En su discurso en Davos del pasado 20 de enero el primer ministro canadiense Mark Carney buscó instalar una idea central: no estamos “transitando” una etapa incierta, sino atravesando una ruptura del orden internacional. Para sostener el punto, Carney recurrió a la anécdota del verdulero de Václav Havel (autor y último presidente de la extinta Checoslovaquia): el comerciante que pone en su vidriera un eslogan que no cree, no por convicción sino para “llevarse bien” y no meterse en líos. Ese pequeño ritual, repetido por miles, mantiene en pie la ficción de adhesión; y cuando alguien lo interrumpe —cuando el verdulero baja el cartel— la normalidad queda expuesta como performance. Carney trasladó esa lógica al presente: “vivir dentro de la mentira” sería seguir invocando el orden de reglas como si funcionara “como se anuncia”, callar la coerción según quién la ejerza y confundir soberanía con simple puesta en escena; “vivir en la verdad” sería nombrar la realidad, actuar con estándares consistentes y reducir vulnerabilidades para poder sostener posiciones de principio sin quedar rehén de represalias.
Desde ahí armó su propuesta: una mezcla de principios y pragmatismo (“realismo basado en valores”), que no se limita a denunciar el deterioro sino que plantea cómo moverse en él. Advirtió contra un “mundo de fortalezas” (cada país encerrado en su autosuficiencia) por costoso e inestable, pero defendió construir autonomía estratégica compartida: más inversión doméstica y capacidades críticas, y al mismo tiempo “geometría variable” de coaliciones por tema. En esa arquitectura ubicó la seguridad del Ártico (en un respaldo a Groenlandia y Dinamarca y un rechazo a usar aranceles por esa disputa), la articulación de grandes acuerdos comerciales (tender puentes entre bloques) y mecanismos para desconcentrar suministros en minerales críticos.
Las repercusiones fueron rápidas: el discurso recibió una ovación inusual y fue citado por otros líderes como diagnóstico compartido, como fue el caso de la presidente de México Claudia Sheinbaum; a la vez, figuras del establishment económico matizaron el dramatismo del término “ruptura” y prefirieron hablar de un cambio profundo pero no terminal. La respuesta de Donald Trump al discurso de Mark Carney en Davos combinó desdén personal y una advertencia política directa: ante el público del foro, replicó que Canadá “vive gracias a Estados Unidos” y le habló a Carney, sugiriéndole que “recuerde” esa dependencia “la próxima vez” que haga declaraciones. En paralelo, amplificó el choque por la vía simbólica y digital —con publicaciones que mostraban a Canadá (y también a Groenlandia) envueltos en la bandera estadounidense— y luego trasladó la fricción al terreno institucional al retirar una invitación que le había hecho a Carney para integrarse a su iniciativa de “Board of Peace”, presentándolo públicamente como un desaire.


