Elon Musk quiere dominar el espacio ¿hay alguien que pueda detenerlo?

Noah Shachtman*

Con la reaparición en público de Elon Musk con Donald Trump en el homenaje a Charlie Kirk, muchos analistas se preguntaron si esa imagen implicaría una nueva etapa en la relación entre el presidente y el magnate. Sin embargo, más allá de los aspectos personales, las afinidades o diferencias que cubre con espectacularidad la prensa, lo que hay que tomar en cuenta es que la relación del gobierno de los Estados Unidos con el imperio tecnológico de Musk es más sólida que nunca. No solamente sus empresas se financian en parte con recursos de Capital 1789, el fondo de inversión que dirige Donald Trump Jr., sino que las labores de defensa e inteligencia estadounidenses son cada día más dependientes de la tecnología de Musk. En un ensayo publicado en la revista WIRED, Noah Shachtman detalla esta imbricación, así como el papel que tienen SpaceX y Starlink en el desarrollo tecnológico y militar espacial. Elon Musk, dice Schatman,“controla más de la mitad de los lanzamientos de cohetes del mundo y miles de satélites de Internet. Eso equivale a un inmenso poder geopolítico”. En Traza Continental traducimos el texto al castellano.

Ilustración: Traza Continental

Justo al lado de la autopista Jimmy Buffett Memorial, el bar de la azotea del hotel está abierto hasta tarde. El camarero reparte chupitos y le sube el volumen a Ozzy. Son las 11:37 p.m. de una calurosa noche de julio en Cabo Cañaveral, Florida, cuando todas nuestras cabezas giran en la misma dirección. Despega un cohete Falcon 9 de SpaceX, con su estela naranja brillando intensamente, unas 12 millas al norte del Banana River. Estalla el riff de “Iron Man” a todo volumen.

Es divertido para las veintitantas personas que estamos allí. Cuando oímos el estruendo del estallido sonoro, casi todos lanzamos algún tipo de grito. Pero para Elon Musk es solo otro martes más. Se trata del lanzamiento número 95 de SpaceX en lo que va del año, casi uno cada dos días. Esto implica más lanzamientos al espacio de los que logra todo el resto del mundo sumado.

Esta noche en concreto, el Falcon 9 puso en órbita 28 satélites de Internet Starlink. Starlink, por supuesto, es otra empresa espacial de Musk que domina sobre sus competidores. Su constelación cuenta con más de ocho mil satélites; su competidor más cercano, OneWeb de Eutelsat, tiene alrededor de 630 satélites, cada uno de los cuales ofrece menos de una décima parte del ancho de banda de un Starlink. Amazon está haciendo una fuerte apuesta por su propio servicio, llamado Proyecto Kuiper y dirigido por el antiguo jefe de satélites de SpaceX. Las condiciones de la licencia de Kuiper otorgada por las autoridades federales exigen que ponga en órbita mil 600 satélites para mediados del año que viene. Hasta ahora, la constelación de Amazon cuenta con 102.

Starlink, por supuesto, es otra empresa espacial de Musk que domina sobre sus competidores. Su constelación cuenta con más de ocho mil satélites; su competidor más cercano, OneWeb de Eutelsat, tiene alrededor de 630 satélites.

Incluso con estas cifras, es difícil cuantificar el poder geopolítico que Musk ejerce a través de sus dos empresas espaciales. Cuando Starlink dejó de funcionar durante un par de horas a finales de julio, las tropas de ambos bandos del conflicto entre Rusia y Ucrania tuvieron problemas para contactarse con sus drones… y también entre sí. “Todo el mundo pensaba que el problema solo afectaba al frente de batalla, hasta que empezaron a llegar informes de que se había caído en todo el mundo”, me escribe un oficial estacionado cerca de la ciudad de Kupiansk, a orillas del río Oskil, al este de Ucrania. Así de importante es Musk para la guerra moderna. Dos días después del lanzamiento que vi desde la azotea del hotel, otro Falcon 9 despegó de Cabo Cañaveral, esta vez con cuatro astronautas a bordo de una cápsula Dragon con destino a la Estación Espacial Internacional. La Dragon de SpaceX es actualmente la única forma que tiene Estados Unidos de llevar humanos al espacio, tal como le recordó Musk a su antiguo aliado Donald Trump cuando el presidente amenazó con rescindir sus contratos gubernamentales.

Ahora, Musk tiene la oportunidad de aprovechar sus dos áreas de dominio para conseguir una tercera. Por primera vez en décadas, Estados Unidos está trabajando abiertamente en la militarización del espacio, en respuesta a lo que el Pentágono afirma son amenazas de Rusia y China. El Pentágono está invirtiendo en naves espaciales que puedan volar hasta los satélites de otros países y atacarlos. Por otra parte, el presidente ha prometido 175 mil millones de dólares para un programa que podría acabar incluyendo cientos y cientos de interceptores en órbita e incluso más satélites de comunicaciones que les permitan trabajar juntos.

Es poco probable que las empresas de Musk fabriquen esas armas. Pero llevarlas al espacio y lograr que se comuniquen entre sí es algo que sin duda está dentro de sus posibilidades. Así que, aunque Musk ya no tenga el acceso al Despacho Oval del que disfrutaba antes, es imposible que semejante desarrollo no beneficie a SpaceX. La pregunta es: ¿en qué medida? Cuando se repartan los rifles en órbita, ¿a cuántos puestos de mando tendrá acceso Elon?

Estados Unidos está trabajando abiertamente en la militarización del espacio, en respuesta a lo que el Pentágono afirma son amenazas de Rusia y China. El Pentágono está invirtiendo en naves espaciales que puedan volar hasta los satélites de otros países y atacarlos.

A estas alturas, es posible que ya estés un poco adormecido, acostumbrado al grado de control que los multimillonarios tienen sobre nuestras vidas. Pero has visto a Elon Musk pisotear, destrozar y abrirse camino en el mundo de la política y las políticas públicas a los golpes, al mismo tiempo que sus empresas siguen logrando hazañas de ingeniería que antes solo pertenecían a la ciencia ficción. Así que entiendes lo que está en juego si se le concede un papel desmesurado en la militarización del espacio. (SpaceX no respondió a nuestras solicitudes de comentarios).

“El gobierno estadounidense depende mucho de él”, me dice Victoria Samson, directora de seguridad espacial de la Secure World Foundation. “Por eso, incluso antes de las elecciones, yo ya les había preguntado a los funcionarios espaciales estadounidenses: ‘Se han atado a una personalidad muy caprichosa. ¿No les preocupa eso?’”.

 

I. COHETES

Hace muy poco, a principios de la década de 2010, llegar al espacio era caro y lento. Estados Unidos realizaba menos de 20 lanzamientos al año. Los cohetes pueden costar 10 mil dólares por kilogramo o incluso más. Musk y el ahora legendario ingeniero espacial Tom Mueller se abrieron paso, en parte, gracias a su ingenio: sustituyeron pestillos de la NASA de mil 500 dólares, por otros fabricados para cabinas de baño que costaban solo 30, y utilizaron aires acondicionados comerciales para la bodega de carga del Falcon 9, en lugar de comprar un sistema de refrigeración por un valor estimado de 3 millones de dólares.

Aunque a Musk le guste mostrar una imagen antisistema, lo cierto es que jugó muy bien sus cartas en Washington. Aprovechó sus alianzas con personas afines en el gobierno, como el entonces administrador de la NASA Michael Griffin, quien abogaba por un acceso más barato y fácil al espacio, especialmente a la órbita terrestre baja, que comienza a unos 160 kilómetros de altura. Y cuando sintió que los demás no compartían esa visión, inició demandas, como cuando alegó que la Fuerza Aérea había actuado ilegalmente al otorgar al monopolio espacial de la época, United Launch Alliance (ULA), la joint venture conformada por Boeing y Lockheed Martin, un contrato de 11 mil millones de dólares por 36 núcleos de cohetes.

Aunque a Musk le guste mostrar una imagen antisistema, lo cierto es que jugó muy bien sus cartas en Washington. Aprovechó sus alianzas con personas afines en el gobierno.

Cuando la demanda no produjo resultados inmediatos, Musk se volvió chovinista. Unos meses antes, en febrero de 2014, Rusia había invadido Ucrania, anexionando ilegalmente la península de Crimea y desencadenando una ola mundial de condenas contra Moscú. Musk se subió a esa ola en su exitosa campaña para lograr que el Congreso y la administración Obama redujeran el uso del cohete insignia de United Launch Alliance, el Atlas V, argumentando su dependencia de los motores rusos RD-180. (La demanda finalmente se resolvió fuera de los tribunales). Esta combinación contribuyó a romper el monopolio de ULA sobre los lanzamientos espaciales gubernamentales.

Otro gran avance se produjo en 2017. SpaceX comenzó a reutilizar los núcleos de sus cohetes, lo que redujo drásticamente el costo de llegar a la órbita. (Ocho años después, sus Falcon 9 y Falcon Heavy siguen siendo los únicos cohetes de su categoría de peso con núcleos reutilizables). Pero nada fue tan importante como el desarrollo continuo del motor Merlin de SpaceX por parte de Mueller. Se convirtió en uno de los más duraderos en la historia aeroespacial, aunque, como me dijo un antiguo empleado, “en cuanto a rendimiento, es terrible”. Su potencia y eficiencia no tienen nada de especial. “No teníamos demasiados recursos para gastar en mucho diseño y análisis”, añade. “Así que simplemente probamos el motor hasta el cansancio. Le hicimos miles de pruebas de fuego caliente. Y ahora tienen un motor que es súper robusto”.

Hoy en día, gracias en parte a sus nueve motores reutilizables Merlin, un Falcon 9 puede llevar un kilogramo a la órbita terrestre baja por un tercio del costo anterior; el Falcon Heavy, que utiliza 27 Merlins, vuelve a reducir ese costo casi a la mitad. Alrededor del 85% de las misiones de los Falcon 9 se lanzan al espacio con primeras etapas utilizadas anteriormente. En 2022, SpaceX pasó de realizar alrededor de 30 lanzamientos al año a más de 60, y el año pasado alcanzó los 138. Los esfuerzos de la NASA en materia de lanzamientos espaciales y exploración humana están ahora casi totalmente controlados por Musk. A su alrededor ha surgido toda una nueva economía espacial, que depende de su acceso barato al espacio para poner en órbita terrestre baja sus redes de pequeñas naves espaciales. Tomemos como ejemplo el caso de Planet Labs, la empresa de imágenes por satélite. Cientos de sus naves espaciales fueron transportadas por Falcon 9.

Los esfuerzos de la NASA en materia de lanzamientos espaciales y exploración humana están ahora casi totalmente controlados por Musk. A su alrededor ha surgido toda una nueva economía espacial.

La realidad es que nadie está siquiera intentando alcanzar a Musk; solo tratan de encontrar nichos en un ecosistema dominado por él. ULA está construyendo cohetes optimizados para alcanzar órbitas geoestacionarias, que están más lejos, incluso cuando muchos de sus clientes siguen el ejemplo de Musk y mantienen sus constelaciones de satélites más cerca de la Tierra. Empresas emergentes como Rocket Lab y Firefly son admiradas por su capacidad de inventiva. Pero sus cohetes operativos actuales son diminutos en comparación: capaces de transportar, como mucho, un par de miles de libras, frente a las 140 mil que levanta el Falcon Heavy.

“SpaceX es una piedra angular en la industria espacial. Y luego hay otras piedras angulares, como Firefly. Somos muy complementarios con SpaceX”, afirma Jason Kim, director ejecutivo de Firefly Aerospace. “Es como el aire, la tierra y el mar. No existe un único método de transporte que sirva para todo”. (Kim no es el único que piensa así; Firefly acaba de salir a bolsa con una cotización de 8 mil 500 millones de dólares; la capitalización de mercado de Rocket Lab es de unos 21 mil millones de dólares).

Jeff Bezos tiene el dinero necesario para competir con SpaceX. Y sin duda lleva bastante tiempo en ello: su empresa de cohetes, Blue Origin, se fundó hace un cuarto de siglo. Pero ha tenido, digamos, otras prioridades. Ha estado trabajando duro en los motores; de hecho, su motor BE-4 se utiliza en la primera etapa del nuevo cohete de ULA, lo cual puede resultar algo confuso. Quizás hayas visto que Blue Origin tiene un cohete para turismo en el espacio cercano, el que recientemente llevó a la esposa de Bezos, Lauren Sánchez, y a Katy Perry al espacio. Pero el cohete grande de la empresa, el que se supone deba competir con SpaceX, solo ha volado una vez. Y cuando le pregunto al representante de Blue Origin qué hace que sus cohetes sean mejores —o, al menos, diferentes— que los de Musk, me responde: “No te tengo una respuesta clara para eso”.

China, que en su momento parecía destinada a dominar los lanzamientos espaciales a nivel mundial, ha tenido dificultades para seguirle el ritmo a Musk: en los últimos tres años ha logrado lanzar entre 64 y 68 cohetes al año. SpaceX no solo realiza el doble de lanzamientos, sino que está transportando más de diez veces la masa declarada a órbita. Stoke Space, fundada por ingenieros de Blue Origin, tiene enloquecidos a los fanáticos de la industria aeroespacial, pero aún no ha lanzado un solo cohete. United Launch Alliance, el competidor original de SpaceX, tiene un nuevo y potente cohete —de ello hablaremos en un momento—, pero, una vez más, Musk lleva la delantera. Está trabajando en un lanzador realmente enorme, quizá el más grande jamás construido. Se supone que ambas etapas serán totalmente reutilizables (lo que, por supuesto, supone un enorme ahorro de costos), mientras que ninguna de las etapas del Vulcan de ULA será totalmente reutilizable.

China, que en su momento parecía destinada a dominar los lanzamientos espaciales a nivel mundial, ha tenido dificultades para seguirle el ritmo a Musk.

II. SATÉLITES

A finales de mayo, en su fábrica de Starbase, Texas, Musk no paraba de evangelizar con respecto a Marte. “Aquí es donde vamos a desarrollar la tecnología necesaria”, le decía a sus empleados, “para llevar a la humanidad a otro planeta, por primera vez en los cuatro mil quinientos millones de años de historia de la Tierra”.

Pero a medida que describía su ambiciosa visión de este lugar siendo capaz de producir mil enormes Starships al año, Musk repetía una verdad más mundana. No, no la parte sobre el historial de pruebas irregular del Starship. Sino la que tiene que ver con la financiación. “El internet de Starlink es lo que está pagando el viaje de la humanidad a Marte”.

El negocio de los lanzamientos espaciales es muy duro, y uno que tenga la mirada puesta en Marte es menos práctico aún. Los cohetes explotan. Los clientes siempre se retrasan en la entrega de sus satélites. ¿Pero ofrecer servicio de Internet? Esa es una fuente de ingresos mucho más segura. Así que, en 2015, Musk empezó a contratar ingenieros para construir una red de Internet en órbita.

Grandes naves espaciales geoestacionarias han estado ofreciendo servicio de Internet desde una altura de 35 mil kilómetros desde mediados de los 90. Y la idea de sustituirlas por una constelación de satélites pequeños, de baja altitud y baja latencia ha estado dando vueltas casi desde el inicio. Pero no fue hasta que Musk redujo el costo de la puesta en órbita que esos planes se volvieron no solo factibles, sino también enormemente rentables. El año pasado, la empresa obtuvo unos ingresos estimados de 13 mil millones de dólares, de los cuales Starlink aportó alrededor de 8 mil millones, según Payload Research. Alrededor del 70% de los lanzamientos de la empresa en lo que va de 2025 han puesto satélites Starlink en órbita. Starlink, que comenzó a lanzarse en 2019, dice contar ahora con más de 6 millones de clientes, lo que supone un aumento de casi el 50% en 12 meses. Por eso las acciones privadas de SpaceX se han convertido en inversiones muy codiciadas. (Bueno, eso y el hecho de que la empresa parece pagar pocos o ningún impuesto sobre todos esos ingresos). En julio, la empresa estaba valuada en 400 mil millones de dólares, y circulaban rumores sobre una posible salida a bolsa. El liderazgo de SpaceX depende ahora de Starlink.

Alrededor del 70% de los lanzamientos de la empresa en lo que va de 2025 han puesto satélites Starlink en órbita. Starlink, que comenzó a lanzarse en 2019, dice contar ahora con más de 6 millones de clientes.

Se podría argumentar que Starlink también contribuye en gran medida a la influencia global de Musk. El despliegue de Starlink en Ucrania en el año 2022 tras la invasión rusa a gran escala es ya bien conocido, al igual que las decisiones de Musk de cortar, según se ha dicho, el servicio de Starlink en la región de Jersón durante un contraataque crucial de Ucrania y de denegar la cobertura cerca de los barcos rusos atracados en Crimea más adelante ese mismo año. Informes sobre disidentes iraníes que consiguieron receptores de Starlink también se remontan al mismo periodo.

El 13 de junio de este año, los gobernantes de Irán cerraron el acceso local a Internet luego de que Israel iniciara la “Operación León Naciente”, su campaña de ataques aéreos diseñada para decapitar y desestabilizar al gobierno de Teherán. Ese mismo día, el comentarista estadounidense de derecha Mark Levin publicó en X que “¡Elon Musk puede dar el golpe de gracia al régimen iraní proporcionando Internet Starlink al pueblo iraní!”. A lo que Musk, desde hace mucho tiempo aliado del primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, respondió: “Los haces están encendidos”. El parlamento iraní aprobó rápidamente una medida que imponía penas de prisión de hasta dos años a quienes fueran sorprendidos utilizando Starlink. A pesar de esto, el número de usuarios de Starlink se disparó a más de 100 mil, según un informe local. Musk suele dejar que Starlink funcione de forma clandestina, a veces como una manera de presionar a los gobiernos para que concedan licencias al servicio. “Pero en Irán se están saltando las reglas sin más”, dice un observador bien informado. “Intentan derrocar al gobierno dando poder y acceso a Internet” a los opositores de Teherán. No fue la primera ni la última vez que Musk parece haber utilizado Starlink para apoyar los objetivos del gobierno israelí. Como ya informó WIRED, inversores de capital de riesgo ayudaron a las Fuerzas de Defensa de Israel a obtener acceso a Starlink tras los ataques del 7 de octubre de 2023. Según se ha informado, desde entonces el acceso de la población civil en Gaza se ha visto muy restringido, con la rara excepción de un único hospital. Mientras tanto, ha habido informes de organizaciones fraudulentas de Myanmar, redes yihadistas del Sahel y rebeldes sudaneses que han tenido acceso prácticamente ilimitado a la red de satélites de Musk.

Musk suele dejar que Starlink funcione de forma clandestina, a veces como una manera de presionar a los gobiernos para que concedan licencias al servicio.

Musk no tiene miedo de utilizar sus tecnologías para promover sus ideas políticas. Hemos visto cómo sus modificaciones en X han hecho a la red social más amigable con los nazis, y cómo su chatbot habla del “genocidio blanco”. Hemos visto a Musk apoyar un esfuerzo bélico, y le hemos visto negar esa ayuda cuando le convenía hacerlo. Todo esto ha sucedido mientras Starlink se encuentra aún en una fase relativamente incipiente, antes de que su constelación esté completa y su cobertura de los continentes sea total. Los peligros de depender de Starlink no han pasado desapercibidos para los actores geopolíticos: puede que hoy haya 50 mil terminales Starlink en Ucrania, pero algunas de las unidades militares ucranianas más expertas en tecnología ya han dejado de utilizar el servicio de Musk. “Starlink no es nuestra opción principal, y a veces ni siquiera es la opción alternativa, sino más bien el plan de contingencia”, me dice un oficial de la región de Járkov.

En Europa ya se está hablando de intentar potenciar la alternativa a Starlink. Y el gobierno chino está trabajando en un par de constelaciones en la órbita terrestre baja: una comercial para el mercado internacional y otra gubernamental para las agencias militares y de inteligencia. El plan es lanzar 28 mil satélites de comunicación entre ambos para la década de 2030. Hasta ahora, han lanzado alrededor de 170, y un número alarmante de ellos ha fallado en el espacio.

Esto nos dejaría con Amazon como el rival más potente de Musk. Sin duda, la empresa cuenta con los recursos necesarios. Recientemente, Amazon ha terminado de construir unas instalaciones de 9 mil 300 metros cuadrados y un valor de 140 millones de dólares en el Centro Espacial Kennedy, cerca de Cabo Cañaveral, para preparar los satélites para su lanzamiento. Ha firmado contratos para hasta 83 lanzamientos con tres empresas de cohetes diferentes, por un valor de varios miles de millones de dólares en servicios de lanzamiento, con el fin de poner en órbita su constelación de internet Kuiper. Casi la mitad de esos lanzamientos se realizan con ULA, el competidor original de SpaceX, que está construyendo una nueva “planta de integración” cerca de allí para preparar esos cohetes para Amazon.

En Europa ya se está hablando de intentar potenciar la alternativa a Starlink. Y el gobierno chino está trabajando en un par de constelaciones en la órbita terrestre baja: una comercial para el mercado internacional y otra gubernamental para las agencias militares y de inteligencia.

Obviamente, Amazon tiene más y mejor acceso a los consumidores que casi cualquier otra empresa del planeta. Kuiper forma parte de la misma unidad de Amazon que fabrica las cámaras Ring y los Kindles, y sus equipos están diseñados para ser más pequeños y baratos que los de Starlink. Pero su mayor ventaja quizá sea la amplia red de centros de datos de Amazon Web Services. Para las empresas y las organizaciones gubernamentales preocupadas por la seguridad, “AWS significa que básicamente podemos ofrecerles la capacidad de gestionar redes privadas”, afirma un portavoz de la empresa, lo que significa que pueden transferir sus datos de forma secreta, “sin tener que pasar por la red pública de Internet”.

Pero el tiempo no está del lado de Kuiper. Una prueba beta pública, inicialmente prevista para principios de 2024, se ha retrasado hasta finales de este año o principios del próximo. Las condiciones originales de la licencia de Kuiper con la Comisión Federal de Comunicaciones exigen a la empresa lanzar mil 600 satélites para mediados del año que viene. (Tal vez la nueva cercanía de Bezos con el equipo de Trump le dé a Kuiper margen para renegociar). En cualquier caso, Kuiper no cuenta con la posibilidad de asociarse con un fabricante de cohetes propio como sí le sucede a Starlink. Solo uno de cada ocho lanzamientos de la empresa de comercio electrónico fundada por Bezos tiene contrato para volar en los cohetes de Bezos. Pero el cohete Blue Origin en cuestión ha volado exactamente una vez. SpaceX parece estar tan poco preocupada por la competencia que acaba de transportar satélites Kuiper en una misión Falcon 9 a mediados de agosto, y tiene planes de volver a hacerlo en dos misiones más.

Hoy en día, los más de 8 mil satélites de Starlink tienen un ancho de banda total de 450 terabits por segundo. Eso equivale a aproximadamente un tercio del ancho de banda utilizado en todo el mundo cada año, según las mediciones de la consultora TeleGeography. La próxima generación de satélites Starlink, tan grandes que solo podrán llegar al espacio en una nave Starship, podría añadir mucho más ancho de banda con cada nuevo equipo. Musk tendrá el control absoluto del negocio de Internet por satélite. Y por si ese control no fuera suficiente, ahora está buscando la aprobación de varios gobiernos para añadir hasta 30 mil satélites adicionales a su red.

Los más de 8 mil satélites de Starlink tienen un ancho de banda total de 450 terabits por segundo. Eso equivale a aproximadamente un tercio del ancho de banda utilizado en todo el mundo cada año.

Musk repite constantemente que su megacohete, el Starship, llevará a la humanidad a Marte. Pero esa no es precisamente la tarea para la que esta nave multietapa, la primera totalmente reutilizable, está diseñada. Al igual que todos los cohetes de SpaceX, el Starship está optimizado para llegar a la órbita terrestre baja: sus motores, de relativa baja potencia, consumen casi todo su combustible en cuestión de minutos. (Esa es una de las razones por las que los cohetes son reutilizables. No tienen que recorrer una gran distancia para volver a la Tierra). Por sí sola, la nave Starship está diseñada para poner en órbita un gran número de Starlinks de última generación de forma muy rápida y económica. Para llegar más lejos, sería necesario enviar más naves Starship —sí, en plural— para reabastecer a la primera con metano líquido, en lo que equivaldría a “una increíble cinta transportadora”, tal como lo describió un ejecutivo de la industria aeroespacial.

El plan es ostentoso y exagerado, muy diferente a la austeridad de los inicios de SpaceX. La nave Starship cuenta con 39 motores Raptor, que atraviesan su tercer gran rediseño en nueve años. Y parece una forma tan torpe de llegar a la Luna o a Marte que analistas como Lucas Pleney —un admirador de Musk en Novaspace, la consultora con sede en las afueras de París— se preguntan si el sueño de Musk de llegar al Planeta Rojo ha quedado relegado a un segundo plano o si incluso estará funcionando como una distracción. Starlink aparece hoy como el actor principal de la infraestructura de comunicaciones global del futuro cercano. Si las cosas siguen así, Musk no solo tendrá la última palabra sobre quién se conecta y cuánto paga: podría tener incluso acceso a sus datos. “Este es el verdadero elefante en la habitación. Musk señala a Marte y dice: ‘Este es mi objetivo. No miren a Starlink’”, me dice Pleney. “Entonces, pienso: ¿realmente está apuntando hacia Marte con convicción? ¿O simplemente está tratando de desviarnos de lo importante, que es Starlink y la cantidad de terreno que dominará?”.

 

III. GUERRA ESPACIAL

Quizá no te importe que Musk controle Internet desde las alturas o decida qué sale del planeta y qué no. El Pentágono tiene otras directrices. “Es política de los Estados Unidos”, reza la sección 2273 del título 10 del Código de los Estados Unidos, mantener “al menos dos vehículos de lanzamiento espacial” capaces de llevar “cargas útiles a la seguridad nacional al espacio siempre que dichas cargas sean necesarias”.

En otras palabras, va en contra del espíritu de la legislación y la política estadounidenses que alguien tenga el monopolio de los vuelos espaciales militares. Por eso, el Pentágono ha dividido deliberadamente su gigantesco programa de “lanzamientos espaciales de seguridad nacional”. Blue Origin obtuvo más de 2 mil millones de dólares en estos contratos, a pesar de que su gran cohete solo haya realizado ese único vuelo de prueba. Rocket Lab afirma que al menos la mitad de sus ingresos provienen de las agencias de defensa y seguridad.

Rocket Lab afirma que al menos la mitad de sus ingresos provienen de las agencias de defensa y seguridad.

Por ahora, el mayor competidor de Musk en el ámbito de las misiones militares y de inteligencia es su vecino en Cabo Cañaveral. A solo una milla de la plataforma de lanzamiento de SpaceX hay un almacén de más de cuatro mil 600 metros cuadrados que alberga cohetes de 21 pisos, desmontados en sus diferentes etapas. Estos cohetes son bastante diferentes a los de Musk. Su primera etapa está optimizada para alcanzar unos 160 km de altura, dos veces más alto que el núcleo del Falcon 9. La segunda etapa está diseñada específicamente para llevar un satélite otros 32 mil kilómetros más allá. Ese es el terreno de las comunicaciones militares más sensibles y los satélites espías. Allí es donde United Launch Alliance, el antiguo monopolio, espera volver a dominar. La idea de ULA no es solo proporcionarle al gobierno vistas panorámicas, sino ayudar al Pentágono a librar guerras en el espacio.

“La defensa de los satélites en órbita estuvo fuera de discusión durante toda la administración Biden. No podíamos tener lo que nosotros llamamos ‘contrafuerza’. No estaba permitido colocar armas en el espacio, ni siquiera para defender nuestros propios satélites”, me cuenta Tory Bruno, director ejecutivo de ULA. “Ahora, bajo esta administración”, añade, “sí podemos”.

El Pentágono es muy sincero en sus ambiciones de intentar destruir y desactivar las naves espaciales chinas y rusas, y proteger a las estadounidenses de lo que ellos denominan ataques similares. En marzo, el ejército estadounidense publicó un informe titulado “Space Warfighting” (en español, guerra espacial). Incluye planes de alto nivel para “ataques orbitales” o “acciones emprendidas para destruir, interrumpir o degradar las plataformas espaciales adversarias”.

El Pentágono es muy sincero en sus ambiciones de intentar destruir y desactivar las naves espaciales chinas y rusas, y proteger a las estadounidenses de lo que ellos denominan ataques similares.

Mientras los ejércitos de todo el mundo prestan cada vez más atención a la órbita terrestre baja, ULA abiertamente promociona su segunda etapa de alto vuelo como una plataforma de guerra espacial, capaz de ocultar satélites en órbitas donde los chinos no puedan encontrarlos, tal vez incluso utilizar esta segunda etapa para atacar naves espaciales enemigas.

Conversé con varios expertos de la industria aeroespacial y de defensa que me dijeron que esto podría ser factible, pero que primero ULA debe comenzar a lanzar sus cohetes de manera consistente. Eso no ha sido fácil. Según a quién se le pregunte, el primer lanzamiento operativo del nuevo cohete Vulcan de ULA de mediados de agosto se retrasó entre dos y cinco años.

Así que, aunque en teoría el ejército quiere y necesita que ULA, Blue Origin y otros competidores de SpaceX tengan éxito, la realidad es algo diferente. Los competidores de Musk afirman que él ha estado recibiendo contratos de defensa que deberían haber sido para ellos. Por ejemplo, SpaceX obtuvo siete de los nueve lanzamientos espaciales de seguridad nacional adjudicados en abril, por un total de 846 millones de dólares. Y otros contratos relacionados con la seguridad nacional que se suponía estaban destinados a compañías emergentes acabaron en manos de SpaceX también.

SpaceX obtuvo siete de los nueve lanzamientos espaciales de seguridad nacional adjudicados en abril, por un total de 846 millones de dólares. Y otros contratos relacionados con la seguridad nacional que se suponía estaban destinados a compañías emergentes acabaron en manos de SpaceX también.

Musk incluso esperaba obtener más, después de haber invertido una enorme cantidad de capital para la elección del presidente y luego integrar su gobierno.

En las primeras semanas y meses de 2025, sus amigos en el Departamento de Estado de Trump intentaron forzar a países como Gambia a adquirir Starlink. La Casa Blanca bajo Trump impuso unos aranceles aplastantes del 50 por ciento sobre el pequeño Lesoto; el país rápidamente concedió la licencia a Starlink como forma de demostrar “buena voluntad e intención de acoger a las empresas estadounidenses”, según un memorándum del Departamento de Estado obtenido por The Washington Post. Vietnam, Bangladesh y la India cerraron rápidamente acuerdos similares tras el estancamiento de las negociaciones. Es moneda corriente que los diplomáticos estadounidenses promuevan negocios estadounidenses, pero esto era algo diferente. “Si lo hubiera hecho otro país, lo habríamos calificado sin duda de corrupción”, declaró a ProPublica Kristofer Harrison, exfuncionario del Departamento de Estado y del Departamento de Defensa durante la administración de George W. Bush. “Porque es corrupción”.

Jared Isaacman, quien supuestamente pagó 200 millones de dólares a SpaceX por un viaje espacial privado, fue el candidato inicial para dirigir la NASA. El presidente, en su discurso inaugural, pareció enviar un guiño romántico a Musk al prometer “perseguir nuestro destino manifiesto hacia las estrellas, lanzando astronautas estadounidenses para plantar nuestra bandera en el planeta Marte”. En marzo, el Departamento de Comercio de Trump reescribió las normas de un programa de banda ancha de 42 mil millones de dólares, haciendo más difícil la obtención de subvenciones para las redes cableadas y facilitándoles el acceso a los proveedores de satélites como Starlink. (Musk ya está presionando a los estados de Luisiana y Virginia para que le concedan más dinero). El Pentágono de Trump, que ya se inclinaba hacia Musk, se volcó aún más en su dirección. Se ha dicho que barajó la idea de retirarle la financiación a una de sus redes de comunicaciones por satélite más sensibles para entregarle miles de millones de dólares a una constelación construida por Musk. Esto además de los miles de millones que el Departamento de Defensa ha destinado a “Star-shield”, su versión de un Starlink privado y de uso militar.

El Departamento de Comercio de Trump reescribió las normas de un programa de banda ancha de 42 mil millones de dólares, haciendo más difícil la obtención de subvenciones para las redes cableadas y facilitándoles el acceso a los proveedores de satélites como Starlink.

Pero todo eso resulta insignificante, potencialmente, si se lo compara con la pretensión de Trump de construir un “domo dorado” sobre los Estados Unidos, que supuestamente protegería al país de misiles balísticos, hipersónicos y de crucero, todo al mismo tiempo. Trump eligió al general de mayor rango de la Fuerza Espacial para dirigir el proyecto y prometió que dicha defensa incluiría “sensores e interceptores espaciales”. Eso lo convertiría en una reedición del desastroso programa de defensa antimisiles “Star Wars” de la era Reagan, pero con mejor tecnología para detectar objetivos e inteligencia artificial para coordinar los interceptores. Algunos expertos piensan que eso le da más posibilidades de funcionar esta vez, siempre y cuando Estados Unidos despliegue miles de armas en el espacio.

He aquí el motivo: si un interceptor en órbita va a derribar un misil al momento de su despegue, el interceptor debe estar relativamente cerca del suelo. Pero eso significa que cualquier interceptor individual solo estará sobre un objetivo concreto durante unos minutos. Según analistas como Todd Harrison, del American Enterprise Institute, “se necesitan unos 950 interceptores repartidos en órbita alrededor de la Tierra para garantizar que al menos uno esté siempre al alcance para interceptar un misil durante su despegue”. Cada misil adicional que se quiera detener supone otros 950 interceptores. China y Rusia tienen entre 300 y 500 misiles balísticos terrestres en sus arsenales.

Incluso si Harrison se equivocara por un factor de 10, seguiría siendo una propuesta tremendamente cara, con toda otra flota de satélites para coordinar el asunto. Los aliados de Trump forzaron la inclusión de 25 mil millones de dólares en el presupuesto de este año como adelanto, aunque aún no existe un concepto formal de cómo podría funcionar algo así. Trump afirma que está dispuesto a invertir 175 mil millones de dólares en tres años para llevarlo a cabo. Otros líderes del sector de defensa creen que el costo real podría superar el medio billón. Y, por un momento, parecía que Musk lo tenía todo atado. “Creo que gran parte de la industria espacial comercial y de la industria espacial de defensa temen que esto pueda ser un acuerdo interno”, me comentó en mayo un ejecutivo de una importante empresa contratista militar.

Los aliados de Trump forzaron la inclusión de 25 mil millones de dólares en el presupuesto de este año como adelanto, aunque aún no existe un concepto formal de cómo podría funcionar algo así.

“Tiene recursos ilimitados. Ya ha demostrado que puede poner en órbita 7000 satélites. Creo que la administración piensa que es el hombre más inteligente del mundo. Nuestra única esperanza es que el Departamento de Defensa se mantenga fiel a sus principios de competencia justa y abierta”.

Musk negó estar interesado en el Domo Dorado y publicó en X que prefería centrarse en la misión a Marte. Sin embargo, Reuters informó que Musk no solo formaba parte del equipo que lideraba la carrera para la construcción del sistema antimisiles, sino que “en un giro inesperado, SpaceX propuso establecer su rol en el Domo Dorado como un ‘servicio de suscripción’ en el que el gobierno pagaría por el acceso a la tecnología en lugar de adquirir el sistema directamente”.

Por supuesto, una suscripción es algo que se puede cancelar. Musk tendría el interruptor capaz de apagar el sistema de armas en órbita de Estados Unidos. El hombre detrás de “MechaHilter”. El tipo que dio el visto bueno al uso de sus satélites como parte de una campaña para derrocar a un gobierno, pero pareció hacer muy poco mientras cientos de miles de personas morían de hambre. Ese tipo, con un rol gigantesco en la creación y el mantenimiento de un arsenal en el espacio, uno en el que las armas apuntan hacia la Tierra.

Una suscripción es algo que se puede cancelar. Musk tendría el interruptor capaz de apagar el sistema de armas en órbita de Estados Unidos.

Por supuesto, desde entonces la alianza entre Trump y Musk se ha desmoronado, y con ella algunos de los sueños más grandilocuentes de Musk y los temores sobre su concentración de poder en el espacio. A principios de junio, Musk amenazó brevemente con abandonar a los astronautas estadounidenses a bordo de la Estación Espacial Internacional —la cápsula Dragon de SpaceX era la única forma que tenía Estados Unidos de traerlos de vuelta a casa—, pero luego lo reconsideró.

Por su parte, el presidente amenazó con retirar los contratos gubernamentales de Musk, publicando que “la forma más fácil de ahorrar dinero en nuestro presupuesto, miles y miles de millones de dólares, es rescindir las subvenciones y los contratos gubernamentales de Elon. ¡Siempre me sorprendió que Biden no lo hiciera!”.

Según el Wall Street Journal, la administración Trump llevó a cabo una revisión de los acuerdos de la NASA y el Departamento de Defensa. Sin embargo, encontrar formas de destituir a Musk fue prácticamente imposible. “Todo el mundo en el Departamento de Defensa dijo: ‘No, no, no, no, no, no, mejor no hagamos eso’. Porque ahora dependen mucho de SpaceX y, francamente, cada vez más de Starlink también”, afirma un observador del sector con una importante red de contactos. Al final, Musk no perdió ni un centavo de sus contratos federales existentes. SpaceX y Starlink eran demasiado importantes para los intereses de Estados Unidos, estaban demasiado integrados dentro de nuestra infraestructura, como para satisfacer a Donald Trump.

Lo que nos devuelve al statu quo. La industria espacial —nacional e internacional, comercial y militar— se ha remodelado por completo a imagen y semejanza de Musk. El gobierno de Estados Unidos y el imperio de Musk ya no pueden vivir el uno sin el otro. Son simbióticos. Y el único que puede amenazar eso es el propio Musk. “Es un imbécil”, añade esta fuente, “pero su tecnología funciona mucho mejor que la de cualquier otro”.

La industria espacial —nacional e internacional, comercial y militar— se ha remodelado por completo a imagen y semejanza de Musk. El gobierno de Estados Unidos y el imperio de Musk ya no pueden vivir el uno sin el otro.

*Noah Shachtman es un periodista estadounidense con una amplia trayectoria. Colaborador en diversos medios de comunicación, fue editor en jefe de la revista Rolling Stone y del sitio The Daily Beast.

El texto original en inglés fue publicado por WIRED el 22 de septiembre de 2025 y puede consultarse en el siguiente enlace: https://www.wired.com/story/elon-musk-emperor-of-space/

Con la reaparición en público de Elon Musk con Donald Trump en el homenaje a Charlie Kirk, muchos analistas se preguntaron si esa imagen implicaría una nueva etapa en la relación entre el presidente y el magnate.

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