccionistas de Trump y explicarlos de forma inteligente. Lutnick era un seguidor fiel y poco sofisticado que fomentaba aquello que la gente consideraba los peores instintos del presidente”.
A lo largo de la primavera, Trump lanzó tantas amenazas y retrocesos en relación con los aranceles que los críticos acuñaron un epíteto para describir su comportamiento: TACO, siglas de “Trump Always Chickens Out” (Trump siempre se acobarda). Incluso la razón detrás de los aranceles cambiaba constantemente: con ellos se pretendía castigar a los socios comerciales de Estados Unidos por “hacer trampa”, o frenar el ingreso de fentanilo al país, o recaudar miles de millones, “incluso billones”, en ingresos. “Para Trump, los aranceles son su martillo y cualquier cosa es un clavo”, me dijo Maurice Obstfeld, investigador principal del Instituto Peterson de Economía Internacional. Lutnick aparecía con frecuencia en Washington como el vendedor de un producto que nadie quería. Un día lluvioso de mayo, lo acompañé a un nuevo desarrollo costero en D.C., donde tenía lugar un evento copatrocinado por Axios sobre inteligencia artificial, comercio y las “nuevas reglas del poder”. Cuando Lutnick subió al escenario, su interlocutor le preguntó qué estaba pasando exactamente con los aranceles. Trump se había comprometido recientemente a reducir algunos de los gravámenes a China, lo cual había provocado una reacción que el Financial Times describió como “una explosión de alegría al saber que alguien te amenaza con cortarte solo el dedo del pie, en lugar de toda la pierna”. Pero, ¿qué pasa con los demás países? Lutnick dijo a la multitud: “Todos los productos del mundo tienen ahora mismo una tasa del 10%, sin excepciones… Quiero que comprendan que en el mes de mayo los Estados Unidos de América van a recaudar treinta y cinco mil millones de dólares en ingresos por aranceles”. En cuanto a los efectos negativos, preguntó: “¿Alguno de ustedes ha notado alguno? ¿En serio?”. El público protestó mientras muchos asistentes respondían gritando: “¡Sí!”.
Luego de suspender los aranceles, Trump prometió cerrar noventa acuerdos comerciales en noventa días. Lutnick estaría a cargo de la iniciativa. A principios de junio, a tan solo un mes de la fecha límite, el gobierno no había cerrado ningún trato y solo había acordado el marco para uno. En una audiencia del Congreso, la representante demócrata Madeleine Dean, de Pensilvania, presionó a Lutnick por los ochenta y nueve restantes. “Lo estoy haciendo”, espetó Lutnick. Explicó que los países podían evitar los aranceles simplemente alentando a las empresas a trasladar sus fábricas a Estados Unidos. “El concepto es muy, muy claro”, afirmó. (Dean levantó una banana. “No podemos fabricar bananas en Estados Unidos”, dijo). El único acuerdo que había alcanzado el gobierno era con el Reino Unido: ampliaba el acceso estadounidense al mercado británico para productos como pienso para animales, mariscos y textiles, al tiempo que reducía los aranceles sobre el acero y el aluminio producidos en el país británico. El 16 de junio, Trump y el primer ministro del Reino Unido Keir Starmer firmaron el acuerdo en la cumbre del G7 celebrada en Alberta, Canadá. Cuando Trump levantó el texto definitivo, los papeles se le escaparon de las manos. Starmer se agachó para recogerlos.
Unos días antes, la embajada británica en Washington había celebrado una recepción de verano en honor al cumpleaños del rey Carlos III. Peter Mandelson, el embajador del Reino Unido, había brindado por Trump, Carlos y el próximo bicentenario de Estados Unidos. En su discurso, insinuó sutilmente que el acuerdo comercial era una forma de apaciguar al presidente. “Nuestra equilibrada relación comercial, ahora mejorada” —hizo una pausa para que el público riera— “por un acuerdo comercial, un magnífico acuerdo comercial. Somos, literalmente, el gran corredor transatlántico del comercio y la inversión”. Antiguos modelos Land Rover se exponían en el jardín. (Según el acuerdo, un número limitado de automóviles del Reino Unido podría ingresar al país con un arancel del diez por ciento, en lugar del veinticinco).
Durante las negociaciones con el Reino Unido, Lutnick se reunió con Varun Chandra, un asesor de Starmer sin experiencia formal en comercio, pero al que describen como un gran networker y que proviene del sector privado. “Sabían que no podían sentar a Howard con un mediador comercial inflexible cuyo trabajo consistiera en alargar el proceso durante dos años”, me dijo alguien del equipo de Lutnick. “Le buscaron algo así como su pareja ideal”. Chandra y Lutnick terminaron cenando juntos en casa de Lutnick, a altas horas de la noche, después de que el vuelo de Chandra aterrizara en Washington. Al día siguiente debían comenzar la primera de muchas reuniones. “Howard es un mediador comercial poco ortodoxo”, dijo Chandra. “Yo lo describiría más como un negociador clásico: directo, duro, creativo —lo cual refleja nuestras interacciones con el gobierno”. Otro mediador que ha tenido que tratar con Lutnick me dijo: “Lo que haces, básicamente, es escucharlo hablar sin parar sobre cómo Trump ve el mundo y cómo estamos haciendo todo mal. Llega con las armas en la mano, habla y habla y habla, nunca deja de hablar”.
Los acuerdos comerciales suelen tardar años en firmarse: una negociación promedio dura novecientos diecisiete días. El Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio, firmado en 1947, fue durante muchas décadas el principal pacto multilateral que regía el comercio internacional. Su objetivo principal era reducir los aranceles y promover el libre comercio. Los países involucrados renegociaron los términos numerosas veces; la última ronda de conversaciones, que comenzó a mediados de los años ochenta, duró más de siete años y produjo casi trescientas mil páginas de documentación legal. Abarcaba todo, desde cepillos de dientes hasta tratamientos contra el sida, y finalmente condujo a la creación de la Organización Mundial del Comercio en el año 1995, con el objetivo de hacer valer las nuevas normas. Trump lleva mucho tiempo quejándose de la OMC, y sus acuerdos del “Día de la Liberación” representan un intento de dejarla de lado por completo.
Trump lleva mucho tiempo quejándose de la OMC, y sus acuerdos del “Día de la Liberación” representan un intento de dejarla de lado por completo.
El acuerdo con el Reino Unido, al igual que otros que aún se están conversando, es más una base para continuar las negociaciones que un compromiso real. Los términos son vagos e inaplicables, reversibles y no vinculantes. “En cierto punto, uno tiene que preguntarse: ¿Trump realmente quiere acuerdos?”, dijo Obstfeld, del Peterson Institute. “¿O busca crear un estado de agitación constante que mantenga a todos en la incertidumbre, pero que en última instancia no sirva para reestructurar el comercio de forma tal que resulte más favorable para Estados Unidos?”.
El proceso de negociación se ha enturbiado por “el cambio constante de las reglas del juego”, me confesó un mediador de otro importante socio comercial. Para empezar, dijo, “no se sabe si los aranceles son legales”. Algunos estados y empresas han demandado al presidente, argumentando que su invocación de la Ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional, en virtud de la cual ha impuesto los aranceles, es inconstitucional. Y cuando Trump publica un decreto relacionado con los aranceles en sus redes sociales, puede resultar difícil descifrar su significado. En mayo, anunció en Truth Social que “todas y cada una de las películas que entren a nuestro país y que hayan sido producidas en países extranjeros” estarían sujetas a un arancel del 100%. “Cuando hablas de poner aranceles a las películas, ¿te refieres a los rollos de película o al streaming?”, preguntó el mediador. El vertiginoso calendario de negociaciones hizo que los acuerdos “se parecieran más a los de los negocios privados, a un acuerdo entre caballeros. Pero, ¿cómo puede ser un acuerdo entre caballeros si luego, en el fin de semana, te enteras de que los aranceles sobre el acero han cambiado de repente con una publicación en Truth Social?”.
En estas conversaciones, Lutnick ensaya una forma particular de la intimidación. Según me dijo el mediador, “él transmite la idea de que están considerando herramientas de castigo más allá de los aranceles. Solía hacer amenazas veladas sobre cómo podríamos perder el acceso a la tecnología estadounidense, cómo podrían perjudicarnos”. El negociador y su equipo llegaron a la conclusión de que su trabajo consistía en hacer creer a Lutnick que les había obligado a ceder. “Tenemos que convencer a Lutnick de que puede decirle a Trump que nos ha presionado, que nos ha arrancado concesiones”, afirmó.
A Lutnick le gusta dejar claro que él es la única persona capaz de lograr que Trump acepte un acuerdo. En general, le preocupa poco mantener las relaciones con sus aliados. “En realidad, hay algo honesto en ello”, me dijo el otro negociador. “Es decir, no intenta convertir esto en algo más que lo que realmente es, una extorsión”. Una persona cercana a Lutnick comparó su estilo con el de Steve Witkoff, el compañero de golf de Trump convertido en enviado especial, encargado de negociar el fin de las hostilidades en Ucrania y Gaza. “Trump ve a alguien como Lutnick o Witkoff como un viejo amigo, un negociador”, me dijo la persona cercana a Lutnick. Los ve como personas dispuestas a ignorar las normas diplomáticas. “Es como cuando el presidente dijo: ‘¿Para qué tenemos la OTAN?’ Y explica que no entiende qué nos aporta la OTAN”. Una persona cercana al gobierno me comentó: “Hay muchas cosas que hacemos que tienen valor y por las que no cobramos, así que, ¿por qué no lo hacemos? Las hacemos gratis. Si dejamos entrar a los inmigrantes, ¿por qué no hacerles pagar? La gente pagaría. Si ayudamos a Ucrania, ¿por qué no hacer que nos paguen a cambio?”.
Una persona cercana a Lutnick comparó su estilo con el de Steve Witkoff, el compañero de golf de Trump convertido en enviado especial, encargado de negociar el fin de las hostilidades en Ucrania y Gaza. “Trump ve a alguien como Lutnick o Witkoff como un viejo amigo, un negociador”, me dijo la persona cercana a Lutnick. Los ve como personas dispuestas a ignorar las normas diplomáticas.
A mediados de mayo, Trump ofreció una cena para la junta directiva del Kennedy Center en el comedor oficial de la Casa Blanca. (A principios de año, el presidente había despedido a la junta directiva de la institución, tradicionalmente no partidista, y se había nombrado a sí mismo como su director). Funcionarios del gobierno se sentaron junto a los nuevos miembros de la junta en mesas redondas adornadas con flores rosas y altas velas blancas. Trump se dirigió a los invitados desde debajo de un retrato de Abraham Lincoln. El cuadro cuelga sobre una chimenea de piedra; hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, Franklin D. Roosevelt pidió que se grabara una bendición de John Adams en la repisa: “Que solo hombres honestos y sabios gobiernen bajo este techo”. Lutnick se sentó a la mesa con su esposa y Ed Martin, el nuevo abogado del Departamento de Justicia encargado de los indultos. El presidente felicitó a varios de los asistentes, entre ellos al secretario de Estado Marco Rubio (“Sé lo duro que es porque yo solía tener que estar allí con él, y no era nada amable”); a la fiscal general Pam Bondi (quien estaba allí con “el tipo más guapo de la sala”); y a Susie Wiles, jefa de gabinete de la Casa Blanca (“Es la mujer más poderosa del mundo”). También elogió a Lutnick por reconstruir Cantor Fitzgerald. “Una empresa de primer nivel”, dijo Trump. “Él siempre estaba allí a las seis de la mañana, a las cinco y media de la mañana… Saben que muchos de los corredores de bolsa tienen que hacer eso. Algún día me explicarás por qué. Quizá por el uso de información privilegiada, Pam, no lo sé”. Trump pidió al personal de la Casa Blanca que comenzara a servir la comida —ensalada verde y cordero Wellington— mientras él continuaba hablando.
Trump recién regresaba de su primer gran viaje al extranjero de su segundo mandato, una gira por tres monarquías de Oriente Medio: Arabia Saudita, Catar y los Emiratos Árabes Unidos. Lutnick lo había acompañado. Antes de partir, algunas de las familias de los empleados de Cantor que murieron el 11 de septiembre le habían pedido a Lutnick que ayudara a extraditar a un ciudadano saudí, vinculado a los ataques por pruebas recientemente desclasificadas. Él no lo hizo. Terry Strada, presidente nacional del 9/11 Families United me dijo: “Howard lloró con nosotros año tras año. ¿Crees que vamos a decirle simplemente: ‘gracias por eso’? No se puede barrer lo que pasó bajo la alfombra solo porque ya hayan pasado veinte años y ahora necesitemos llegar a acuerdos con ellos”.
Lutnick y Trump se refirieron al viaje como si se tratara de una colecta de fondos veraniega en Martha’s Vineyard que hubiese superado sus expectativas. Los habían acompañado decenas de ejecutivos estadounidenses. “Trajimos de vuelta cerca de 5,1 billones de dólares”, afirmó Trump, jactándose de los compromisos que los tres países habían asumido para invertir en defensa, tecnología e inteligencia artificial. “Ya hablamos de billones. Piénsenlo… Estamos hablando de cifras enormes”. (En los hechos, Trump consiguió menos de una décima parte de lo que afirmaba. Los demócratas del Senado enviaron una carta a Lutnick expresando su preocupación por la posibilidad de que los acuerdos “dieran luz verde a la venta de tecnología sensible de EE. UU. a cambio de promesas ilusorias” y supusieran “una amenaza inmediata para la seguridad nacional de EE. UU.”). Lutnick dio una palmada en la mesa y se echó a reír a carcajadas cuando Trump bromeó sobre deshacerse del “Shakespeare exclusivo para lesbianas” del Kennedy Center. Es quien más se ríe de las bromas de Trump, y no se trata de las risitas estudiadas de los demás cortesanos del presidente, sino que parece realmente disfrutar sus comentarios.
En los hechos, Trump consiguió menos de una décima parte de lo que afirmaba. Los demócratas del Senado enviaron una carta a Lutnick expresando su preocupación por la posibilidad de que los acuerdos “dieran luz verde a la venta de tecnología sensible de EE. UU. a cambio de promesas ilusorias” y supusieran “una amenaza inmediata para la seguridad nacional de EE. UU.”.
Aquel mismo día más temprano, mientras recibía a familias de policías fallecidos en el Salón Oval, Trump había reflexionado: “Toda mi vida se ha tratado de hacer acuerdos. Un gran acuerdo”. Esa mañana había hablado por teléfono con Vladimir Putin durante más de dos horas sobre la guerra de Rusia en Ucrania. “Hemos gastado cientos de miles de millones de dólares”, dijo Trump, sobre la ayuda que Estados Unidos había destinado a Ucrania. En los cálculos del presidente, la gira por Oriente Medio ayudaba a equilibrar esa cifra. “Recolectamos mucho más que eso en solo cuatro días”, afirmó.
Ayudar al presidente a captar inversión extranjera no era una parte central de las funciones originales del Departamento de Comercio. Cuando Theodore Roosevelt firmó la ley que creó el departamento en 1903, se le atribuyeron las tareas de aplicar la ley de inmigración, realizar el censo y proteger a las focas de Alaska. El Acuario Nacional estaba situado originalmente en el sótano de la sede del departamento; peces de todo el país, al igual que cinco caimanes, vivían en tanques rodeados de terrazo. En aquel momento, era uno de los edificios de oficinas más grandes jamás construidos.
Hoy en día, en las oficinas del Departamento de Comercio, cuyos pasillos están cubiertos con carteles antiguos que anuncian el censo estadounidense, la palabra “innovación” aparece con frecuencia en las conversaciones. “El secretario marca la pauta”, me dijo uno de los asesores principales de Lutnick. “No somos matones, pero vamos a cuestionar los principios básicos”. Por ejemplo, Lutnick ha creado un nuevo “acelerador de inversiones”. Como dijo otro asesor: “Si tienes mil millones de dólares, te daremos un trato privilegiado”. A Lutnick y Trump les gusta intercambiar ideas sobre lo que el Departamento de Comercio pudiera poner en práctica. En junio, cuando Nippon Steel adquirió U.S. Steel por quince mil millones de dólares, Lutnick ayudó a negociar una “acción de oro” para Trump. En efecto, el acuerdo le otorga al presidente una participación no financiera en U.S. Steel y una influencia significativa en sus asuntos.
A Lutnick parece no preocuparle el límite aparentemente difuso entre el dinero y la política, y algunos legisladores incluso han alegado que él se beneficia económicamente de su cargo. Después de que el Senado lo confirmara en su cargo, sus hijos mayores Brandon y Kyle, que aún no llegan a los treinta, fueron nombrados presidente y vicepresidente ejecutivo de Cantor, respectivamente. (Kyle es DJ). El año pasado, Cantor adquirió una participación del cinco por ciento en Tether, una empresa de criptomonedas que ha sido vinculada a actos de lavado de dinero, terrorismo y fraude internacional. (Tether no ha sido acusada de ningún delito). Cantor también administra una cantidad sustancial de los activos de Tether, por los cuales cobra millones de dólares en comisiones. Desde la elección de Trump, la capitalización de mercado de Tether ha aumentado a más de ciento sesenta mil millones de dólares. Según el The Wall Street Journal, su presidente, Giancarlo Devasini, dijo a sus socios que Lutnick “utilizaría su influencia política para intentar neutralizar las amenazas a las que se enfrenta Tether”. (Un portavoz de Lutnick lo desmintió). Según fue informado en su momento, Lutnick habría llevado a un lobista que trabaja tanto para Tether como para Cantor a las reuniones de transición, y ahora participa en uno de los grupos asesores sobre criptomonedas de Trump, que determinan cómo se regularán empresas como Tether. “A él le duele físicamente perder una oportunidad de negocio”, me dijo su antiguo amigo. Otro asesor de Comercio dijo de Lutnick y Trump: “Son dos hombres de negocios que se sientan a la mesa con gente que está pensando dónde poner su dinero. Ambos tienen un coeficiente intelectual muy alto”.
A Lutnick parece no preocuparle el límite aparentemente difuso entre el dinero y la política, y algunos legisladores incluso han alegado que él se beneficia económicamente de su cargo. Después de que el Senado lo confirmara en su cargo, sus hijos mayores Brandon y Kyle, que aún no llegan a los treinta, fueron nombrados presidente y vicepresidente ejecutivo de Cantor, respectivamente.
A principios de este verano, Lutnick celebró una reunión pública en la Oficina de Patentes y Marcas, una de las trece oficinas de Comercio, en el norte de Virginia. Poco después de llegar, fue acompañado al Museo del Salón Nacional de la Fama de los Inventores. Pulsó un botón que reproducía la risita del Pillsbury Doughboy y olió una cubeta de plastilina Play-Doh. (Tanto el sonido como el aroma están patentados). En una exposición interactiva que permite a los visitantes identificar productos falsificados, Lutnick se detuvo delante de dos balones de baloncesto Spalding. Me señaló y preguntó: “¿Adivinas cuáles son falsos?”.
En el piso de abajo, cientos de empleados de Comercio comían donas mientras un coro interno cantaba “America the Beautiful”. Luego se dirigieron a un auditorio para asistir a la reunión de Lutnick, que se convirtió parcialmente en un ejercicio para calmar las ansiedades sobre los recortes del DOGE. Durante una sesión de preguntas y respuestas, un jefe de sección preguntó si debía preocuparse por las finanzas del Departamento. Lutnick había aprobado la eliminación de cientos de empleados de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica, incluidos los meteorólogos, y otros setenta del Instituto Nacional de Estandarización y Tecnología, que regula las normas de medición en general, desde la electricidad hasta los relojes atómicos. Había propuesto recortar el presupuesto total de Comercio en casi un diecisiete por ciento. “Vamos a hacer más dinero para Estados Unidos”, anunció.
Más tarde, Lutnick me dijo que no entendía por qué los demócratas se oponían a sus recortes, que afectaban también a los empleados del Servicio Meteorológico Nacional, esenciales durante las emergencias. “Si les preguntara: ‘¿Por qué no les gustan?’, su respuesta sería: ‘¡Por estas doce personas de mi distrito!’” me dijo. “Me dicen algo como: ‘¿Por qué esta estación meteorológica no está atendida 24 horas al día, 7 días a la semana?’ Y yo les digo: ‘La previsión meteorológica se basa en datos. No hace falta estar en el distrito para pronosticar el tiempo’. No es que la gente mira por la ventana y dice: ‘¡Oh, está a punto de llover!’”.
Lutnick había estado proponiendo diversas ideas sobre cómo hacer que el Departamento y otras agencias gubernamentales fueran más eficientes; por ejemplo, que el Servicio Postal de los Estados Unidos fuese el encargado de realizar el censo. “¿Tienes un bebé? Solo díselo al cartero, él sacará su iPad”, me dijo. El Servicio Postal emplea entre diez y veintidós mulas para entregar el correo a un puñado de personas que viven en el Gran Cañón. Él quiere deshacerse de esas mulas. (“¡No se puede creer!”, me dijo. “¿Qué estupidez es esa?”).
Cuando visité la sede del Departamento de Comercio a finales de junio, había pocos avances con los acuerdos comerciales. Lutnick llevaba consigo un prototipo físico de la Trump Card e inspeccionaba la lista de inscritos para ver quién estaba interesado. Dos días después, Trump suspendió las negociaciones con Canadá de manera abrupta, en protesta por un impuesto a los servicios digitales que el país vecino quería aplicar a varias empresas tecnológicas estadounidenses. También calificó a Japón de “muy malcriado”. ¿Podría la agresividad de Trump por sí sola forzar los resultados que buscaba? “Podemos hacer lo que queramos”, afirmó el presidente.
A menos de una semana de vencerse el plazo de noventa días, Estados Unidos parecía haber alcanzado tan solo tres acuerdos. Trump anunció el tercero, con Vietnam, en Truth Social. Posteriormente, los mediadores vietnamitas afirmaron que él había duplicado la tasa arancelaria sin avisarles, y desde entonces el país se ha negado a firmar el acuerdo. Una nueva fecha límite autoimpuesta se avecinaba. Trump había ordenado a los legisladores republicanos que aprobaran su “Big Beautiful Bill” —una gigantesca transferencia de riqueza que reduciría los impuestos a los ricos, recortaría los fondos para los programas de asistencia social a los pobres y, según la Oficina Presupuestaria del Congreso, añadiría 3,4 billones de dólares al déficit federal— antes del Día de la Independencia.
Durante el fin de semana del 4 de julio, Trump y Lutnick se encerraron en el club de golf del presidente en Bedminster, donde prepararon cartas en las que fijaban nuevos plazos y nuevos aranceles para un puñado de países. Trump siempre ha sabido cómo darle la vuelta a las malas noticias. “Lanza una propuesta irrazonable, comprueba si alguien está dispuesto a ceder, luego gira, reduce las expectativas y dile a la gente que has logrado la victoria”, afirmó el financista neoyorquino.
Trump siempre ha sabido cómo darle la vuelta a las malas noticias. “Lanza una propuesta irrazonable, comprueba si alguien está dispuesto a ceder, luego gira, reduce las expectativas y dile a la gente que has logrado la victoria”…
En verdad, desde el “Día de la Liberación” el déficit comercial general había empeorado. La inflación iba en aumento. Aun así, de acuerdo al hombre de finanzas, el impacto económico podía resultar menos grave que el daño causado a la credibilidad de Estados Unidos en la escena internacional. “El estilo de negociación de Trump no presupone la expectativa de una relación duradera”, afirmó. “Él está utilizando técnicas agresivas propias del sector inmobiliario en un contexto internacional. Nosotros tenemos que trabajar en otros asuntos con todos estos países. El verdadero riesgo es qué ocurre si tratas a la otra parte como si fuera un acuerdo de una sola vez”.
Las cartas, publicadas en Truth Social, estaban coronadas con un escudo de armas dorado y plagadas de mayúsculas aleatorias y frases confusas. Para comunicar a Indonesia que debería pagar un arancel del treinta y dos por ciento a partir del 1 de agosto, Trump escribió: “No obstante, hemos decidido avanzar en negociaciones con ustedes, pero solo con un COMERCIO más equilibrado y justo. Por lo tanto, los invitamos a participar en la extraordinaria Economía de los Estados Unidos, el Mercado Número Uno del Mundo, por mucho”. En algunos casos, la lógica económica parecía desaparecer por completo de la ecuación. Trump despachó una carta en la que imponía un arancel del cincuenta por ciento a Brasil, alegando una “caza de brujas” contra el expresidente Jair Bolsonaro, aliado de Trump, que está siendo procesado por intento de golpe de Estado. De hecho, Estados Unidos tiene un superávit comercial con Brasil.
…la lógica económica parecía desaparecer por completo de la ecuación. Trump despachó una carta en la que imponía un arancel del cincuenta por ciento a Brasil, alegando una “caza de brujas” contra el expresidente Jair Bolsonaro, aliado de Trump, que está siendo procesado por intento de golpe de Estado. De hecho, Estados Unidos tiene un superávit comercial con Brasil.
Después de terminar las cartas, Trump y Lutnick tomaron un helicóptero hasta el aeropuerto de Morristown, donde les esperaba el Air Force One. Trump llevaba una enorme gorra de béisbol blanca con las letras “USA” estampadas, y Lutnick vestía una chaqueta de traje negra y una camisa blanca. “Los aranceles serán los aranceles”, declaró Trump ante los periodistas. En Texas, las inundaciones repentinas habían arrasado la región de Hill Country, y los equipos de rescate buscaban sobrevivientes, entre ellos unas niñas que se encontraban en un campamento de verano. Ya se había confirmado la muerte de 79 personas; con puestos clave dentro de las oficinas locales del Servicio Meteorológico Nacional vacantes, funcionarios estatales se preguntaban si la falta de personal había contribuido a los problemas de coordinación en medio del desastre. Un periodista le preguntó a Lutnick si sus recortes habían influido en la tragedia. Él negó con la cabeza e interrumpió a Trump, que ya tenía la boca abierta. “¡No influyeron!”, dijo Lutnick. Los motores del avión estaban en marcha y ambos hombres tuvieron que gritar para hacerse oír. ¿Se firmarían pronto más acuerdos comerciales? “El caballero a mi derecha lo decidirá”, dijo Lutnick, sonriendo a Trump. “Y yo estaré con él cuando tome esa decisión”. Trump se giró para subir las escaleras del Air Force One, y Lutnick se quedó en la pista, preguntándose por el próximo destino.
*Antonia Hitchens cubre política para The New Yorker. Comenzó a contribuir con la revista en 2018 y se convirtió en redactora de la misma en 2025.
El texto original en inglés fue publicado el 21 de julio de 2025 en The New Yorker y puede consultarse en el siguiente enlace: https://www.newyorker.com/magazine/2025/07/28/donald-trumps-tariff-dealmaker-in-chief


