El canon tecnológico de China
¿En qué se diferencia la paideía de la élite tecnológica china de la de sus homólogos de Silicon Valley?
Afra Wang*
“Era un libro de los años 80, con una impresión tosca y una traducción dudosa según los estándares actuales, pero me dejó absolutamente fascinado. Me pasé días y noches en vela leyéndolo en la universidad, soñando desde entonces con levantar una empresa de primera categoría”.
Lei Jun
Mientras en China se traduce y estudia a profundidad el pensamiento tecnológico estadounidense y se lo asimila para potenciar las capacidades nacionales, del lado norteamericano todavía no se logra desarrollar el interés necesario para comprender a cabalidad las ideas y la filosofía que han dado forma a gigantes como Alibaba o Huawei. Si bien en los últimos años se han dado algunos intercambios, aún falta mucho por navegar en el “océano profundo y turbulento” que es el pensamiento chino, que acumula más de dos mil años de historia y que es cada vez más relevante para el presente y el futuro de la humanidad. En un texto publicado por la revista Ateriks y que traducimos al castellano, Afra Wang hace una revisión de estos vaivenes y nos presenta las inquietudes intelectuales de algunos protagonistas de la industria tecnológica china, así como a algunos de sus autores de cabecera.
En 1987, Lei Jun 雷军 era un estudiante de 21 años en el programa de ciencias de la computación de la Universidad de Wuhan. El libro que encendió su imaginación fue Fire in the Valley (硅谷之火), una crónica sobre cómo la cultura hacker artesanal de los años setenta evolucionó hasta convertirse en gigantes globales como Apple, Microsoft e IBM. Los héroes de esa historia, por supuesto, eran visionarios como Steve Jobs. La trayectoria de Lei Jun —fundó Joyo.com (posteriormente adquirida por Amazon), convirtió a Xiaomi en un coloso de los smartphones y luego apostó miles de millones en vehículos eléctricos— se desplegaría directamente a partir de ese primer acto de lectura. Su apodo pasó a ser “L-obs”, un juego de palabras que fusiona “Lei Jun” con “Jobs”.
En agosto pasado, el escritor Tanner Greer publicó una influyente entrada sobre el “canon de Silicon Valley”. Figuras destacadas del sector tecnológico, como Patrick Collison y Nils Gilman, respondieron con sus propios aportes. La historia de Lei Jun me lleva a preguntar: ¿cuál es el canon tecnológico chino? ¿Qué obras intelectuales alimentan las ambiciones de los emprendedores chinos, operando siempre en su trasfondo cognitivo?
¿Y existe siquiera un “canon tecnológico chino” unificado? La élite tecnológica de China abarca brechas generacionales e ideológicas mucho más amplias que las de su contraparte en Silicon Valley. Un fundador que alcanzó la madurez en los años setenta, durante el apogeo del maoísmo, tiene una visión del mundo fundamentalmente distinta de la de un empresario de inteligencia artificial de los 2020s que se graduó en Stanford y decidió volver a Shanghái. A diferencia de la identidad de clase relativamente cohesionada de Silicon Valley, donde todos comparten ciertas referencias intelectuales, los empresarios tecnológicos chinos permanecen fragmentados por generación y por su relación con el poder del Estado.
Los empresarios tecnológicos chinos permanecen fragmentados por generación y por su relación con el poder del Estado.
Y aun así, hay algunos rasgos comunes. Algunos emprendedores tecnológicos chinos se ven a sí mismos como descendientes de Silicon Valley. Programan, construyen, rompen esquemas, inventan, conquistan —por citar las palabras de Greer. Sin embargo, permanecen inevitablemente insertos en la trayectoria histórica particular de China, en su marco institucional y en sus dinámicas de mercado.
Más recientemente, el imparable ascenso tecnológico de China ha obligado a las élites de Silicon Valley y de Washington a cuestionar sus supuestos sobre el excepcionalismo estadounidense. Silicon Valley ha sido consumida por la curiosidad —e incluso la envidia— hacia China. Pero los flujos de comunicación son asimétricos. Silicon Valley, junto con su aparato de conocimiento occidental, ha sido durante mucho tiempo el centro de la producción intelectual sistemática, exportando ideas de manera unidireccional y con una fuerza abrumadora. En cambio, las metodologías, marcos conceptuales e incluso los memes tecnológicos chinos no se han transmitido a Occidente a igual escala o profundidad.
SOMOS LA DESCENDENCIA DE SILLICON VALLEY
Como observó el presentador del popular podcast de tecnología Bg2: “Cada emprendedor y capitalista de riesgo en China estudia a Occidente hasta el cansancio. Escuchan todos los podcasts, leen todo, analizan cada charla y examinan los estados financieros al detalle. Occidente no hace lo mismo con China”.
“Cada emprendedor y capitalista de riesgo en China estudia a Occidente hasta el cansancio”.
A veces, esa atención puede parecer una devoción ritual hacia los textos de Silicon Valley. Después de descubrir la historia de Jobs en Fire in the Valley, Lei Jun devoró la oleada de clásicos sobre gestión que circulaban traducidos: Built to Last de Jim Collins, Crossing the Chasm de Geoffrey Moore, The Lean Startup de Eric Ries. Lei incorporó sus enseñanzas directamente en el ADN innovador de Xiaomi: prototipado rápido, obsesión por su enfoque en el usuario y crecimiento relámpago para conquistar mercados.
Wang Xing 王兴, fundador de Meituan, una de las superapps chinas, se hizo famoso como el “fundador filósofo” de China. Bloguero compulsivo en su época en Fanfou (el clon chino de Twitter), Wang publicaba con más frecuencia de lo que Elon Musk lo hace hoy. Sus pensamientos archivados —más de 150 mil publicaciones rescatadas por admiradores— abarcaban desde la historia de la dinastía Qing hasta Montesquieu.
Por encima de todo, su forma de pensamiento revela la influencia de Peter Thiel. Wang cita con frecuencia los conceptos de Thiel tanto en discursos públicos como en debates internos, y regularmente recomienda Zero to One, el bestseller de Thiel de 2014. Incluso suele plantear la pregunta característica de Thiel: “¿Sobre qué verdad importante muy pocas personas están de acuerdo contigo?” Thiel sostiene que las empresas exitosas deberían buscar “beneficios monopólicos”, escapando de la eterna competencia de precios para centrarse en la innovación y la creación de valor a largo plazo. Meituan ejemplifica esta teoría aplicada al mercado de internet chino: alcanzar el dominio mediante la construcción paciente de mercados, en lugar de la confrontación directa.
Su forma de pensamiento revela la influencia de Peter Thiel. Wang cita con frecuencia los conceptos de Thiel tanto en discursos públicos como en debates internos, y regularmente recomienda Zero to One.
Los tres fundadores del triunvirato chino de los vehículos eléctricos —NIO, XPENG y Li Auto— citan esa biografía como una influencia importante.
El patrón se repite a través de las generaciones. Cuando Pony Ma 马化腾, director ejecutivo de Tencent, escribió el prólogo para la edición china de 2011 de Cognitive Surplus de Clay Shirky —un libro que argumenta que internet ayuda a las personas a usar su tiempo libre para crear en lugar de solo consumir—, describió el excedente cognitivo del usuario común como “uno de los mayores dividendos que la era de internet ha otorgado a los internautas”. En los años siguientes, los productos de Tencent —las superapps que dominan la creación de contenido, videos y comunicación, junto con su imperio del videojuego— evolucionaron hacia plataformas cada vez más abiertas que fomentan el contenido generado por los usuarios y el intercambio. Robin Li 李彦宏, fundador de Baidu, suele leer obras como The Hard Thing About Hard Things de Ben Horowitz, Principles de Ray Dalio y varios libros de Malcolm Gladwell. Al reflexionar sobre las memorias de Horowitz, Li comentó: “Leerlo es como revivir mis propias experiencias.” Esta identificación íntima con las narrativas de Silicon Valley revela cuán profundamente el mito emprendedor estadounidense ha penetrado en la conciencia tecnológica china.
La nueva generación de fundadores de inteligencia artificial también expresa su devoción por el canon de Silicon Valley. Yang Zhilin 杨植麟, de Moonshot AI, cita The Beginning of Infinity de David Deutsch, como una obra formativa en su pensamiento sobre los modelos de lenguaje a gran escala. Yu Kai 余凯, de Horizon Robotics, reproduce casi literalmente a Thiel: “¿Cuál es el secreto que otros no ven? ¿Dónde está el error en el mundo?”. Li Xiang 李想, de Li Auto, distribuye la “Trilogía de Steve Jobs” junto con The 7 Habits of Highly Effective People.1
La industria editorial china ha impulsado la traducción con una agresividad extraordinaria. Cuando la biografía de Elon Musk escrita por Ashlee Vance apareció como Iron Man of Silicon Valley en el verano de 2016, yo estaba de regreso en China desde California por vacaciones. La línea cuatro del metro de Beijing estaba empapelada con la pose de brazos cruzados de Musk —una imagen de un líder futurista. ¿Cuántos jóvenes ingenieros chinos habrán leído esa historia y se lanzaron al mundo de los vehículos eléctricos, forjando su predominio actual? Los tres fundadores del triunvirato chino de los vehículos eléctricos —NIO, XPENG y Li Auto— citan esa biografía como una influencia importante. El culto llega tan lejos que la madre de Musk, Maye, se convirtió en una influencer de Xiaohongshu después de que sus memorias encabezaran las listas de libros más vendidos en China.
El fundador de Wired, Kevin Kelly, inspira una devoción aún más extraña. El oráculo tecnológico de Silicon Valley descubrió que su cosmología cuasi taoísta resonaba con el apetito chino por los grandes marcos conceptuales. Su visión de la tecnología como una fuerza autónoma encajó sin fricción con la retórica estatal sobre la “innovación autóctona”. El creador de WeChat, Zhang Xiaolong 张小龙, convirtió a Kelly en lectura obligatoria en Tencent, recomendando públicamente sus libros Out of Control y What Technology Wants. Dentro del equipo de WeChat, los gerentes de producto llevaban ejemplares de Out of Control como si fueran escrituras sagradas; Zhang había declarado que cualquier gerente que no lo hubiera leído tenía una estructura de conocimiento incompleta. A diferencia de su influencia más de nicho en Estados Unidos, Kelly se convirtió en un fenómeno cultural en China: viajaba constantemente, daba conferencias en universidades y empresas. Su libro más reciente, 2049: The Possibilities of the Next 10,000 Days, fue coescrito con el colaborador chino Wu Chen, usando ‘2049’ —el centenario de la República Popular— como título. Escrito para China y publicado allí, no se ha anunciado ninguna versión en inglés. Leí el libro y lo encontré genuinamente entrañable. Kelly representa una figura rara en Silicon Valley: una voz influyente cuya auténtica curiosidad intelectual se traduce en un análisis optimista, refrescantemente libre de los prejuicios y la alienación defensiva que empañan gran parte del discurso occidental sobre el ascenso tecnológico de China.
El ritual editorial que más me intriga quizá se ejemplifica mejor con la edición china de The Information, de James Gleick, una historia de la era de la información publicada en 2011. Cuando el libro llegó al público chino, incluía múltiples prólogos: Lei Jun, Zhang Xiaolong, Wu Jun (un reconocido escritor tecnológico que tradujo Fire in the Valley), e incluso un filósofo de la Academia China de Ciencias Sociales. En ocasiones, cuatro o cinco prefacios se acumulan en un solo libro: cada empresario compite por demostrar su cercanía a las corrientes intelectuales de Silicon Valley.
Esta multiplicación de avales es algo exclusivamente chino. Cada prólogo convierte el libro en un simposio, con fundadores esforzándose por mostrar que forman parte de la misma conversación que Jobs y Musk. El subtexto dice: “Yo también participo en el linaje de la innovación global”. Su hambre de legitimidad revela una ansiedad persistente: los emprendedores chinos se niegan a ser simples receptores pasivos de la sabiduría de Silicon Valley; exigen ser reconocidos como contribuyentes activos del mismo proyecto intelectual.
Los emprendedores chinos se niegan a ser simples receptores pasivos de la sabiduría de Silicon Valley; exigen ser reconocidos como contribuyentes activos del mismo proyecto intelectual.
EL CANON ROJO Y EL CANON GRIS
Cuando empecé a investigar sobre Ren Zhengfei 任正非, fundador de Huawei, me obsesionó su uso frecuente del vocabulario maoísta. A sus ochenta años, Ren pertenece a la misma generación que Xi Jinping, moldeada por la arquitectura psicológica de la era de Mao. Esta generación parece más dura y más patriótica que sus contrapartes más jóvenes. Pero el “leer a Mao, usar a Mao” va mucho más allá del grupo de Ren. Descubrí que muchas empresas que operan en los mercados más competitivos de China —aquellos que requieren penetración profunda, movilización masiva, expansión territorial y el mantenimiento de “ejércitos de hierro” (华为铁军) de vendedores— recurren a Las obras escogidas de Mao Zedong. Wang Xing, el director ejecutivo de Meituan, capturó este fenómeno con precisión: “Tras varios años de emprendimiento, admiro cada vez más a los comunistas de antes de 1949. Dejando la política de lado, me parece increíble que pudieran sobrevivir y fortalecerse en condiciones tan duras”.
En el contexto operativo entre fundadores y mandos intermedios, Las obras escogidas de Mao Zedong circulan más como un manual táctico que como una doctrina política. La estrategia de Sobre la guerra prolongada, “rodear las ciudades desde el campo”, se traduce directamente en conquistar los mercados de tercera y cuarta categoría antes de ascender a las grandes ciudades —la hoja de ruta esencial detrás del auge de PDD (la empresa matriz de Temu). “Servir al pueblo” (为人民服务) se convierte en “El cliente primero” en las aplicaciones para el consumidor; la “autosuficiencia” se funde sin esfuerzo con “evitar los cuellos de botella tecnológicos”, un vocabulario extraído directamente del universo conceptual de Mao.
Ni que decir tiene que la transformación de China emprendida por Mao penetró en la médula cultural. Para muchos fundadores, los textos maoístas cumplen fines prácticos. Este “canon rojo” ofrece una hoja de ruta para la movilización organizativa desde la base: cómo reclutar, formar, motivar y retener rápidamente a miles de trabajadores de primera línea —repartidores, comerciantes, representantes de atención al cliente— en entornos marcados por la opacidad informativa, la competencia feroz y los límites regulatorios cambiantes. Proporciona un lenguaje público compartido que reduce los costos de comunicación y al mismo tiempo mantiene la moral y la claridad de dirección.
Para muchos fundadores, los textos maoístas cumplen fines prácticos. Este “canon rojo” ofrece una hoja de ruta para la movilización organizativa desde la base.
El canon rojo y el canon de Silicon Valley nunca se contradicen: coexisten sin fricción dentro de una misma empresa. Huawei, una de las compañías más exitosamente globalizadas del mundo, parece intensamente patriótica precisamente por esa facilidad para alternar entre marcos intelectuales. Internamente, Huawei ha replicado casi por completo el proceso de Desarrollo Integrado de Productos de IBM, adoptando prácticas de gestión completamente occidentales. Pero desde fuera, sería difícil detectar su profunda asimilación de la ortodoxia de Silicon Valley. Esta doble fluidez —hablar el lenguaje de la lucha revolucionaria para la movilización interna, mientras se aplica una excelencia operativa al nivel de McKinsey— representa una forma de bilingüismo corporativo exclusivamente china. El patriotismo público de la empresa oculta su cosmopolitismo privado.
Paralelamente, existe lo que llamo el “canon gris”: una colección de textos opacos, antiguos, pero fundamentales. El corpus de los clásicos chinos rara vez aparece en las listas de lectura de las startups, pero sostiene silenciosamente la manera en que los emprendedores piensan sobre el poder, el tiempo y su lugar en el mundo.
Las Analectas de Confucio 论语 y el Dao De Jing 道德经 de Laozi, junto con siglos de comentarios, siguen siendo la gramática de la organización y la autoridad chinas. Leerlos es acceder al sistema operativo que aún gobierna cómo se construyen las jerarquías, cómo la autoridad adquiere legitimidad y cómo los individuos negocian entre el deber y la innovación. Las doctrinas legalistas de Han Feizi 韩非子 resurgen en los consejos de administración cuando los fundadores se refieren a sus equipos de ventas como “ejércitos de hierro”, o cuando las empresas de reparto diseñan sistemas de incentivos implacables, calibrados con precisión legalista entre la recompensa y el castigo. La síntesis confuciano-legalista constituye la “infraestructura profunda” de China, no menos que su red eléctrica o ferroviaria de alta velocidad: invisible para el observador casual, pero indispensable para que los sistemas complejos mantengan su coherencia.
Las Analectas de Confucio 论语 y el Dao De Jing 道德经 de Laozi, junto con siglos de comentarios, siguen siendo la gramática de la organización y la autoridad chinas.
Describir la filosofía china como una nota al pie de Confucio es una provocación deliberada, aunque no del todo inexacta. Así como las instituciones políticas occidentales siguen habitadas por los fantasmas de Platón y Aristóteles, la vida burocrática y corporativa de China aún se mueve dentro de órbitas confucianas —mediadas por la flexibilidad del taoísmo y la severidad del legalismo.
Para mí, acercarme a estos textos ya de adulta —tras años de resistirme a la ortodoxia confuciana en la escuela— resultó revelador. Explican mucho más sobre las persistentes diferencias de valores entre China y Occidente que cualquier manual de gestión o documento de políticas públicas. Cuando Arthur Kroeber describe a China como “un océano profundo y turbulento” donde las corrientes antiguas persisten bajo las superficies contemporáneas, apunta hacia este canon sumergido. Sin él, la escena tecnológica china parece un producto errático del frenesí del capital y del caos político. Con él, el aparente desorden se transforma en una continuidad estructurada que abarca dos milenios de administración estatal y supervivencia.
Los documentos de políticas públicas también son objeto de un escrutinio equivalente al que se otorga a un texto sagrado. Solo por nombrar algunos: el Programa Nacional a Mediano y Largo Plazo para el Desarrollo de la Ciencia y la Tecnología (2006–2020), el plan Made in China 2025, y los artículos de comentaristas de Xinhua y People’s Daily son a veces analizados línea por línea, con consignas como “nuevas fuerzas productivas de calidad” que de la noche a la mañana se convierten en lemas corporativos.
Por último, existe el canon de la era de la reforma y el canon contemporáneo. Deng Xiaoping de Ezra Vogel y las Obras escogidas de Deng Xiaoping aportan mantras como “el desarrollo es la verdad fundamental” y “cruzar el río tocando las piedras”. La gobernación y administración de China, de Xi Jinping, es citado selectivamente por portavoces corporativos que buscan alinearse con las narrativas del Partido y demostrar lealtad política.
La gobernación y administración de China, de Xi Jinping, es citado selectivamente por portavoces corporativos que buscan alinearse con las narrativas del Partido y demostrar lealtad política.
JIN YONG Y LIU CIXIN: EL TOLKIEN Y EL ASIMOV DE LA TECNOLOGÍA CHINA
“Todo hombre debe leer a Jin Yong”, decía Jack Ma. La vasta saga de artes marciales de Yong ofrecía un cosmos romántico marcadamente chino: el jianghu, un mundo de artistas marciales marginados que es a la vez arcaico y moderno, saturado de deberes, traiciones, búsquedas de trascendencia y la obstinada fuerza del sentimiento humano. A lo largo de quince novelas, más de mil personajes y casi diez millones de palabras, Yong proporcionó a millones de lectores chinos su primer encuentro con el viaje del héroe, el idealismo y los compromisos agridulces entre la lealtad y la ambición. Si la celebración de la lectura de Silicon Valley se ha mezclado de forma incómoda con la adoración del poder —como argumentó el politólogo Henry Farrell en su respuesta al ensayo de Greer—, el canon tecnológico chino revela una trama más compleja: la lectura entrelazada con el temor y la reverencia hacia la autoridad del Estado, la tensión perpetua entre el individualismo y el colectivismo, y el antiguo dilema confuciano entre chushi 出世 (retirarse del mundo) y rushi 入世 (participar en los asuntos mundanos). La obra de Jin Yong es un laboratorio moral para la identidad china moderna: enseña a sus lectores a navegar el poder sin reglas fijas, a construir reputación en jerarquías opacas y a conciliar la maestría individual con el sentido de pertenencia colectiva.
Así como los empresarios tecnológicos tomaron nombres del legendarium de Tolkien —como “Palantir” o “Anduril”—, Alibaba incorporó a Jin Yong dentro de su ADN corporativo. Los empleados adoptaron “huaming” (seudónimos literarios) de sus personajes; las salas de reuniones se llamaron “Guangmingding” (Cumbre Brillante) o “Isla del Melocotón en Flor”; la oficina del propio Ma llevaba el nombre de una apartada utopía de las artes marciales. Incluso los valores corporativos de la empresa se expresaban con metáforas de artes marciales, como las “Nueve espadas de Dugu” o la “Espada divina de las seis venas”. Estar dentro de Alibaba era habitar simbólicamente una novela de Jin Yong. De hecho, esto fue particularmente cierto en los inicios del internet chino. La primera generación de usuarios —entre ellos, mi propio padre— solía elegir sus nombres de usuario a partir de las novelas de Jin. No era simple nostalgia, sino una forma de extender el jianghu a la vida digital. En mis recuerdos de infancia, el nombre de usuario de mi padre provenía de El zorro volador de la montaña nevada, tecleado con la habilidad característica de la época: dominar el sistema de entrada Wubi.
Así como los empresarios tecnológicos tomaron nombres del legendarium de Tolkien —como “Palantir” o “Anduril”—, Alibaba incorporó a Jin Yong dentro de su ADN corporativo.
Más recientemente, El problema de los Tres cuerpos de Liu Cixin se ha convertido para China en lo que Foundation de Asimov fue para Estados Unidos: un andamiaje literario para pensar sobre la tecnología, la geopolítica y el destino de las civilizaciones. Como observó el profesor Yan Feng de la Universidad de Fudan, Liu “por sí solo elevó la ciencia ficción china al escenario mundial”. Sus novelas acuñaron frases que desde entonces se han incorporado al léxico político y empresarial cotidiano de China: jiangwei daji (ataque de reducción dimensional), mianbizhe (el que enfrenta el muro), pobiren (el que rompe el muro), la “ley del bosque oscuro”, la “cadena de sospecha” y la “explosión tecnológica”. Estos términos son hoy un lenguaje compartido en los consejos de administración y los círculos de poder, utilizados para describir panoramas competitivos, la estrategia bajo incertidumbre o la fragilidad de la confianza tanto en los mercados como en la diplomacia. La comunidad tecnológica los ha adoptado con entusiasmo particular: innumerables ensayos trazan las “estrategias de internet del universo de Tres cuerpos” o incluso una “ciencia de la gestión de Tres cuerpos”, tratando las metáforas cósmicas de Liu como herramientas diagnósticas de la realidad emprendedora china.
Silicon Valley siempre ha recurrido intensamente a la literatura especulativa como infraestructura imaginativa y lingüística. Las ambiciones de Elon Musk son inseparables de las visiones interplanetarias de Robert Heinlein. Jeff Bezos invocó la serie de novelas Culture de Iain M. Banks en sus sueños de hábitats espaciales post-escasez. Peter Thiel llenó sus empresas de referencias a El Señor de los Anillos: Palantir, pero también Valar Ventures y Mithril Capital. Incluso el ala libertaria de Silicon Valley toma sus metáforas de la ciencia ficción: Snow Crash y Cryptonomicon de Neal Stephenson han sido lecturas obligatorias en ciertos círculos, moldeando no solo la cultura temprana de las criptomonedas, sino también la convicción tecnolibertaria de que el código podía constituir un orden soberano paralelo.
Tolkien, Asimov, Heinlein y Stephenson ofrecieron vocabularios y ontologías completas que Silicon Valley interiorizó. Proporcionaron mitos compartidos de rebelión contra el estancamiento burocrático, de una frontera abierta tecnológicamente aunque cerrada geopolíticamente, de ingenieros como magos y programadores como creadores de mundos. En los cafés de Palo Alto no es raro oír a emprendedores citar Foundation de Asimov para describir sus startups o presentar sus ambiciones como “construir el puente hacia ‘The Expanse’”. Estas obras no son simplemente entretenimiento, sino herramientas para comunicar un ethos compartido.
Tolkien, Asimov, Heinlein y Stephenson ofrecieron vocabularios y ontologías completas que Silicon Valley interiorizó. Proporcionaron mitos compartidos de rebelión contra el estancamiento burocrático, de una frontera abierta tecnológicamente aunque cerrada geopolíticamente, de ingenieros como magos y programadores como creadores de mundos.
Los emprendedores chinos crecieron viendo el jianghu como modelo para navegar estructuras de poder opacas, forjar alianzas y cultivar la maestría individual en un mundo sin reglas fijas. Leer a Jin Yong era aprender que la supervivencia dependía tanto del poder blando —guanxi, renqing— como del poder duro. Y en El problema de los Tres cuerpos de Liu Cixin encontraron metáforas de precariedad cósmica que resonaban con su propio entorno competitivo. Juntos, Jin Yong y Liu Cixin ofrecieron a los tecnólogos chinos un conjunto de herramientas imaginativas tan ricas como las que Tolkien y Asimov proporcionaron a Silicon Valley: uno arraigado en la ética del jianghu y el existencialismo cósmico; el otro, en sistemas mágicos e imperios estelares.
Mientras Silicon Valley se imagina a sí mismo a través de la Tierra Media, Marte y el ciberespacio, el mundo tecnológico chino piensa simultáneamente en términos del jianghu. Ambos son infraestructuras literarias, invisibles pero omnipresentes. No dictan políticas ni productos, pero configuran la base imaginativa: cómo luce un héroe, qué significa fracasar, cómo una sociedad puede colapsar o perdurar.
Silicon Valley dedica una enorme energía a pensar en China —siguiendo cada cambio de política, analizando cada nueva regulación, mirando con envidia cada avance espectacular—. Sin embargo, esa atención rara vez se traduce en una comprensión genuina. Nos hemos vuelto expertos en observar a China, mientras nos mantenemos decididamente ignorantes sobre cómo piensan realmente los emprendedores tecnológicos chinos. La lista de lecturas está ahí mismo. Las élites tecnológicas chinas ya hicieron su tarea: quizá ha llegado el momento de que empieces tu propio club de lectura.
Nos hemos vuelto expertos en observar a China, mientras nos mantenemos decididamente ignorantes sobre cómo piensan realmente los emprendedores tecnológicos chinos.
*Afra Wang es autora de Concurrent, un newsletter sobre los choques y paralelismos entre China y Silicon Valley a través de las lentes de la IA, la tecnología, la sociedad y la cultura.
El texto original en inglés fue publicado en octubre de 2025 en la revista Asterisk y puede consultarse en el siguiente link: https://asteriskmag.com/issues/12-books/the-china-tech-canon
1 Toda la información de este párrafo la he obtenido de podcasts chinos sobre tecnología. Aunque China no cuenta aún con un ecosistema de podcasts tan extenso como el de Silicon Valley para cubrir y entrevistar a fundadores y líderes tecnológicos, he descubierto algunos excelentes que rivalizan con sus homólogos de Silicon Valley en franqueza y amplitud. El podcast de Zhang Xiaojun destaca como un ejemplo de esto. También me ha parecido muy interesante el podcast Crossing. Conozco a los presentadores y siempre descubren a los emprendedores y creadores más interesantes e innovadores de China para entrevistarlos.



