Pete Hegseth: la obediencia por encima de todo
“Sócrates emplea el logos para demostrar que existe un solo Dios, un único estándar supremo de virtud, y que el hombre no puede conocer a Dios a menos que Él se nos revele”.
Pete Hegseth, The Battle for the American Mind
“El mundo nos observa. Nuestros adversarios nos observan. Nuestros aliados nos observan. Debemos demostrarles que Estados Unidos ha vuelto, más fuerte y más decidido que nunca. Para defender nuestros intereses y preservar la libertad”.
Pete Hegseth
“Lo he visto ebrio tantas veces, lo he visto ser arrastrado tantas veces, que cuando escuchamos que estaba siendo considerado para secretario de Defensa, dijimos: ¡No, mierda, no!”.
Un compañero de Pete Hegseth en Concerned Veterans for America
La segunda administración del presidente Donald Trump se ha propuesto realizar una reforma profunda en el Depertamento de Defensa y en las Fuerzas Armadas con el objetivo de prepararse para un posible conflicto con China. Desde recuperar su sentido patriótico o alimentar su “ethos guerrero”, hasta modificar los procesos de contrataciones con proveedores y dinamizar así a la industria dedicada a la defensa, el gobierno republicano ha puesto en marcha una transformación del sector no exenta de cuestionamientos.
Para liderar este proceso, Trump ha puesto al frente a Pete Hegseth, un nacionalista cristiano con dudosas credenciales para el cargo y un historial polémico, pero con la voluntad necesaria para obedecer sin reservas a su superior y entregarse a la misión que le ha sido encomendada. En nuestra décima entrega de la serie Trump 2.0 que realizamos en colaboración con Supernova, analizamos el perfil y los planteamientos de uno de los cuadros políticos y mediáticos más radicales del movimiento MAGA.
El 29 de mayo de 2015 Pete Hegseth pidió cerrar para él y un amigo el bar del Hotel Sheraton de Cuyahoga Falls, en Ohio. Ya habían tomado varias copas cuando el dúo empezó a gritar: “Maten a los musulmanes”. Finalmente, Hegseth se desmayó en la parte trasera de un autobús de fiesta y luego orinó frente al hotel donde se hospedaba. Esto no pasaría de ser otra anécdota de borracho si no fuera porque se dio en el marco de una gira de Concerned Veterans for America (CVA), una organización fundada con respaldo financiero de los magnates conservadores Charles y David Koch, y de la que el propio Hegseth era presidente. No era la primera vez que Hegseth llamaba la atención por su conducta en eventos públicos de esa organización. Un año antes, durante el feriado del Día de los Caídos de 2014, el 26 de mayo, Hegseth tuvo que ser arrastrado hasta el hotel debido a su estado de ebriedad. Unos meses después, en noviembre de ese año, durante una reunión de CVA en Louisiana, Hegseth llevó al staff de la organización a un local de striptease e intentó subir al escenario totalmente borracho para bailar con las strippers. Los miembros de seguridad tuvieron que sacarlo del establecimiento. Volvió a repetir el chiste tres meses después, esta vez incluyendo acoso a las empleadas de CVA, a quienes propuso clasificar entre “fiesteras” y “no fiesteras”.
Un informe interno de CVA describe a Hegseth en recurrente estado de ebriedad a lo largo de su presidencia entre 2013 y 2016, muchas veces mientras desempeñaba su cargo oficial en eventos públicos. En octubre de 2014, CVA prohibió las bebidas alcohólicas en sus eventos pero Hegseth levantó la prohibición. Uno de sus compañeros en la organización dijo: “Lo he visto ebrio tantas veces, lo he visto ser arrastrado tantas veces, que cuando escuchamos que estaba siendo considerado para secretario de Defensa, dijimos. ¡No, mierda, no!”. El 25 de enero de 2025 Peter Hegseth fue nombrado secretario de Defensa por el presidente Donald Trump.
MALA CONDUCTA
Peter Brian Hegseth nació en el seno de una familia de origen noruego en Minnesota. Estudió Ciencias Políticas en la Universidad de Princeton, y se graduó con honores, además de editar la revista conservadora The Princeton Tory, en donde, entre otras cuestiones, discutió el concepto de “sexo sin consentimiento”. En 2001, cuando todavía cursaba sus estudios, se inscribió en el Cuerpo de Entrenamiento de Oficiales de la Reserva del Ejército. Luego de graduarse en 2003 y trabajar brevemente en Wall Street, Hegseth fue movilizado a Guantánamo, para supervisar a un pelotón de soldados custodiando detenidos. Luego se ofreció como voluntario en Irak, donde ganó dos estrellas de bronce por su servicio.
Luego de graduarse en 2003 y trabajar brevemente en Wall Street, Hegseth fue movilizado a Guantánamo, para supervisar a un pelotón de soldados custodiando detenidos.
De vuelta a la vida civil, Pete no pudo adaptarse: “Pasé de estar en una zona de combate a estar en un departamento en Manhattan y sin ningún contacto más que llamadas telefónicas aquí o un correo allá con los muchachos con los que había servido. No hacía nada y bebía mucho tratando de procesar lo que había atravesado mientras lidiaba con un mundo civil al que simplemente no parecía importarle”. Hasta que un marine lo acercó a Vets for Freedom, una organización fundada en 2006 por excombatientes de las guerras de Afganistán e Irak que abogaba por un incremento de tropas estadounidenses en Irak, además de apoyar a diferentes candidatos conservadores. Un exmiembro describió a Vets for Freedom como la fachada de algunos lobistas para enmascarar sus patrocinios. Entre sus aportantes estaban Bernard Marcus, el magnate de Home Depot, y Jerry Perenchio, el exjefe de Univision. En ese contexto, el rol de Hegseth ―conservador convencido, buen mozo, educado en Princeton, condecorado en Irak― era el de conseguir más aportantes. Para 2007 se había convertido en el líder de Vets for Freedom. “No tenía idea de lo que estaba haciendo”, dijo más tarde. A partir de ese año empezaron los problemas financieros de la organización. Para enero de 2009, Hegseth admitió que Vets for Freedom tenía menos de mil dólares en el banco y 434 mil dólares en facturas sin pagar. Los aportantes idearon un plan para fusionarla con otro grupo de veteranos y desplazar amablemente a Hegseth: “Cerremos esto. Pete puede conseguir otro trabajo”.
Para 2012 Hegseth estaba desempleado: se lanzó sin éxito a la candidatura a senador por Minnesota, se ofreció como voluntario para entrenar fuerzas de seguridad afganas y formó su propio Comité de Acción Política para respaldar a candidatos afines (y se gastó un tercio de los fondos en fiestas). Al año siguiente fue nombrado director ejecutivo de CVA, una organización creada un año antes y financiada por la red Koch, con el objetivo de defender a los veteranos pero dispuesta a intervenir en cuestiones más amplias, como la privatización de la atención médica para excombatientes. En 2016, Hegseth tuvo que dejar el cargo por mala conducta, mala gestión financiera y conducta sexual inapropiada. En 2014 se unió a Fox News como colaborador. Allí se hizo famoso por arrojarle un hacha a un sargento durante una emisión de Fox & Friends. El sargento, que había sido invitado al programa para el 240° aniversario de la fundación del Ejército, inició una demanda legal que se resolvió de manera privada. No sería la última vez que Hegseth tuviera que resolver denuncias por fuera de los tribunales.
Para 2012 Hegseth estaba desempleado: se lanzó sin éxito a la candidatura a senador por Minnesota, se ofreció como voluntario para entrenar fuerzas de seguridad afganas y formó su propio Comité de Acción Política…
Hegseth fue tenido en cuenta por Donald Trump durante su primera presidencia para dirigir el Departamento de Asuntos de Veteranos. El evaluador del Comité Nacional Republicano concluyó que Hegseth era “quizás una de las elecciones menos calificadas que hemos visto. Probablemente fue elegido porque parece dispuesto a decir y hacer cualquier cosa que Trump quiera”. Durante la audiencia, Hegseth minimizó algunos crímenes de guerra, consideró a las mujeres no aptas para combate y afirmó que la diversidad dentro del Ejército es basura, además de tener los brazos tatuados con insignias y lemas comunes entre la extrema derecha. “Trump piensa que se ve y suena bien en televisión”, concluyó el evaluador.
Pete quedó fuera del primer gobierno de Trump pero no abandonó sus convicciones. En 2017, Fox News premió su performance con el hacha y lo puso al frente de Fox & Friends Weekend, uno de los programas de mayor audiencia de la cadena. Desde esa tribuna, Hegseth respaldó a Donald Trump, defendió los indultos presidenciales a soldados acusados de crímenes de guerra y criticó a la OTAN: “no es una alianza sino un arreglo de defensa para Europa, pagado y respaldado por Estados Unidos”, dijo. Sus otras actividades a lo largo de 2017 saldrían a la luz siete años después.
En noviembre de 2024, Trump volvió a ganar la presidencia y volvió a proponer a Pete Hegseth, pero esta vez como secretario de Defensa. Durante el proceso de confirmación en el Senado se hicieron públicos desde su ya conocido problema de alcoholismo hasta acusaciones de violencia doméstica por parte de su ex cuñada y de su propia madre. Y el pago de 50 mil dólares a una mujer que lo acusó de agresión sexual en 2017. Ese año, Hegseth había asistido como orador a una cena de la cuadragésima convención bienal de la Federación de Mujeres Republicanas de California, en Monterey. Luego del evento hubo una fiesta y Hegseth, previsiblemente ebrio, comenzó a acosar a una asistente. Una organizadora de Mujeres Republicanas intervino para sacarlo del lugar, siguiendo un protocolo habitual para estos casos. Ya fuera del bar, diversos testigos los vieron discutiendo, y el marido de la organizadora se preocupó por su ausencia. La mujer volvió a su habitación recién al alba, probablemente narcotizada y con recuerdos confusos de haber sido abusada. Cuatro días después, fue a un hospital y pidió un examen de violación: había desarrollado una infección que podría haber resultado de una nueva pareja sexual. La enfermera estaba legalmente obligada a reportar el incidente a la policía, quienes abrieron una investigación criminal. En ese momento, la presunta víctima identificó a su agresor como Hegseth. La oficina del Fiscal de Monterey no presentó cargos contra Pete. La presunta víctima y su esposo amenazaron con presentar una demanda, y en 2020 Hegseth acordó secretamente un acuerdo financiero con ellos.
…se hicieron públicos desde su ya conocido problema de alcoholismo hasta acusaciones de violencia doméstica por parte de su ex cuñada y de su propia madre. Y el pago de 50 mil dólares a una mujer que lo acusó de agresión sexual…
Cuando, siete años después, el hecho salió a flote durante las audiencias del Senado, fue una sorpresa para el equipo de transición de Trump: Hegseth no había dicho nada de la denuncia ni del arreglo. Según el New York Times, Trump pidió que se considerara al gobernador de Florida, Ron DeSantis, como alternativa para el cargo. Pero sus asesores lo convencieron de respaldar a Hegseth por miedo a perder el apoyo de los senadores recalcitrantes. De hecho, JD Vance se puso al frente de un grupo de apoyo a Hegseth en el que estaban, entre otros, Steve Bannon, Charlie Kirk y Donald Trump Jr. El presidente decidió apoyarlo. Acorralado por los reporteros a la salida del Senado, Hegseth dijo: “El asunto fue completamente investigado y fui completamente exonerado y ahí es donde lo voy a dejar”. La estrategia de su abogado fue manchar la reputación de la supuesta víctima para ganar tiempo, acusándola de dedicarse a chantajear a hombres importantes con denuncias falsas de abuso sexual, a pesar de que no hay registrada ninguna otra denuncia de su parte.
Hegseth compareció ante el Senado el 14 de febrero. Casi todos los senadores republicanos, con la excepción de tres, votaron a favor suyo. La votación quedó 50 a 50 y le tocó desempatar al vicepresidente Vance. El 24 de enero de 2025, Hegseth fue confirmado como secretario de Defensa por el Senado.
LA BATALLA POR LA MENTE NORTEAMERICANA
Sería un error juzgar a Hegseth solo por su labor militar y su particular sentido de la diversión. Es un graduado con honores de Princeton que ha publicado varios libros. Entre ellos, The Battle for the American Mind, escrito junto a David Goodwin y editado en 2022. Mitad ensayo histórico y mitad manifiesto, el libro sostiene que Estados Unidos sufre una crisis espiritual por haber abandonado sus raíces fundacionales. Siguiendo las ideas de los Padres Fundadores, Hegseth sostiene que Estados Unidos no fue fundado como una democracia, sino como una “república constitucional” basada en una síntesis de la filosofía grecorromana (virtud cívica, razón, republicanismo) y la fe judeocristiana (moral bíblica y ley natural: la idea de un Creador que otorga derechos inalienables). Así se constituyó una “paideía cristiana” en la que la virtud y la moralidad derivadas de la religión eran esenciales para sostener el autogobierno republicano. A partir del siglo XX el progresismo educativo, con el filósofo John Dewey a la cabeza, encaró una reforma contra esa paideía: introdujo materias prácticas, cursos vocacionales y enfoques psicológicos que reemplazaron el estudio riguroso de historia, filosofía, lenguas clásicas y teología. Este desplazamiento debilitó la conexión de los jóvenes con su herencia occidental y redujo la idea de educación a habilidades útiles para el trabajo. Esa miseducation, que hoy continúan los departamentos educativos estatales y federales, además de fundaciones privadas como Ford o Rockefeller, crea consumidores dóciles y útiles para el Estado en lugar de individuos autónomos y virtuosos.
Esa miseducation, que hoy continúan los departamentos educativos estatales y federales, además de fundaciones privadas como Ford o Rockefeller, crea consumidores dóciles y útiles para el Estado en lugar de individuos autónomos y virtuosos.
Así, la “paideía cristiana” fue reemplazada por una visión del mundo secular y relativista, que también funciona como una especie de religión civil. Una religión falsa y divisiva que destruye la unidad nacional y los principios fundacionales. Por eso, para Hegseth, la lucha actual no es política sino una guerra entre paideías, una disputa por la hegemonía cultural entre la educación cristiana clásica y la ingeniería ideológica progresista, heredera de la guerra cultural conservadora de los años 70 y 80. The Battle for the American Mind llama a los estadounidenses a formar una coalición cultural y espiritual de todas las denominaciones cristianas y judías para defender los valores fundacionales y recuperar las instituciones, empezando por la familia y la escuela, un planteamiento enarbolado por buena parte de los intelectuales y pensadores conservadores en Estados Unidos y Europa.
Hegseth aboga por el homeschooling y los vouchers escolares para quitarle el monopolio educativo al Estado y empoderar a los padres como los principales responsables de la educación de sus hijos, con capacidad de elegir una educación alineada con sus valores. De manera contradictoria, el libro también propone reintroducir el currículum clásico (obras del canon literario, lógica, retórica e historia basada en los principios fundacionales), una medida que requeriría algún grado de coordinación federal.
The Battle for the American Mind honra todos los elementos del discurso MAGA: es conmovedoramente simplista, abiertamente tendencioso y eficazmente polémico. Y se condice con los esfuerzos del gobierno de Trump por descentralizar la educación para esterilizar los diversos programas críticos e inclusivos elaborados durante décadas por las autoridades federales, pero sin dejar a Washington totalmente fuera de las aulas, por las dudas. El 2024, Hegseth repitió la estrategia argumental en otro libro, The War on Warriors, esta vez con un tema más cercano a sus intereses y a su experticia: las políticas woke que debilitaron al Ejército norteamericano, que luego de la Segunda Guerra Mundial no pudo volver a ganar una guerra.
Hegseth repitió la estrategia argumental en otro libro, The War on Warriors, esta vez con un tema más cercano a sus intereses y a su experticia: las políticas woke que debilitaron al Ejército norteamericano…
EL EJÉRCITO DE HEGSETH
En septiembre de este año Trump propuso cambiar el nombre de la Secretaría de Defensa a Secretaría de Guerra. Por ahora, y hasta la aprobación parlamentaria, el nuevo nombre no es oficial. Ese mismo mes, el presidente y su renombrado “secretario de Guerra” convocaron a 800 altos mandos militares norteamericanos, muchos de ellos apostados en diferentes bases militares a lo largo del mundo, a una reunión en la Base Quantico del Cuerpo de Marines, en Virginia.
El sentido de la reunión no quedó del todo claro. Trump dio un discurso vago e inconexo. Hegseth pronunció el suyo llevando la bandera estadounidense en la hebilla de cinturón y de pie frente a una bandera gigante de los Estados Unidos, que a varios observadores les recordó a la escena del discurso del general George Patton en la película homónima de 1970. Pese al despliegue escénico, el discurso de Hegseth no estuvo a la altura de las circunstancias. Ante un auditorio de oficiales superiores, responsables de operaciones militares complejas como el mantenimiento de submarinos nucleares o la gestión de las alianzas globales, Hegseth habló de las normas de aseo (“Se acabaron las barbas, el pelo largo, la expresión superficial e individual”) y de la importancia del estado físico (“Es agotador mirar a las formaciones de combate y ver soldados gordos, del mismo modo que es inaceptable ver generales gordos en los pasillos del Pentágono”), poniéndose a sí mismo como ejemplo (“Si el secretario de Guerra puede llevar regularmente un duro entrenamiento físico, también pueden hacerlo todos los miembros de nuestra fuerza conjunta”).
Habló también de “décadas de decadencia, en parte evidente, en parte oculta”, infligida al Ejército por dirigentes políticos y militares woke, que le impidieron a Estados Unidos volver a ganar una guerra después de la Segunda Guerra Mundial. Afirmó que una de sus principales tareas consiste en separar a los oficiales implicados en esas políticas que habían debilitado al Ejército: “Quedan liberados para ser los líderes apolíticos, decididos, sensatos y constitucionales que soñaron ser al ingresar a las Fuerzas Armadas”, les dijo. El tono a la vez altanero y pedestre del discurso de Hegseth molestó a varios oficiales: “Esto es un insulto demencial a los oficiales superiores, quienes se ganaron la vida luchando en Irak y Afganistán. Esos tipos tienen mucho más polvo en las botas que él”, dijo Elliot Ackerman, un oficial que dirigió un pelotón de marines en la batalla de Faluya, durante la guerra de Irak, y sirvió en una unidad de operaciones especiales en Afganistán. Semanas después vendría la renuncia de Alvin Holsey, jefe del Comando Sur, provocada en parte por sus diferencias con el secretario, en parte por la política de purga del gobierno en contra de toda diversidad y por las acciones de la administración Trump en el Caribe.
Afirmó que una de sus principales tareas consiste en separar a los oficiales implicados en esas políticas que habían debilitado al Ejército: “Quedan liberados para ser los líderes apolíticos, decididos, sensatos y constitucionales que soñaron ser al ingresar a las Fuerzas Armadas”, les dijo.
En su discurso, Hegseth también volvió sobre un tema que parece desvelarlo: la participación de las mujeres en fuerzas de combate. Recordemos que el gobierno de Obama abrió todos los roles de combate a las mujeres en 2016. Para Hegseth, esa fue una de las políticas woke que dañaron al Ejército. En su discurso ante los generales, dijo que el Ejército había flexibilizado indebidamente las normas para acomodar a las mujeres, quienes no son tan capaces como un hombre de llevar una mochila o levantar a un herido en el campo de batalla. Pero aclaró que no quería impedir que las mujeres sirvieran en funciones de combate si era posible exigirles el “más alto estándar masculino”. “Si eso significa que ninguna mujer califique a algunos puestos de combate, que así sea”, concluyó.
Hegseth venía sosteniendo un punto de vista mucho más sexista, tanto en The War on Warriors como en diversas entrevistas. Para él las mujeres no están mentalmente capacitadas para desempeñar funciones de combate. “Las mujeres traen vida al mundo. Su papel en la guerra es hacer que sea una experiencia menos mortal”, dice en su libro. “No deberíamos tener mujeres en roles de combate; no nos ha hecho más efectivos, no nos ha hecho más letales, ha hecho que luchar sea más complicado”, dijo en el podcast The Shawn Ryan Show. Posiblemente, la misoginia de Hegseth vaya más allá de las Fuerzas Armadas. Un mes antes del discurso en Quantico, Hegseth retuiteó en X un segmento de CNN en que el pastor Doug Wilson, un nacionalista cristiano que lidera la iglesia a las que asiste el secretario, plantea la idea de que las mujeres no voten y sólo lo haga el padre de familia.
La ofensiva tradicionalista en el Ejército es efectiva desde el primer día de la gestión Trump. El 27 de enero, el presidente firmó una orden ejecutiva que prohíbe alistar a personas cuyo género no coincida con su sexo biológico. Desde que asumió como secretario de Defensa en enero de 2025, Hegseth se ha dedicado a erradicar a miles de soldados transgénero y a despedir a militares femeninas de alto rango, al tiempo que ordenó recortes presupuestarios en el Pentágono buscando reducir el gasto en programas relacionados con el cambio climático y la diversidad.
Hegseth se ha dedicado a erradicar a miles de soldados transgénero y a despedir a militares femeninas de alto rango, al tiempo que ordenó recortes presupuestarios en el Pentágono buscando reducir el gasto en programas relacionados con el cambio climático y la diversidad.
En un memorándum de septiembre, el secretario dijo que el Departamento volverá a los “estándares anteriores a 2010” y no autorizará exenciones de cabello facial por cuestiones religiosas, salvo que los individuos proporcionen documentación que demuestre “la sinceridad de la creencia religiosa o que es sinceramente sostenida”. El nacionalismo tradicionalista que Hegseth lleva adelante dentro del Ejército tiene su correlato en el repliegue táctico al que adhiere en cuestiones de defensa global, muy propio de la línea dura de MAGA: se opone a la OTAN y al involucramiento en Ucrania, considera que la prioridad debe ser la contención de China mediante la disuasión y el combate al islamismo, y particularmente a Irán, incluyendo el apoyo irrestricto a Israel.
Quizás el principal problema de la doctrina militar de Hegseth no sean sus adversarios, sino sus amores y modelos. Su nostálgico discurso sobre el Ejército victorioso en la Segunda Guerra Mundial parece ignorar todo lo que la guerra cambió en los últimos 80 años. Hoy, las Fuerzas Armadas que dirige Hegseth se enfrentan a un mundo complejo y cambiante. Herfried Münkler analiza la “desestatalización y asimetrización” de la guerra actual: “los ejércitos regulares han perdido el control del acontecer bélico, control que, en gran parte, ha caído en manos de actores de violencia a los que es ajena la guerra como disputa entre fuerzas homólogas”. La visión de Hegseth deja poco espacio para esas sutilezas.
Su énfasis en el estado físico, la apariencia y la virilidad del soldado parece tributario de su propia experiencia de 12 meses al frente de un pelotón. “Él ve el mundo desde el punto de vista de un mayor poco exitoso de la Guardia Nacional”, dijo Eliot Cohen, historiador militar que trabajó en el Departamento de Estado con el presidente George W. Bush. “Para él, todo se reduce a flexiones, dominadas y palos de boxeo. Es solo agresividad”. Para Ben Hodges, ex comandante general del Ejército de los Estados Unidos en Europa, el análisis es peor: “Tiene el enfoque ruso: pueden hacer un montón de flexiones pero no tienen reglas, no tienen respeto por la vida civil y matan todo lo que se encuentra frente a ellos. Las democracias luchan de manera diferente. No es corrección política, es un marco legal para llevar a cabo operaciones letales. Nunca hemos ganado una guerra, y nunca lo haremos, matando a todos a la vista”.
“Tiene el enfoque ruso: pueden hacer un montón de flexiones pero no tienen reglas, no tienen respeto por la vida civil y matan todo lo que se encuentra frente a ellos”.
Otros oficiales, activos o retirados, también temen por el efecto divisivo y excluyente que pueden tener las políticas de Hegseth entre los nuevos miembros, en medio de una crisis de reclutamiento que conoció mínimos históricos en los últimos años. A propósito de eso, el Pentágono afirmó que las campañas de reclutamiento fueron revitalizadas bajo Hegseth y permitieron aumentar los alistamientos. Para Kristofer Goldsmith, un veterano de la guerra de Irak que investiga el extremismo en las filas del Ejército, el aumento del reclutamiento tiene una causa política: “Veremos a muchos nacionalistas cristianos unirse al ejército. No tendrán un buen desempeño, y nuestra seguridad nacional sufrirá las consecuencias durante una generación, porque quienes no se retiren serán líderes tóxicos”. En ese caso, puede ser que el Ejército de Hegseth responda más a un proyecto ideológico que a una estrategia de Defensa, o de Guerra, necesaria para el siglo XXI.
TRANSFORMAR EL DEPARTAMENTO DE DEFENSA
Sin embargo, el proyecto de Hegseth al frente del Departamento de Defensa tiene otro objetivo más profundo: combatir y desmontar el deep State instalado en el Pentágono, por un lado, y por el otro, hacer más eficientes los procesos de contratación y dinamizar los vínculos del gobierno estadounidense con empresas que estén innovando tecnológicamente en el campo del armamento y la defensa. Todo con el objetivo de preparar al país para la guerra, lo que, según la doctrina de la disuasión sostenida por su subsecretario Elbridge Colby y otros miembros de MAGA, es una garantía para la paz. Es decir, la única manera de evitar un conflicto con otras potencias es preparándose para el mismo. El cambio de nombre del Departamento de Defensa a Departamento de Guerra encuentra en esta razón su esencia.
En un discurso pronunciado el pasado 7 de noviembre, el secretario de Guerra hizo énfasis en que la burocracia estatal, además de haber sido influenciada por las políticas DEI (Diversidad, Equidad e Inclusión) y privilegiar la diversidad sobre la eficiencia, “sofoca el libre pensamiento y aplasta las nuevas ideas. Perturba la defensa de Estados Unidos y pone en peligro la vida de nuestros hombres y mujeres uniformados” e invitó los asistentes a “construir un Departamento en el que cada una de las personas dedicadas que trabajan en él, en particular los verdaderos emprendedores e innovadores de nuestra base industrial, puedan poner su inmenso talento al servicio de la defensa de Estados Unidos, donde dispongan de recursos, acceso a la información y libertad para actuar”. En otras palabras, no solo se trata de transformar el Departamento de Defensa en su estructura, sino promover activamente la liberalización del sistema de adquisiciones, para lo cual el presidente Trump ya ha firmado cuatro decretos presidenciales.
…no solo se trata de transformar el Departamento de Defensa en su estructura, sino promover activamente la liberalización del sistema de adquisiciones, para lo cual el presidente Trump ya ha firmado cuatro decretos presidenciales.
Para Hegsteh y sus aliados de la industria tecnológica, Estados Unidos no puede perder más tiempo en debates sobre la diversidad y la inclusión y es necesario infundir “un sentido de urgencia y excelencia” no solamente al interior del gobierno sino en toda la base industrial estadounidense. Para esta generación de republicanos, la reindustrialización de la nación no pasa únicamente por la recuperación de las capacidades para producir automóviles, desarrollar las herramientas para ir al espacio o para erigir una Inteligencia Artificial competitiva, sino que, fieles a su historia, supone la revitalización del complejo y de la industria militar. “El Departamento de Guerra”, apuntó el secretario, “solo tratará con socios industriales que compartan nuestra prioridad absoluta en materia de rapidez y volumen y que estén dispuestos a impulsar la producción estadounidense a la velocidad del ingenio para abastecer de forma rápida y fiable a nuestros combatientes”.



