ESTAMOS EN UNA ÉPOCA DE RUPTURA Y DE CREACIÓN DE NUEVOS LÉXICOS
UNA CONVERSACIÓN CON TOMÁS BOROVINSKY
(PARTE II)
En la primera parte de la conversación con Tomás Borovinsky charlamos sobre el retorno de la fe y la teología a la centralidad de la política contemporánea, sobre el surgimiento del posliberalismo como respuesta a la crisis de época y sobre las preocupaciones de Peter Thiel en torno al final de los tiempos.
En esta segunda parte hablamos sobre los léxicos en política, la relación que tienen con la fe y una breve aproximación desde esta perspectiva al papel de los progresismos y las derechas en Argentina, Brasil y México. Finalizamos con una breve reflexión sobre la necesidad de reinterpretar por la izquierda y desde América Latina el pensamiento y la tradición judeocristiana.
TC: La nueva derecha ha logrado no solamente entender la importancia de la dimensión espiritual de las personas, sino que ha podido proyectar plataformas políticas y discursos que hablan una lengua franca, por así decirlo, con las grandes mayorías: la fe, la esperanza, el destino, los valores, la familia, la voluntad de Dios, el pecado, son palabras de uso cotidiano entre la gente que está muy presente en el lenguaje de la nueva derecha, y que usan, además, sin ningún tipo de reparo. El progresismo, en cambio, ha optado por atrincherarse en la construcción de sentidos poco comunes para las mayorías y, salvo algunas excepciones, ha sido incapaz de articular recientemente proyectos, plataformas políticas y discursos que apelen a la sociedad más allá de su nicho electoral. Utilizan la palabra “fascismo” para explicar todo lo que no les gusta, como un estribillo constante; le llaman “postverdad” a la mentira; hablan de cosas que pocos entienden como la “dictadura de baja intensidad” o de “resiliencia”, es decir, se han encerrado en conceptos y palabras que solo quienes están iniciados en el culto del progresismo pueden entender. ¿Cómo explicarías tú —especialmente en un país como Argentina, donde se vive todos los días esta crisis— la falta de conexión de la dirigencia progresista de un lado y la profunda interpelación de las derechas con los sectores mayoritarios y populares, por otro?
TB: Sí, muy buena la pregunta. Primero haría énfasis, volviendo un poco a lo que hablábamos hace un rato, en la cuestión posliberal. Maurice Glasman —el único político inglés invitado a la toma de posesión de Trump— cuenta que Vance le escribió hace unos años, diciéndole que la había fascinado su libro sobre posliberalismo y que lo que quería hacer en Estados Unidos era volver a un especie de New Deal: “¿piensas que es posible” —le preguntó— “hacer que el Partido Demócrata vuelva a vincularse con políticas cercanas al New Deal?”, o sea convertirlo en un partido anti-neoliberal, es lo que le está diciendo Vance. A partir de ahí entablaron una relación cercana, por eso es que lo invita a la toma de posesión en enero. Trump no debe saber quién es Glasman, pero Vance está metido en estas discusiones, tiene una admiración por él, hay vínculos y eso es interesante.
Hay quienes en la nueva derecha están más metidos en las discusiones, son más creyentes, por decirlo de alguna manera; y otros que tienen una mirada más “cínica” (en el sentido vulgar y no griego de la palabra), más utilitarista, como Trump o Netanyahu. Vance es más creyente y forma parte de otra generación. Incluso podría afirmar que Milei es un creyente, como Vance, no solo en el aspecto religioso, sino en el ideológico. En cambio, Trump o Netanyahu pueden ser aliados, pero son “cínicos”. Netanyahu no cree en nada, cree en el poder solamente; Trump lo mismo, y son funcionales a sus proyectos y eso es lo que en el fondo les importa. Pero están los creyentes, que comparten también un tema generacional y eso tiene que ver con las épocas y los léxicos que surgen en determinados momentos.
Vance es más creyente y forma parte de otra generación. Incluso podría afirmar que Milei es un creyente, como Vance, no solo en el aspecto religioso, sino en el ideológico.
Mencionaban antes a Harold Bloom, que tiene una mirada de lo teológico —particularmente del judaísmo, del gnosticismo judío— que es deudora del trabajo de Richard Rorty, que a su vez no tiene un gran vínculo con lo religioso, es un laico, pero acepta la influencia de lo teológico en el mundo moderno. Rorty afirma que cada época tiene un léxico, que cada época desarrolla una mirada poética del mundo y que el cristianismo como léxico es una poesía que funciona muy bien. Cada léxico, dice Rorty, funciona en una época y luego deja de funcionar. Y ahí aparece lo que Harold Bloom llamaba — y que Rorty usaba también— la figura del “poeta vigoroso”: una persona que habla un léxico distinto, de otro momento, de otra época que viene. Martín Plot unió estos puntos y empezó a pensar a Javier Milei como un “poeta vigoroso”. Teníamos en Argentina un léxico relacionado a la religión de la democracia, que fue una época que duró 40 años. No era un léxico mayoritario pero sí era el léxico oficial. Argentina tiene un éxito —nosotros lo podemos ver como un éxito de 40 años de institucionalidad política— con muchos vaivenes, pero un éxito finalmente en una democracia de 40 años, que coincide con un fracaso económico —que tiene no 40 sino 50 años— un fracaso del desempeño económico, pero un éxito de lo político que construye el léxico de la democracia. Y Milei rompe con eso, empezó a decir cosas que no se podían decir, que eran tabúes. Milei fue el primero en 80 años en decir que la justicia social es una aberración. Bueno, para mí la justicia social es un valor muy importante, para la democracia y para mí como individuo, pero Milei vino a romper con eso. Estamos por tanto en una época de ruptura con ese orden de los últimos 40 años y de creación de nuevos léxicos.
Hoy es la nueva derecha la que está encontrando entre sus filas y generando poetas vigorosos, que funcionan en el léxico de esta época y que vienen a romper con los léxicos de la época del momento fukuyamista en muchos lugares: en Europa, en Estados Unidos, en América Latina, diciendo y haciendo cosas que durante décadas no se podían hacer y decir, desde cuestiones que eran hasta de mala educación, hasta otras que podían destruir una carrera política. Hoy cosas que venían siendo destructoras de carreras políticas son al revés, son apalancadoras: te apalancan a la fama y al poder. Esto tiene ver con la crisis de los últimos años de la que venimos hablando desde que empezamos la conversación. Y frente a este resquebrajamiento del momento fukuyamista empezaron a aparecer el posliberalismo y otras referencias que en los últimos años han funcionado más desde la derecha.
Hoy es la nueva derecha la que está encontrando entre sus filas y generando poetas vigorosos, que funcionan en el léxico de esta época y que vienen a romper con los léxicos de la época del momento fukuyamista en muchos lugares: en Europa, en Estados Unidos, en América Latina.
Mark Fisher —discípulo izquierdista de Nick Land— cuando escribía sobre la cancelación del futuro y la necesidad de reclamarlo, criticaba a la izquierda folk, a la izquierda “vieja”, y abogaba por la necesidad de construir izquierdas aceleracionistas, y hubo algunas experiencias que después se apagaron; pero ahora quienes han conectado mejor el sentido de futuro con las mayorías han sido los pensadores y políticos de la derecha, creando léxicos que funcionan y que están conectados con las grandes demandas y miedos sociales.
Otro problema al que nos enfrentamos es que estos léxicos y estos sentidos que están teniendo llegada en los sectores mayoritarios es que son léxicos anti-élite. Y el progresismo se ha convertido en parte de la élite, desde los movimientos que antes fueron nacionales-populares en América Latina hasta el Partido Demócrata en Estados Unidos. ¿Por qué Vance, que tenía y tiene esas inquietudes políticas termina en el trumpismo y no el el Partido Demócrata? Porque entre los demócratas no había lugar para esas discusiones, quienes tomaban las decisiones eran parte de la élite defensora del momento fukuyamista. Incluso en 2016 son los propios demócratas los que bloquean a Bernie Sanders, que era de los pocos políticos en Estados Unidos que podía conectar con estas inquietudes e insatisfacciones, con estos nuevos léxicos antineoliberales y posliberales. Ahí hay una traición de las élites progresistas a sus bases electorales: van adoptando otras agendas de sectores minoritarios como la prioridad y postergando o de plano negando y bloqueando otras discusiones que les incomodan o que consideran tabú, aunque sean mayoritarias. Y yo creo que ahí hay un fin de ciclo de un determinado tipo de progresismo, un determinado tipo de léxico, que llegó a su límite, que duró un montón, décadas, pero que está agotado. Ahora sus representantes políticos e intelectuales tienen que regenerar su léxico y, en muchos lugares también, sus dirigencias. De otro modo vendrán otros a renovar los léxicos y a tomar su lugar de representación política y simbólica. El caso de Milei es eso, es la mayor ruptura política en 40 años de democracia, es el más distinto de todos los políticos argentinos que se plegaron a esa época. Milei es el más outsider de todos. Y es el más outsider porque es el más rupturista con este léxico de la religión democrática y progresista argentina.
Hay una traición de las élites progresistas a sus bases electorales: van adoptando otras agendas de sectores minoritarios como la prioridad y postergando o de plano negando y bloqueando otras discusiones que les incomodan o que consideran tabú, aunque sean mayoritarias.
TC: ¿Podríamos pensar en la fe en el liberalismo y en sus instituciones como una forma de religión que ha sacralizado y dogmatizado sus postulados, y que por esa construcción dogmática muchos que forman parte de esas élites liberales —de izquierda y de derecha— no son capaces de mirar o de atreverse siquiera a mirar por fuera de la ortodoxia que han construido? Está pasando mucho en Europa, en América Latina, en Estados Unidos, que hay una dificultad, por no decir imposibilidad de poner en cuestión ciertas “verdades” que se construyeron en esos círculos pero que nunca formaron parte del sentido común de las mayorías. En México Andrés Manuel López Obrador logró desacralizar esos postulados liberales, los puso en duda y construyó un proyecto hegemónico no a partir de los léxicos del liberalismo sino a partir de un léxico propio, muy antineoliberal y posliberal, adelantándose un poco al tiempo y construyendo una coalición ideológicamente poco “pura”, que incluye desde los viejos comunistas hasta a los sectores evangélicos, hablando el léxico de ambos extremos, como lo llegó a hacer Lula en su momento. Y son construcciones políticas que la religión liberal y progresista no termina de entender. Dice que no son gobiernos de izquierda, o que no son gobiernos democráticos; mira todo desde una ortodoxia tremenda y desde lugares para ellos sagrados, sin darse cuenta que para las mayorías todo eso entra en el terreno de lo profano, por no decir de lo irrelevante.
TB: El liberalismo, más allá de sus límites y de su crisis actual, ha cumplido un rol muy importante en la historia moderna. La cuestión del orden, de la pacificación entre facciones religiosas, de la neutralidad o laicidad del Estado, entre muchos otros aspectos, han sido aportes civilizatorios fundamentales. La libertad de culto, por citar un ejemplo, ha permitido que personas con distintas creencias puedan vivir en las mismas naciones y territorios sin matarse entre sí, por lo menos en Europa, Estados Unidos y América Latina.
El liberalismo, más allá de sus límites y de su crisis actual, ha cumplido un rol muy importante en la historia moderna. La cuestión del orden, de la pacificación entre facciones religiosas, de la neutralidad o laicidad del Estado, entre muchos otros aspectos, han sido aportes civilizatorios fundamentales.
El problema es cuando este liberalismo, como ya dijimos, se olvida o niega el origen teológico no solamente de la modernidad sino de sí mismo; cuando niega el carácter religioso del ser humano y lo oculta, hasta llegar a considerar la religión como un estorbo del progreso y ha llegado al extremo de reprimir las expresiones religiosas de la gente. Si uno hace política negando no sólo el origen teológico de la modernidad sino rechazando las creencias de las personas, que pueden ser católicas, musulmanas, evangélicas o judías, puede convertirse en un ejercicio muy, muy problemático. Para decirlo de modo un poco pragmático, siguiendo a Rorty: si uno quiere que su lenguaje, su léxico, funcione; si uno quiere ganar el favor de las mayorías; si se quiere gobernar para las mayorías; uno debe renunciar a la soberbia liberal progresista y a la superioridad filosófica y moral que ha caracterizado a las élites de esta época y saber que uno no puede estar por encima de los factores históricos de larga duración ni por encima de las creencias de millones y millones de personas en todo Occidente.
En este sentido es importante ser conscientes de la deuda que tiene el liberalismo con el judeocristianismo, porque muchas de sus concepciones sobre el ser humano y sobre la historia provienen de un origen teológico. La historia vista como progreso, que comparten liberales y marxistas, parte de una noción del tiempo que proviene de las Escrituras. Después uno verá que hace con eso, pero si no partimos de esta conciencia para hacer política puede haber problemas después.
Ahora, en cuanto al asunto de los léxicos, de los lenguajes, hay que decir que algunos lo resuelven mejor que otros. En el caso de Brasil está la cuestión, por un lado, de la Teología de la Liberación, que ocupó y ocupa un lugar muy importante en la política de izquierdas, y que se ha presentado con cierta naturalidad; y por otro la cuestión de los evangélicos, que vino después y que Lula supo en su momento abordar, aunque hoy la mayoría de esos sectores están con Bolsonaro y en la derecha. En Argentina pasa algo similar, es el país del recientemente fallecido papa Francisco —quien tuvo una relación política compleja con Argentina, país que nunca visitó como papa y todo el tiempo se mantuvo en la disyuntiva de intervenir de manera más activa o no— y el país donde el peronismo siempre tuvo una cuestión religiosa fuerte y un vínculo cercano en algunos sectores con la Teología de la Liberación. Y por otro lado está la relación de otros sectores más de los movimientos populares con la Teología del Pueblo. Hoy diríamos que para los sectores no alineados con Milei el papa Francisco es un referente político y teórico fundamental, sean católicos o no, creyentes o no. Y esa potencia, por llamarla de algún modo, está presente en la historia, en la militancia y en el pueblo, pero no tanto en el mundo progresista urbano, al que todavía le hace mucho ruido la cuestión teológica, religiosa, aunque esté relacionada con Francisco. Pero bueno, es una foto solamente la que estoy dando, muy de este momento. Es una cuestión que hay que explorar más en ambos países y en México, que es también un caso interesante.
Hoy diríamos que para los sectores no alineados con Milei el papa Francisco es un referente político y teórico fundamental, sean católicos o no, creyentes o no. Y esa potencia, por llamarla de algún modo, está presente en la historia, en la militancia y en el pueblo, pero no tanto en el mundo progresista urbano, al que todavía le hace mucho ruido la cuestión teológica.
TC: Muchos pensadores, desde Walter Benjamin hasta Michael Löwy o Enrique Dussel, han señalado el potencial mesiánico y utópico del cristianismo y la tradición judeocristiana para la política de izquierdas. Filósofos como Alain Badiou o Giorgio Agamben han encontrado en el apóstol Pablo un aliado para pensar en una política más universalista y humanista, por ejemplo. ¿Crees que ante la crisis del liberalismo y la búsqueda de respuestas políticas es un buen momento para indagar en esta veta del pensamiento filosófico y teológico no únicamente desde la resistencia y la denuncia, sino como herramienta para la construcción de modelos que recuperen el espíritu paulino y cristiano en su justa dimensión? Parafraseando a Slavoj Žižek, ¿no es un legado demasiado valioso el del cristianismo como para dejarlo únicamente en manos de fundamentalistas?
TB: Sí, totalmente. Creo que la cuestión del universalismo puede abordarse desde el apóstol Pablo pero también desde la tradición judía y ser recuperado por el humanismo contemporáneo. Y sobre el resto de autores que mencionan y la pregunta final puedo responder dos cosas:
La primera es que todos estos autores y muchos otros nos pueden ayudar a comprender que la modernidad está atravesada por la cuestión teológico-política. Tanto el judaísmo como el cristianismo han tenido un rol predominante en la construcción de los cimientos de Occidente. Autores que vienen del marxismo como Badiou o Žižek lo que han hecho es una revisión de esos orígenes y la influencia que tienen en el pensamiento moderno, aun en el pensamiento de Hegel, por ejemplo. Recuperando a Rorty, podemos decir que la Biblia puede ser entendida como un gran poema, como lo son en cierta medida todos los grandes libros. Ante la crisis contemporánea podemos ver a la Biblia —pero también a los clásicos como Platón y Aristóteles, sin querer compararlos, claro está— como fuentes abundantes para la construcción de nuevos léxicos. Otro autor interesante para pensar en estos temas es el italiano Massimo Cacciari, que viene del comunismo y que además de hacer filosofía hizo política (fue intendente de Venecia y diputado). Agamben lo citaba mucho hasta que tuvieron diferencias porque al parecer a Agamben no le gustó que su amigo se metiera en política. Pero Cacciari tiene un texto muy interesante sobre el Katechon, una de las figuras teológicas hoy en disputa, que se llama El poder que frena y que es un ensayo de teología política. En fin, Badiou, Zizek, Agamben, Cacciari, con todas sus diferencias, están intentando desde hace tiempo recuperar el núcleo de ese legado judeocristiano para explorar nuevos léxicos que transformen la realidad.
Ante la crisis contemporánea podemos ver a la Biblia —pero también a los clásicos como Platón y Aristóteles, sin querer compararlos, claro está— como fuentes abundantes para la construcción de nuevos léxicos.
Lo segundo es que, además de los léxicos, se está intentando recuperar, a veces de forma muy provocadora, la importancia civilizatoria y emancipatoria que tiene el pensamiento bíblico. Algunos autores recuperan no sólo el universalismo paulino sino el carácter escatológico de la tradición judeocristiana del que se alimentó en su momento, como decíamos, tanto el liberalismo como el marxismo. Badiou ve en el apóstol Pablo su carácter de promotor del cristianismo más allá de los judíos, lo que lo convierte en el fundador, según el filósofo francés, del universalismo, principio hoy tan cuestionado pero que puede ser interesante recuperar en la construcción de un mundo menos tribal y más humanista.
Este rescate del universalismo no es nuevo, el libro de Badiou San Pablo. La fundación del universalismo es de finales de los 90, y posiblemente su recuperación hoy, en esta época inmediata, tenga poco eco, pero no solamente hay que pensar en el presente, sino en el mañana, pensar un universalismo para el futuro, un universalismo que estuvo presente en el liberalismo y en el comunismo pero que hoy ha perdido fuerza.
Ahora, la importancia de gente como Löwy, como Dussel, tiene que ver con lo que hablábamos antes: acá en América Latina la cuestión religiosa no es recibida como en Europa o en Estados Unidos. Acá existe todavía con fuerza la Teología de la Liberación, acá existe la Teología del Pueblo que tiene un nivel de penetración social mayor. Para nosotros asumir lo teológico como elemento fundamental de la realidad debería ser más fácil porque hay vínculos que son mucho más abiertos, mucho más transparentes y mucho más claros. Esta tarea, pienso, es más desafiante para los estadounidenses o para los europeos. Quizás ellos tienen más que aprender de América Latina que América Latina de ellos, si no es que ya lo están haciendo.



