UNA POLÍTICA EXTERIOR PARA LA EDAD DE ORO DE ESTADOS UNIDOS
Kevin Roberts*
“Si alguna vez hubo un momento para revisar la Doctrina Monroe, lo estamos viviendo”, escribió hace unas semanas Kevin Roberts, director de The Heritage Foundation para The American Mind, la revista que publica The Claremont Institute. En el texto, Roberts –quien también coordinó el Proyecto 2025, que sirve de guía programática para la Administración Trump– esboza lo que debería ser una política exterior para la nueva “edad de oro” de Estados Unidos: enaltecimiento de los intereses nacionales, abandono de la doctrina neoconservadora y de las guerras sin fin en Medio Oriente, fortalecimiento de lo que denomina “las cosas permanentes” (hogares, escuelas, iglesias y tradiciones estadounidenses), priorización de los recursos militares y diplomáticos del país para contener a China y, como parte de esa estrategia, la recuperación de su influencia y dominio en el hemisferio occidental, particularmente en América Latina.
En Traza Continental traducimos al castellano el escrito –producido y publicado por los dos think tanks más influyentes en el actual gobierno republicano– que puede leerse como manifiesto y expresión de los anhelos más profundos del establishment y la intelligentia trumpista.
Debe estar arraigada en la prudencia, guiada por la justicia y orientada a la paz.
Durante décadas, la élite de la política exterior de ambos partidos insistió en que la grandeza de Estados Unidos tiene más que ver con Damasco que con Detroit, o con Bagdad que con Bozeman. Fue una ilusión bipartidista —impulsada por la ideología, divorciada de las consecuencias y devastadora para el pueblo estadounidense.
Contra la sabiduría de los antiguos y de nuestros propios fundadores, fuimos al extranjero “en busca de monstruos para destruir”. Pero nuestras hazañas en el exterior resultaron infructuosas, produciendo poco más que soldados caídos y regímenes derrocados, pronto reemplazados por otros aún más peligrosos. Peor aún, las arenas de desiertos lejanos nos cegaron ante la arena sobre la que se encontraba nuestra propia casa.
Ahora es el momento de reconstruir: de restaurar nuestra república y marcar el comienzo de una nueva edad de oro estadounidense. Pero primero, debemos enfrentar la verdad.
Ahora es el momento de reconstruir: de restaurar nuestra república y marcar el comienzo de una nueva edad de oro estadounidense. Pero primero, debemos enfrentar la verdad.
La política exterior neoconservadora, alguna vez erróneamente considerada una rama legítima del movimiento conservador, ha demostrado ser uno de los proyectos ideológicos más destructivos del último medio siglo. Con su retórica grandilocuente y cimientos frágiles, prometió que una guerra interminable podría dar lugar a una paz interminable, que la democracia liberal podría exportarse como grano y que rehacer el mundo era más urgente que restaurar nuestra propia nación.
Ese error de juicio le ha costado mucho a esta nación. En sangre. En dinero. En confianza.
Pat Buchanan predijo este desastre hace décadas. Advertía:
Se acerca el día en que la hegemonía global de Estados Unidos será desafiada, y nuestros líderes descubrirán que carecen de los recursos para cumplir con todas las promesas de guerra que han entregado tan frívolamente; y el pueblo estadounidense, habiéndose hecho consciente de a qué se han comprometido sus estadistas, se declarará reacio a pagar el precio del imperio.
Ese día está aquí.
Debemos rechazar por completo la fantasía neoconservadora de la ingeniería social global y volver a una política exterior de realismo, arraigada en la prudencia, la moderación, el interés nacional y los principios perdurables que hicieron fuerte a esta nación: fe, familia, soberanía y libertad dentro del orden.
Debemos rechazar por completo la fantasía neoconservadora de la ingeniería social global y volver a una política exterior de realismo, arraigada en la prudencia, la moderación, el interés nacional y los principios perdurables que hicieron fuerte a esta nación: fe, familia, soberanía y libertad dentro del orden.
Esto no es aislacionismo. Es una política exterior de sentido común. El realismo sostiene, con Washington, que el dejarse llevar por odios arraigados y apegos desmedidos transforma a una nación en “esclava de su animosidad o de su afecto, cualquiera de los cuales es suficiente para desviarla de su deber y de su interés”. Afirma, con Madison, que “ninguna nación” puede “preservar sus libertades en medio de la guerra continua”.
Y como toda familia estadounidense que ha perdido a un ser querido por el bien de nuestra libertad, el realismo recuerda el sacrificio del soldado estadounidense: nuestros antepasados que cambiaron el curso de la historia en Bunker Hill, Nueva Orleans y Buena Vista. Recuerda a nuestros bisabuelos que murieron en los campos de exterminio de Antietam y Gettysburg, a nuestros abuelos que se desangraron en Belleau Wood y repelieron la ofensiva de las Ardenas, a nuestros padres que lucharon contra el comunismo en las playas de Inchon y las selvas del Valle de Ia Drang, y a nuestros hermanos y hermanas que perdieron la vida y la integridad física luchando en las calles de Khafji y Faluya.
EL STATUS QUO: LA DESTRUCCIÓN DE NACIONES
Dado que el realismo recuerda a cada generación de estadounidenses enviados a la guerra, insiste en que su sacrificio merece más que sentimentalismo o palabras vacías. Exige que enfrentemos el fracaso del status quo de nuestra política exterior.
¿Cuál es ese status quo?
Las guerras de la primera república tenían un propósito: forjar una nación, preservar una unión y proteger a nuestra gente. Esas guerras aseguraron la libertad dentro del orden aquí en casa, para nosotros y nuestra posteridad.
Sin embargo, a principios del siglo XX, algunas de nuestras élites tenían ambiciones diferentes. Buscaban exportar los ideales estadounidenses al extranjero, lo quisieran o no las naciones que los recibían. Woodrow Wilson habló de hacer el mundo “seguro para la democracia”. Su visión era estúpida y profundamente ingenua.
…a principios del siglo XX, algunas de nuestras élites tenían ambiciones diferentes. Buscaban exportar los ideales estadounidenses al extranjero, lo quisieran o no las naciones que los recibían. Woodrow Wilson habló de hacer el mundo “seguro para la democracia”. Su visión era estúpida y profundamente ingenua.
La visión idealista de Wilson hizo metástasis en una extensa red de instituciones: las Naciones Unidas, el Banco Mundial, el FMI y la OTAN, entre otras. Algunas sirvieron a nuestros intereses. Muchas no lo hicieron. Todas incluían sacrificios.
Este orden internacional nos otorgó una mayor influencia sobre los asuntos globales que cualquier otra nación en la historia, pero también fomentó la autocomplacencia. Elevó a Estados Unidos al estatus de superpotencia global, pero simultáneamente erosionó nuestra soberanía. Nuestra hegemonía vino de la mano de la arrogancia.
Y en ningún lado esa arrogancia fue más evidente que en la ideología del neoconservadurismo. No rechazaba el idealismo wilsoniano; era, simplemente, la otra cara de la misma moneda intervencionista. Mientras Wilson disfrazaba la arrogancia moral con el lenguaje de la paz, usando la diplomacia para inmiscuirse en el extranjero, los neoconservadores recurren directamente al poder militar estadounidense para remodelar el mundo. Creen que cada persona en la Tierra es un estadounidense en potencia, a tan solo un cambio de régimen de distancia
El presidente George W. Bush lo resumió de esta manera en su segunda toma de posesión: “La supervivencia de la libertad en nuestra tierra depende cada vez más del éxito de la libertad en otras tierras” (énfasis agregado). Y fue durante su administración que Estados Unidos cosecharía las devastadoras consecuencias de esta ideología delirante.
Después del 11 de septiembre, el pueblo estadounidense exigió con toda razón que se hiciera justicia. Cuando los talibanes se negaron a entregar a los terroristas responsables, Estados Unidos lanzó una campaña justificada para desmantelar Al Qaeda y eliminar a sus facilitadores. En aquel entonces, la apoyé.
Pero la claridad del objetivo dio paso a la expansión progresiva de la misión. Lo que comenzó como una operación puntual se convirtió en un experimento de construcción nacional de dos décadas. Para abril de 2002, la Casa Blanca estaba comprometida con “ayudar al pueblo afgano a reconstruir su nación”. Las metas se ampliaron. La guerra se prolongó.
Siguió la guerra en Irak. Nos dijeron que Saddam Hussein tenía vínculos con terroristas, armas de destrucción masiva y planes para atacar a Estados Unidos. Llegó la invasión. Cayó otro régimen. Pero la guerra no terminó.
Washington aseguró a los estadounidenses que estábamos ganando, hasta que la verdad se volvió innegable. El casus belli fue fabricado. La ocupación se volvió una espiral de violencia sectaria.
El pueblo estadounidense pagó el precio. Más de seis mil miembros del servicio estadounidense regresaron en ataúdes cubiertos con banderas. Más de 50 mil regresaron a casa heridos. Desde 2001, más de 30 mil veteranos se han quitado la vida. El Departamento de Asuntos de los Veteranos ha diagnosticado a más de 200 mil con Trastorno de Estrés Postraumático.
¿Y qué se ganó?
Afganistán colapsó cuando los talibanes tomaron el control nuevamente a los pocos días de nuestra salida. Irak cayó en el caos. Irán se hizo más fuerte. Libia se vino abajo. Siria sigue siendo un desastre humanitario y geopolítico. Mientras tanto, nuestro adversario número uno, China —que se niega a distraerse con tales cruzadas ideológicas— se ha vuelto más fuerte, ha extendido sus tentáculos por todo el mundo y ahora amenaza con superar la influencia estadounidense en todos los continentes fuera del nuestro.
Afganistán colapsó cuando los talibanes tomaron el control nuevamente a los pocos días de nuestra salida. Irak cayó en el caos. Irán se hizo más fuerte. Libia se vino abajo. Siria sigue siendo un desastre humanitario y geopolítico. Mientras tanto, nuestro adversario número uno, China —que se niega a distraerse con tales cruzadas ideológicas— se ha vuelto más fuerte, ha extendido sus tentáculos por todo el mundo y ahora amenaza con superar la influencia estadounidense en todos los continentes fuera del nuestro.
Hoy en día, los neoconservadores han cambiado de estrategia y adoptado nuevos lemas; pero ni una sola vez han cuestionado sus suposiciones erróneas. Se aferran al mito de que el mundo se puede rehacer a imagen de los Estados Unidos, si tan solo nos esforzamos más. Pero la construcción nacional (nation-building) no construye naciones. Las destruye. Y si no cambiamos de rumbo, pronto destruiremos la nuestra.
UN CAMINO MEJOR
¿Cómo podemos evitar tal destino? ¿Cómo podemos elaborar una nueva política exterior que priorice nuestra seguridad interna, la prosperidad de las familias estadounidenses y la preservación de nuestra soberanía nacional? ¿Cuál es la política exterior adecuada para una edad de oro de Estados Unidos? Buscando orientación en este momento de incertidumbre, dirigimos la mirada a George Washington, nuestro primer y más grande estadista.
El Discurso de Despedida de Washington advirtió a Estados Unidos que se mantuviera alejado de las alianzas permanentes. Él anhelaba lograr y mantener la paz. Insistía en que modernizáramos nuestras fuerzas armadas para disuadir a los enemigos. Todos estos son principios excelentes que pueden guiarnos hacia una política exterior prudente y efectiva. Pero lo que realmente distingue a Washington —y lo que debemos recordar por encima de todo— es la lealtad inquebrantable de nuestro primer presidente al pueblo estadounidense.
A diferencia del status quo neoconservador al que todavía se suscriben demasiados líderes en la actualidad, Washington entendía que “la principal preocupación del estadista debe ser el bien de su propia nación”, en palabras de Angelo Codevilla. Y reconocía que “especialmente en tiempos revolucionarios, los pensamientos, palabras y hechos sobre los asuntos internacionales deben subordinarse a las necesidades internas”.
Washington entendía que “la principal preocupación del estadista debe ser el bien de su propia nación”, en palabras de Angelo Codevilla. Y reconocía que “especialmente en tiempos revolucionarios, los pensamientos, palabras y hechos sobre los asuntos internacionales deben subordinarse a las necesidades internas”.
Debemos hacer lo mismo. Estados Unidos enfrenta una abundancia de amenazas. Pero nuestra política exterior debe priorizar aquellas que ponen en peligro más directamente al pueblo estadounidense. Esto no es solo porque no tenemos suficientes recursos para ser la policía del mundo —aunque ese hecho no debería pasar desapercibido por nadie— sino también porque cuidar del propio pueblo es el telos de la política exterior y una cuestión de justicia.
Comenzamos enfrentando al enemigo interno. Los millones de migrantes ilegales que han cruzado nuestra frontera durante las últimas dos décadas no solo están violando nuestras leyes, sino que están erosionando nuestra soberanía, abrumando a nuestras comunidades y desgarrando el tejido de nuestra unidad nacional. El pueblo estadounidense no invitó a estas personas. Muchos no tienen intención de convertirse en estadounidenses. Y su presencia continua, asistida por la izquierda radical y las ONG instrumentalizadas, representa una amenaza clara y presente para nuestra seguridad nacional. El primer deber de una política exterior seria es defender la patria. Eso significa deportación masiva: con firmeza, rapidez y sin disculpas.
Esta crisis se vuelve aún más urgente cuando consideramos a las 99 personas de la lista de vigilancia terrorista que la Administración Biden liberó a sabiendas dentro de Estados Unidos. Esa administración también permitió que más de dos millones de migrantes ilegales —conocidos como “gotaways”, es decir, aquellos que logran evadir la captura— cruzaran nuestra frontera sin ser detenidos. No sabemos quiénes son, de dónde vienen ni qué están planeando. Un número incalculable de residentes extranjeros que desean dañar a las familias estadounidenses y cruzar sin ser detectados ahora están insertados en nuestros suburbios, formando células durmientes que podrían atacar en cualquier momento. Washington debe dejar de lado sus sueños de derrocar regímenes en Medio Oriente y centrarse, en cambio, en estas amenazas internas. Eso significa identificar y deportar hasta el último de estos terroristas, y garantizar que la frontera nunca más quede abierta a nuestros enemigos.
Washington debe dejar de lado sus sueños de derrocar regímenes en Medio Oriente y centrarse, en cambio, en estas amenazas internas. Eso significa identificar y deportar hasta el último de estos terroristas, y garantizar que la frontera nunca más quede abierta a nuestros enemigos.
Después de abordar las amenazas dentro de nuestras propias fronteras, el siguiente objeto de nuestra atención debería ser nuestro hemisferio. Hoy en día, el hemisferio occidental se ha convertido en una guarida de tráfico de drogas, tráfico de personas y crimen organizado. América Latina contiene solo el 8% de la población mundial, pero representa más del 30% de los homicidios a nivel global, gran parte de ellos vinculados a cárteles y pandillas. Si alguna vez hubo un momento para revisar la Doctrina Monroe, lo estamos viviendo.
Esta violencia se derrama con frecuencia sobre nuestras fronteras. Solo entre 2021 y 2023, murieron más estadounidenses a causa de los opioides que en el conjunto de la Primera Guerra Mundial y las guerras de Corea y Vietnam. Y estas muertes no son accidentes. Mientras nos distraemos con rivalidades y conflictos del Viejo Mundo, el Partido Comunista Chino (PCCH) financia, apoya y promueve activamente el fentanilo en nuestro país, todo mientras difunde su influencia en nuestro patio trasero. Hoy, el Ejército Popular de Liberación posee y opera una estación de radar de espacio profundo en la Patagonia, financia los principales puertos de Cuba a solo 50 millas de Florida y es dueño de cientos de miles de acres de suelo estadounidense, gran parte de ellos cerca de sitios militares sensibles.
No podemos aceptar esto. Estados Unidos ha sido bendecido con lo que Abraham Lincoln llamó “la porción más bella de la tierra”. Estamos rodeados al este y al oeste por grandes océanos que nos alejan de Europa y Asia. Y no hay grandes potencias al norte o al sur.
Reconociendo estas ventajas naturales —como lo hicieron James Monroe, John Quincy Adams, Henry Clay y Andrew Jackson— no hay excusa para que permitamos que nuestro adversario número uno acampe en nuestro patio trasero y mate a nuestros ciudadanos con drogas altamente potentes. Hoy debemos reafirmar la Doctrina Monroe, trabajar incansablemente para expulsar a China (y a todas las demás potencias extranjeras) de nuestras costas y convertirnos en los amos de un hemisferio pacífico, próspero y libre de las viejas rivalidades y conflictos del Viejo Mundo.
Hoy, debemos reafirmar la Doctrina Monroe, trabajar incansablemente para expulsar a China (y a todas las demás potencias extranjeras) de nuestras costas y convertirnos en los amos de un hemisferio pacífico, próspero y libre de las viejas rivalidades y conflictos del Viejo Mundo.
Al menos desde noviembre de 2011, nuestros líderes en Washington han prometido un cambio de enfoque de Medio Oriente y Europa hacia el Lejano Oriente. Y, sin embargo, esto nunca se ha materializado. En cambio, distracción tras distracción —ISIS, Siria, Afganistán, Ucrania— nos ha mantenido sumidos en conflictos y ha obstaculizado nuestra capacidad de ganar la nueva guerra fría con China.
No podemos seguir distrayéndonos.
China ya ha reunido la flota naval más grande del mundo — y su capacidad de construcción naval ahora eclipsa a la nuestra en un factor de 232. Beijing está vertiendo concreto y colocando acero, mientras que nuestra propia armada se está recuperando de cuatro años de debates sobre pronombres. Al mismo tiempo, seguimos peligrosamente dependientes de las cadenas de suministro chinas para obtener minerales de tierras raras, productos farmacéuticos esenciales y otros productos que nunca debieron haberse fabricado en una dictadura comunista. Apenas el año pasado, el Partido Comunista Chino agregó 100 nuevas ojivas a su arsenal nuclear, un aumento del 20% en solo 12 meses.
Pero la amenaza no se limita al otro lado del Pacífico. Ya está aquí — inmiscuida en nuestra economía, nuestras instituciones y nuestra cultura. El PCCh financia fábricas de propaganda en nuestros campus universitarios, gestiona puestos policiales secretos en nuestras ciudades y entrega drones “gratuitos” a nuestros departamentos de bomberos y policía. Y en Washington, compra influencia a la antigua: con efectivo. Desde 2016, China ha gastado casi quinientos millones de dólares en lobby internacional, más que cualquier otra nación.
Y eso es apenas lo que podemos ver. Muchos agentes extranjeros no se registran bajo la Ley de Registro de Agentes Extranjeros (FARA, por sus siglas en inglés). Mientras que algunos no tienen la obligación, otros simplemente no quieren que sepamos lo que están haciendo.
Pero ya sea que se lave a través de cuentas suizas o se canalice a través de despachos de abogados, el efecto es el mismo: la edad de oro de Estados Unidos corre el riesgo de ser subastada; un contrato, un consultor, un senador cobarde, uno tras otro. Esto debe detenerse. George Washington advirtió que “la influencia extranjera es uno de los enemigos más nefastos del gobierno republicano”. Tenía razón. Es hora de abolir el lobby extranjero en Washington, de raíz y por completo, y poner fin a esta traición económica de una vez por todas.
George Washington advirtió que “la influencia extranjera es uno de los enemigos más nefastos del gobierno republicano”. Tenía razón. Es hora de abolir el lobby extranjero en Washington, de raíz y por completo, y poner fin a esta traición económica de una vez por todas.
Y prohibir el lobby extranjero es solo el comienzo. Para ganar el siglo XXI, necesitamos una nueva política militar; una que coloque la manufactura estratégica, no la especulación financiera, en el centro del poder nacional. El Partido Comunista Chino entiende esto. Alexander Hamilton también lo entendió. En El Federalista n.º 11, nos enseñó que el comercio es tanto un arma de defensa como un buque de guerra. Es hora de que recordemos esa lección olvidada.
Eso significa reconstruir nuestra base industrial de defensa desde cero: produciendo municiones, aviones y sistemas de armas no solo más rápido y más barato, sino también aquí en Estados Unidos. Significa restaurar nuestras plantas siderúrgicas, revivir las herramientas de precisión, volver a capacitar a los ingenieros y regresar a territorio nacional (y a territorios aliados) la producción de todas las piezas, desde tanques hasta telecomunicaciones. Significa reducir la burocracia, demandar a la Agencia de Protección Ambiental si es necesario y decirle a Wall Street que ya no pueden decidir lo que produce Estados Unidos. Y significa invertir en tecnologías de vanguardia: desarrollar flotas de drones para mantener a nuestros hijos fuera de peligro, un Golden Dome (Cúpula Dorada) para neutralizar las amenazas enemigas y herramientas como Outernet para penetrar las zonas anti-acceso en el Indo-Pacífico.
Y no se equivoquen: no se trata solo de vencer a China. Se trata de hacer que Estados Unidos vuelva a ser soberano. Ninguna nación que deslocalice sus fábricas puede defender su bandera. Ninguna república que dependa de enemigos para medicinas o municiones puede llamarse libre. La fuerza industrial es la fuerza nacional. Y vamos a reconstruir ambas.
…no se trata solo de vencer a China. Se trata de hacer que Estados Unidos vuelva a ser soberano. Ninguna nación que deslocalice sus fábricas puede defender su bandera. Ninguna república que dependa de enemigos para medicinas o municiones puede llamarse libre. La fuerza industrial es la fuerza nacional. Y vamos a reconstruir ambas.
LAS COSAS PERMANENTES
Todo esto, sin embargo, será insuficiente si no invertimos también en lo que Russell Kirk llamó las cosas permanentes: los hogares, iglesias, escuelas y tradiciones de Estados Unidos. La virtud de sus jóvenes hombres y mujeres, y su esperanza para el futuro.
Estas cosas son permanentes, no por nostalgia, sino porque son verdaderas, arraigadas en la naturaleza inmutable del hombre y el orden moral eterno. Son permanentes porque son elementales para la “condición humana que nos da nuestra naturaleza”.
Aunque no se las considere normalmente un objeto de la política exterior, sin estas cosas permanentes, Estados Unidos no solo perderá influencia en el extranjero: perderá su alma. Pero con ellas, nuestro país puede prosperar, perdurar e inspirar, no mediante la conquista o la coerción, sino con el ejemplo.
Las cosas permanentes no pueden adquirirse mediante un contrato gubernamental, pero pueden desperdiciarse mediante una política exterior imprudente. En efecto, eso es precisamente lo que el neoconservadurismo ha forjado durante los últimos 30 años.
Las cosas permanentes no pueden adquirirse mediante un contrato gubernamental, pero pueden desperdiciarse mediante una política exterior imprudente. En efecto, eso es precisamente lo que el neoconservadurismo ha forjado durante los últimos 30 años.
Por eso, en 1988 —antes de los Balcanes, antes de la Guerra del Golfo, antes de Afganistán, antes de Irak, antes de Libia, antes de Siria, antes de Ucrania— el propio Kirk emitió una advertencia durante un discurso en The Heritage Foundation:
Esperar que todo el mundo tenga que, y deba, adoptar las peculiares instituciones políticas de los Estados Unidos —que a menudo no funcionan muy bien ni siquiera en casa— es entregarse a la menos realista de las visiones. Tales políticas exteriores son de la misma sustancia que los sueños; sin embargo, conducen a pilas de cadáveres de hombres que murieron en vano.
Nuestros líderes ignoraron su advertencia. ¿Nosotros lo haremos?
La tarea que tenemos ante nosotros es clara: si tenemos el coraje de rechazar el neoconservadurismo, nuestra política exterior puede arraigarse una vez más en la prudencia, guiarse por la justicia, orientarse a la paz y anclarse en la realidad de la vida del pueblo estadounidense. Y a partir de esa base, podemos construir una era de fortaleza y estabilidad digna de la civilización que hemos sido llamados a defender.
…nuestra política exterior puede arraigarse una vez más en la prudencia, guiarse por la justicia, orientarse a la paz y anclarse en la realidad de la vida del pueblo estadounidense. Y a partir de esa base, podemos construir una era de fortaleza y estabilidad digna de la civilización que hemos sido llamados a defender.
*Kevin Roberts es doctor en historia estadounidense por la la Universidad de Texas y director de The Heritage Foundation.
El texto original en inglés fue publicado el 3 de julio de 2025 en The American Mind y puede consultarse en el siguiente enlace: https://americanmind.org/memo/a-foreign-policy-for-americas-golden-age/


