El progreso tecnológico en la cultura política china: una genealogía intelectual
Kelvin Yu y Charles Yang*
Donde no hay visión, el pueblo perece.
Proverbios 29:18
Para comprender los retos del continente americano en el siglo XXI es necesario tener en cuenta a un actor que ha venido ganando presencia en la región durante las últimas décadas y que hoy representa la principal amenazada para la hegemonía global estadounidense: China.
Desde la Revolución de 1949 y más específicamente desde la llegada de Deng Xiaoping al poder en 1978, el país asiático se ha propuesto ser un factor de poder en el mundo y participar activamente de las definiciones del futuro de la humanidad. Su fe en el progreso tecnológico como herramienta para alcanzar este objetivo no tiene parangón en el mundo. Sin embargo, este ímpetu no siempre estuvo presente en la cultura china y fue madurando a lo largo del último siglo y medio.
En un extenso ensayo publicado por la revista American Affairs, Kelvin Yu y Charles Yang desarrollan una genealogía de cómo fue que la ciencia y la tecnología se instalaron en el centro del pensamiento de la élite gobernante y más recientemente en las doctrinas centrales del Partido Comunista Chino, argumentando que los Estados Unidos tienen en este proceso histórico un ejemplo del que deberían aprender si quieren mantenerse en la competencia mundial. En Traza Continental traducimos el texto al castellano.
El ascenso de China ha dejado en evidencia la desaparición de la antigua ventaja tecnológica de Estados Unidos y su decadente base industrial. Mientras el Partido Comunista Chino (PCCh) persigue incansablemente avances tecnológicos y la supremacía industrial, un sector de las élites estadounidenses ha comenzado a unirse en torno al objetivo de revertir el declive relativo del país norteamericano. Esta nueva coalición —que reúne a defensores del proteccionismo comercial, tecnólogos del sector defensa y expertos en políticas públicas, desde inmigración hasta reformas regulatorias— teme que, sin una atención y acción serias por parte del gobierno, los mejores días de Estados Unidos sean cosa del pasado.
Aunque siguen valorando la innovación privada, los integrantes de esta coalición tecno-industrial reconocen que el gobierno debe desempeñar un papel más activo en la aceleración de la innovación y el impulso al desarrollo industrial. Sin embargo, el prolongado descuido de la fortaleza tecnológica de Estados Unidos se debe a que ni la innovación tecnológica ni la capacidad industrial han ocupado un lugar central en la cultura política del país durante mucho tiempo. Esto representa un obstáculo importante para una coalición que busca generar cambios duraderos en las políticas públicas. Por suerte, la historia ofrece modelos útiles para superar estos desafíos. El reto que enfrentan hoy los tecno-industrialistas estadounidenses se asemeja al que afrontaron generaciones de reformistas chinos al enfrentarse con el rezago de su país frente a Occidente durante los siglos XIX y XX.
El prolongado descuido de la fortaleza tecnológica de Estados Unidos se debe a que ni la innovación tecnológica ni la capacidad industrial han ocupado un lugar central en la cultura política del país durante mucho tiempo. Esto representa un obstáculo importante para una coalición que busca generar cambios duraderos en las políticas públicas.
Ninguna nación ha logrado incorporar estas prioridades a su cultura política con tanto éxito como China. Desde Deng Xiaoping hasta Xi Jinping, los líderes chinos han otorgado consistentemente un lugar central a la innovación tecnológica como factor determinante del poder nacional.1 “Fortalecer al país mediante la ciencia y la tecnología” (科技强国) se ha convertido en uno de los lemas clave de Xi.2 Las agencias estatales publican con regularidad informes que destacan el poder tecno-industrial como el principal motor del ascenso y caída de las grandes naciones.3 La seriedad con la que China aborda el progreso tecnológico se ha traducido en logros concretos: su capacidad de primer nivel para construir infraestructura moderna, su dominio creciente en tecnologías críticas y una serie de hitos en la frontera tecnológica a nivel mundial.4
La actual perseverancia tecnológica de China nace de una lucha de 150 años por reinventar sus fundamentos ideológicos, desencadenada por su crisis de modernidad en el siglo XIX. Si bien China imperial había sido una potencia dominante durante gran parte de sus dos mil años de historia, su decadencia se hizo evidente hacia mediados de la dinastía Qing, tras una serie de costosas derrotas militares ante potencias europeas en el siglo XIX. No obstante, la élite política china se opuso a reformas radicales hasta 1895, cuando la devastadora derrota de la dinastía Qing en la Primera Guerra Sino-Japonesa representó el revés más notable del llamado “Siglo de Humillación”. Todo vestigio restante del excepcionalismo chino fue erradicado. La mayoría de los eruditos chinos de la época finalmente admitieron lo que ya era evidente para los observadores occidentales: China era una tierra carente de “progreso”. Los propios ciudadanos chinos tomaron conciencia de ello: el término “progreso” (进步, jinbu) comenzó a usarse masivamente mientras el emperador, los funcionarios de la corte y los periódicos locales intentaban comprender la crisis de modernidad del país.5
Mientras que los primeros reformistas creían que bastaba con imitar la tecnología occidental sin cambiar profundamente la estructura económica o social, los reformadores posteriores a 1895 comprendieron que China necesitaba transformar sus cimientos intelectuales. Yan Fu, el principal traductor del pensamiento occidental en aquella época, observó en 1895: “La diferencia más grande e irreconciliable entre el pensamiento chino y el occidental es que los chinos aman el pasado y descuidan el presente, mientras que los occidentales se esfuerzan en el presente por superar el pasado”.6
Mientras que los primeros reformistas creían que bastaba con imitar la tecnología occidental sin cambiar profundamente la estructura económica o social, los reformadores posteriores a 1895 comprendieron que China necesitaba transformar sus cimientos intelectuales.
Un siglo más tarde, Wang Huning —quien llegaría a ser el principal ideólogo del Partido Comunista Chino— repitió esa misma idea tras visitar Estados Unidos en 1991: “Para los chinos, la idea de innovación se opone a la tradición, y no es fácil contrarrestar miles de años de tradición”.7 Contrastó esto con la “tradición de la innovación” de Estados Unidos, señalando que el poder estadounidense —basado en su progreso tecnológico y su fortaleza industrial— provenía de su “espíritu futurista”. Para Yan, Wang y los muchos reformistas que hubo entre ellos, superar la resistencia cultural al cambio era una prioridad absoluta.
La larga y accidentada búsqueda del progreso por parte de China ha dado frutos. Ya no son los chinos quienes experimentan “el shock del futuro” al llegar a Estados Unidos, sino los turistas estadounidenses quienes, al viajar en trenes de alta velocidad, utilizar las “super-apps” de comercio electrónico o subirse a los autos de última generación chinos, sienten que han quedado rezagados. Hoy en día, la innovación no es solo una aspiración: la élite política china, antes dominada por burócratas eruditos confucianos que veían la tecnología como simples “instrumentos de los bárbaros”,8 ahora está repleta de ingenieros que creen que la ciencia, la tecnología y el poder industrial son “factores decisivos de la fuerza nacional”, los “cimientos de una potencia mundial” y esenciales para lograr la “gran revitalización” de la nación china.9 Mientras Estados Unidos se encuentra en la encrucijada entre el estancamiento y el renacimiento, la transformación de China ofrece, tanto en sus fracasos como en su éxito final, lecciones fundamentales para orientar a los aspirantes a reformistas estadounidenses.
EL CHOQUE DE CHINA CON LA MODERNIDAD
En su intento por recuperar el orgullo nacional tras el “Siglo de Humillación”, los intelectuales chinos del siglo XX encontraron un héroe en Zheng He, un almirante y eunuco de la dinastía Ming.10 Entre 1405 y 1431, Zheng He proyectó el poder naval de los Ming hasta la costa oriental de África con una flota de sesenta y dos de los barcos de madera más grandes jamás construidos. En otro curso de la historia, los chinos podrían haber llegado a América antes que Cristobal Colón (algunos académicos incluso han propuesto que lo hicieron, aunque sin evidencias convincentes).
Sin embargo, los viajes llegaron a un abrupto final poco después de la muerte de Zheng He y de su mecenas, el emperador Yongle. Los eruditos-burócratas confucianos, enfrascados en amargas luchas de poder con los eunucos de la corte, llegaron a considerar las expediciones como un síntoma de la decadencia de estos últimos. Muchos de los planes, diseños y bitácoras de Zheng He fueron supuestamente quemados por funcionarios que los despreciaban.11 Cuando el erudito Gu Yingtai compiló una historia de la dinastía en 1658, no dedicó un solo capítulo a las exploraciones de Zheng He.12 Cuando los Ming cayeron finalmente ante los Qing en 1644, hacía tiempo que la memoria del almirante eunuco, junto con las aspiraciones de la China imperial de convertirse en una potencia global, se habían desvanecido en la historia.
La falta de interés de China por el mundo exterior no impidió que el mundo se interesara por China. El aislacionismo se volvió insostenible hacia mediados del siglo XIX, cuando una serie de derrotas militares frente a naciones occidentales obligaron a los Qing a ceder vastos territorios, pagar onerosas indemnizaciones y abrir sus puertos a las esferas de influencia extranjeras. Reconociendo que China debía adaptarse a la “situación transformada” (变局) si quería sobrevivir, estadistas como Li Hongzhang, conocido en la prensa europea como el “Bismarck amarillo”, impulsaron el Movimiento de Autofortalecimiento tras la devastadora derrota en la Segunda Guerra del Opio (1856–1860), con el fin de modernizar al país.
La falta de interés de China por el mundo exterior no impidió que el mundo se interesara por China. El aislacionismo se volvió insostenible hacia mediados del siglo XIX, cuando una serie de derrotas militares frente a naciones occidentales obligaron a los Qing a ceder vastos territorios.
El Movimiento de Autofortalecimiento se basaba en tres pilares.13 El primero era la modernización militar, especialmente la naval, que incluía la compra de barcos y armamento a Alemania y Reino Unido, el fortalecimiento de la capacidad de manufactura y la reparación de astilleros. El segundo era la modernización comercial, mediante subsidios estatales para ferrocarriles, fábricas textiles, minas y otros emprendimientos industriales. Por último, el movimiento impulsó programas educativos para formar el personal necesario para satisfacer las necesidades militares, intelectuales y diplomáticas de una nación moderna. Se crearon escuelas al estilo occidental, academias militares y programas de estudio en el extranjero, lo cual dio lugar a la primera ola de estudiantes chinos en universidades estadounidenses.
Estos esfuerzos cosecharon éxitos visibles. Para 1890, China contaba con la octava armada más grande del mundo, las fábricas modernas comenzaban a operar, y una nueva generación de estudiantes formados en Occidente empezaba a integrarse a la administración pública.14 No obstante, la mayoría de las iniciativas enfrentaban problemas estructurales profundos. La falta de coordinación central en la modernización naval provocó que las flotas del norte y del sur compitieran entre sí por recursos, lo que más tarde comprometió la capacidad combativa de la marina Qing frente a la flota japonesa, unificada bajo un solo mando.15 Los proyectos industriales y comerciales de propiedad estatal requerían de una intensa supervisión gubernamental (官督商办), lo que generaba ineficiencia, corrupción y mala gestión, inflando drásticamente sus costos.16 En un caso, un arsenal logró producir rifles Remington tras años de retrasos, pero luego de dos años de fabricación, los rifles chinos seguían siendo más costosos que los importados de Europa.17
En retrospectiva, las reformas estaban condenadas al fracaso. El Movimiento de Autofortalecimiento se basaba en la premisa errónea de que China podía apropiarse selectivamente de la tecnología occidental sin alterar su propia esencia confuciana: “chino en su núcleo, occidental en su aplicación” (中学为体, 西学为用). Feng Guifen, principal ideólogo del movimiento, lo expresó con claridad en 1861: “Esta es la vía hacia el Autofortalecimiento: debemos usar los instrumentos de los bárbaros, pero no adoptar sus costumbres… Solo hay una cosa que aprender de ellos: barcos fuertes y armas eficaces”.18 Algunos observadores visionarios, como Wang Tao, advirtieron que una “imitación superficial” era insuficiente si no se adoptaban también los sistemas subyacentes responsables de la superioridad tecnológica de Occidente, como el gobierno democrático y los derechos individuales.19 Estas advertencias fueron, en su mayoría, ignoradas.
El Movimiento de Autofortalecimiento se basaba en la premisa errónea de que China podía apropiarse selectivamente de la tecnología occidental sin alterar su propia esencia confuciana: “chino en su núcleo, occidental en su aplicación”.
La Primera Guerra Sino-Japonesa (1894–1895) fue la prueba definitiva del movimiento. Mientras los Qing impulsaban una modernización parcial y ambigua, Japón abordó de lleno las bases estructurales del poder nacional tras la Restauración Meiji de 1868. Al derrocar 418 años de feudalismo de Shogun y centralizar el poder bajo una monarquía constitucional, el gobierno de Meiji pudo implementar reformas radicales en todos los ámbitos de la sociedad japonesa, incluyendo el servicio militar obligatorio y sistemas legales y bancarios de inspiración europea. La guerra, centrada principalmente en la influencia sobre Corea, representó el enfrentamiento entre dos visiones rivales de la modernización asiática.
Al principio, parecía que el enfoque chino sobre la modernización, menos radical y más cauteloso, tenía más probabilidades de imponerse. Al estallar la guerra, la prensa europea mayoritariamente predecía una victoria china.20 La flota Qing duplicaba en tamaño a la japonesa; la Flota Beiyang de Li Hongzhang, la joya del Movimiento de Autofortalecimiento, tenía un poder equiparable al de toda la armada japonesa. Sin embargo, en la decisiva Batalla del Río Yalu, que tuvo lugar apenas dos meses después del inicio del conflicto, gran parte de la Flota Beiyang fue destruida o capturada. Los dos acorazados más valiosos del imperio habían agotado su munición durante la batalla.21 La reputación de Li, —y la del movimiento entero— se hundió junto con sus barcos. Al reflexionar sobre el legado de Li, su biógrafo reafirmó la advertencia de Wang Tao, hecha décadas antes: “[Li] ignoraba las verdaderas fuentes de la riqueza y el poder de Occidente. Creía que bastaba con aprender sobre cañones, barcos y maquinaria para alcanzarlos. Al imitar solo esos aspectos, pensó que había dominado las técnicas occidentales. Esa imitación superficial terminó revelando sus limitaciones”.22
La derrota aplastante frente a Japón funcionó como el “momento Sputnik” del imperio Qing, sacudiendo la conciencia nacional y deshaciendo la ilusión de superioridad civilizatoria. Entre las élites chinas se instaló una profunda urgencia por aprender de Occidente, como lo había hecho Japón. John Fryer, un misionero inglés que tradujo una cuarta parte de los libros de texto científicos en China durante la década de 1880, observó que “una fuerte ola de demanda de conocimiento occidental” era ya evidente entre los literatos chinos, quienes “comenzaban a tomar conciencia de su profunda ignorancia en las artes y ciencias modernas”.23 La autocrítica china alcanzó tal intensidad que Fryer llegó a predecir que los chinos acabarían abandonando su cultura por completo, adoptando incluso el inglés como lengua nacional.
La derrota aplastante frente a Japón funcionó como el “momento Sputnik” del imperio Qing, sacudiendo la conciencia nacional y deshaciendo la ilusión de superioridad civilizatoria. Entre las élites chinas se instaló una profunda urgencia por aprender de Occidente, como lo había hecho Japón.
NUEVAS TEORÍAS DE LA HISTORIA
Ansiosos por encontrar ideas que les permitieran avanzar tras sus peligrosos primeros encuentros con la modernidad, los intelectuales chinos del siglo XX encontraron inspiración en dos fuentes distintas. La primera fue el Japón de Meiji, cuya exitosa modernización quedó demostrada tras la guerra. Miles de estudiantes y académicos chinos, entre ellos Chen Duxiu, Li Dazhao, Lu Xun y otros destacados reformistas de segunda generación, viajaron a estudiar a Tokio. El término japonés shinpo (進歩), que significa “progreso”, fue adoptado ampliamente en los escritos reformistas chinos como jinbu (进步), una palabra con una connotación explícitamente sociopolítica que reemplazó a expresiones más tradicionales como zhangjin (长进), qianjin (前进) y jinyi (进益).24
La segunda fuente fue la Ilustración europea y sus teorías sobre la historia. Para finales del siglo XIX, la idea de que la historia seguía un proceso progresivo o teleológico se había convertido en un supuesto dominante en el pensamiento intelectual europeo.25 La Revolución Industrial, el descubrimiento del Nuevo Mundo y el auge de la ciencia moderna y el capitalismo alimentaron la percepción de que la sociedad contemporánea había roto con el pasado. El “progreso” distinguía a los modernos de los antiguos, a los industriales de los agrarios, a los Estados-nación capitalistas de las monarquías feudales, y al Siglo de las Luces de la Edad Media. Pensadores como Condorcet, Comte, Voltaire y Hegel defendieron la idea de que la historia seguía una trayectoria ascendente. Incluso aquellos que desafiaron las nociones liberales de “progreso”, como Rousseau y Marx, seguían viendo la historia como un proceso evolutivo por etapas.
Estas teorías llegaron a China a través de las traducciones realizadas por intelectuales chinos formados en Occidente, siendo Yan Fu el más influyente de todos.26 En sus adaptaciones de autores como Adam Smith, John Stuart Mill y otros —donde a menudo omitía partes o añadía sus propios comentarios— Yan enfatizaba que la esencia de la modernidad no residía en la tecnología en sí, como creían los defensores del Autofortalecimiento, sino en las ideas e instituciones que hacían posible el progreso tecnológico. Con su traducción de Evolución y ética de Thomas Huxley en 1896, y las de Herbert Spencer y Edward Jenks en 1903, Yan fue también el primero en introducir sistemáticamente en el ámbito intelectual chino las ideas occidentales sobre la evolución y el desarrollo social por etapas.27 Estas obras sentaron las bases para la futura adopción del materialismo histórico marxista en el pensamiento chino.
Yan fue también el primero en introducir sistemáticamente en el ámbito intelectual chino las ideas occidentales sobre la evolución y el desarrollo social por etapas.27 Estas obras sentaron las bases para la futura adopción del materialismo histórico marxista en el pensamiento chino.
Estos nuevos conceptos revolucionaron la forma en que las élites chinas entendían la historia. En el pensamiento tradicional chino, una dinastía alcanzaba su máximo esplendor en el momento de su fundación, cuando recibía el Mandato del Cielo por primera vez. Por lo tanto, el presente siempre se consideraba inferior al pasado. Como observó Yan: “Los chinos creen que el curso natural del Cielo y de los asuntos humanos es pasar del orden al caos, de la ascensión al declive; los occidentales creen en el principio fundamental del aprendizaje y el gobierno: el progreso infinito, diario; en un avance que no cae en retroceso, en un orden que no vuelve al desorden”.28 El logro clave de Yan fue reemplazar esta visión cíclica de la historia por una visión lineal y evolutiva, sin la cual no habría sido posible hacer comparaciones entre la “atrasada” civilización china y el progreso occidental.29
A medida que estas teorías lineales de la historia se afianzaban, los intelectuales chinos comenzaron a reinterpretar las etapas históricas como “fases” dentro de una trayectoria de progreso que culminaba con la modernidad. Liang Qichao, célebre reformista del periodo posterior a los Qing, postuló que China estaba pasando de una “era de barbarie” (野蛮时代) a una “era de civilización” (文明时代).30 A partir de 1895, los académicos comenzaron a utilizar, o incluso a inventar, términos para distinguir el pasado, el presente y el futuro, incluyendo marcadores temporales como “pasado” (过去), “presente” (今日), “futuro” (前途, 未來 o 将来) y clasificaciones cronológicas como “antigüedad” (古代), “edad media” (中古), “modernidad temprana” (近代) y “modernidad” (现代).31
Este cambio lingüístico reflejaba un despertar generalizado ante el estancamiento de China, un despertar que llegó incluso a los niveles más altos de la política Qing. Las crecientes demandas de reforma encontraron momentáneamente un aliado en el joven emperador Guangxu, de 27 años. En 1898, Guangxu facultó a los reformistas más “radicales” de la corte a abolir los exámenes imperiales impuestos mil 300 años atrás, los procesos militares burocráticos y otras “cosas vacías, poco prácticas y engañosas que obstruyen nuestro progreso”.32 Sin embargo, la llamada Reforma de los Cien Días fue efímera. Luego de apenas 103 días, los sectores conservadores liderados por la emperatriz viuda Cixí, tía del emperador, organizaron un golpe de Estado, lo pusieron bajo arresto domiciliario y decapitaron a la mayoría de los reformistas. Liang Qichao y su mentor Kang Youwei lograron huir a Japón, pero Tan Sitong, otro importante reformista y discípulo de Kang, se negó a escapar. Convencido de que su muerte inspiraría a otros, Tan aceptó el martirio: “Toda gran reforma en cualquier país requiere el derramamiento de sangre. Si alguien debe sacrificar su vida por China, que sea yo el primero”.
Convencido de que su muerte inspiraría a otros, Tan aceptó el martirio: “Toda gran reforma en cualquier país requiere el derramamiento de sangre. Si alguien debe sacrificar su vida por China, que sea yo el primero”.
Al tomar el poder, Cixí suspendió o revirtió casi todas las reformas, con la excepción de la fundación de la Universidad de Pekín. Pero nada de esto resolvió los problemas estructurales del país y apenas dos años después, la Alianza de las Ocho Naciones (compuesta por Japón, Rusia, Estados Unidos y otros) ocupó Pekín en respuesta al Levantamiento de los Bóxers. Luego de firmar otro desfavorable tratado de paz, Cixí promulgó en 1901 las reformas tardías de los Qing (晚清改革), retomando algunas políticas de la Reforma de los Cien Días e incluso experimentando con una monarquía constitucional. Pero ya era demasiado tarde: en 1911, la dinastía Qing —y con ella dos mil años de gobierno imperial en China— colapsó bajo una ola de revueltas populares.
En resumen, el peso del dogma ideológico y la inercia burocrática impidieron durante décadas los cambios necesarios, incluso cuando era evidente el fracaso del orden establecido. A partir de 1842, los Qing perdieron Hong Kong, Taiwán, Manchuria exterior y miles de millones de dólares (al valor actual) en pagos de indemnización estipulados en los “tratados desiguales” con las naciones occidentales. Nada de esto bastó para debilitar la fe de las élites en la tradición ni en la supuesta superioridad inherente de China. Tampoco la inestabilidad interna, como la Rebelión Taiping (1850–1864) y las Revueltas Dungan (1862–1877), que en conjunto dejaron más muertos que la Primera Guerra Mundial. Solo después de la derrota ante Japón en 1895, una masa crítica de reformistas reconoció la necesidad de un cambio fundamental, pero el aparato político reaccionó con violencia. El escritor y reformista Lu Xun capturó esta tragedia en su célebre novela de 1918, Diario de un loco (狂人日记), donde solo un “loco” es capaz de ver la demencia de una sociedad tan hostil al cambio que devora a sus propios hijos.
EL NACIMIENTO DEL PROGRESO
La caída de la dinastía Qing y la fundación de la República de China en 1912 marcaron un punto de inflexión en los discursos chinos sobre el “progreso”. Entre 1911 y 1929, una avalancha de nuevas ideas compitió por definir el futuro del país, en una efervescencia intelectual que no se veía desde el periodo de las Cien Escuelas del Pensamiento (771–256 a.C.). Durante esta etapa se establecieron principios ideológicos clave que, con el tiempo, evolucionarían hasta convertirse en la actual obsesión china por el progreso tecnológico. Primero, un nacionalismo ferviente impulsó el rechazo de la tradición, generando un vacío de valores. Luego, el cientificismo —la creencia en la investigación empírica como único camino hacia la verdad— elevó la ciencia por encima de otros sistemas de valores. Finalmente, los estadistas chinos comenzaron a concebir la historia nacional como un proceso que debía gestionarse activamente y acelerarse a través de diversas etapas de desarrollo, sentando las bases de la filosofía de planificación económica centralizada que caracteriza al país hoy en día.
Los estadistas chinos comenzaron a concebir la historia nacional como un proceso que debía gestionarse activamente y acelerarse a través de diversas etapas de desarrollo, sentando las bases de la filosofía de planificación económica centralizada que caracteriza al país hoy en día.
El Movimiento de la Nueva Cultura surgió como la fuerza intelectual más influyente de la era posdinástica. Sus partidarios, mientras muchos políticos entusiastas se apresuraban a construir la nueva república, evitaron inicialmente participar en la política directa, al entender que para mejorar el sistema político primero había que desmantelar las ideologías antiguas. Chen Duxiu, fundador del movimiento y más tarde cofundador del Partido Comunista Chino, argumentaba que los esfuerzos por establecer una república constitucional en la década de 1910 eran mera “fachada política” si no se cambiaba antes “el pensamiento y el carácter” del pueblo chino.33 Su análisis resultó certero: Sun Yat-sen, el primer presidente de la república, fue obligado a ceder el cargo tan rápido como lo obtuvo, ante la presión de Yuan Shikai, el líder militar más poderoso del país. China regresó rápidamente a viejos patrones cuando Yuan se autoproclamó emperador en 1915, solo para abdicar tres meses después en medio de nuevas rebeliones.
A diferencia de los reformistas tardíos de los Qing, que buscaban modernizar el confucianismo (como los reformistas de los Cien Días), el Movimiento de la Nueva Cultura abogó por abandonar por completo los antiguos valores. Promovieron filosofías occidentales mientras desacreditaban la tradición confuciana en todas sus expresiones —cultural, social, literaria, política y ética—. Creían que esta era la única vía para romper con los antiguos patrones políticos de China. Chen, que aún no era marxista en 1916 pero representaba el espíritu progresista general desde su cátedra en la Universidad de Pekín, afirmaba: “Si queremos construir un nuevo Estado al estilo occidental… el asunto fundamental es que debemos importar las bases de un país occidental… Mientras [el confucianismo] no sea suprimido, [el nuevo camino] no podrá prevalecer”.34
El creciente fervor nacionalista aceleró el abandono de los viejos valores. Ya en 1875, Li Hongzhang se lamentaba: “Que un país tan grande como China carezca de la capacidad de fortalecerse y consolidarse no solo es motivo de preocupación, sino también de vergüenza (非惟可忧,抑亦可耻)”.35 Tras la humillante derrota frente a Japón en 1895, restaurar el lugar legítimo de China como el “Reino del Centro” se convirtió en un clamor popular. Con el ocaso de los Qing y el surgimiento del Estado moderno, el nacionalismo adquirió una nueva dimensión: el emperador y sus súbditos dieron paso a la idea de una “nación” china y sus “ciudadanos”. El progreso nacional reemplazó a la estabilidad dinástica como objetivo político central.
Con el ocaso de los Qing y el surgimiento del Estado moderno, el nacionalismo adquirió una nueva dimensión: el emperador y sus súbditos dieron paso a la idea de una “nación” china y sus “ciudadanos”. El progreso nacional reemplazó a la estabilidad dinástica como objetivo político central.
Sin embargo, el orgullo nacional sufrió nuevos golpes en la década de 1910, lo que impulsó al Movimiento de la Nueva Cultura hacia el centro del escenario político e intelectual. En vísperas de la Primera Guerra Mundial, el nuevo gobierno republicano, débil e inestable, realizó concesiones impopulares a Japón. Yuan Shikai, entonces presidente y más tarde emperador, aceptó en 1914 las “Veintiuna Demandas” japonesas, que otorgaban a Japón el control de territorios anteriormente controlados por Alemania en la provincia de Shandong. Años después, el primer ministro Duan Qirui, sucesor de Yuan tras su abdicación, fue acusado de aceptar sobornos de Japón a cambio de más concesiones territoriales.36 Tras el fin de la guerra, las demandas de China para recuperar Shandong fueron ignoradas en París: el Tratado de Versalles entregó oficialmente esos territorios a Japón. En respuesta, los líderes del Movimiento de la Nueva Cultura impulsaron el Movimiento del Cuatro de Mayo: una serie de protestas masivas que intensificaron el resentimiento popular por el llamado “Siglo de Humillación” (百年国耻). Tanto el Partido Comunista Chino como el Kuomintang (KMT) canalizaron ese fervor nacionalista para ampliar su base de apoyo en los años 20. Superar la humillación histórica y lograr el rejuvenecimiento nacional sigue siendo hoy un componente central en la narrativa del PCCh y en su justificación histórica.37
A medida que el nacionalismo moderno y el antitradicionalismo socavaban los antiguos pilares de la sociedad china, surgieron nuevos valores para llenar el vacío dejado por el colapso del confucianismo. La figura personificada del “Señor Ciencia” (赛先生) se convirtió en protagonista del drama intelectual durante este período de la sociedad política china. Junto al “Señor Democracia” (德先生), representaba uno de los dos pilares del Movimiento de la Nueva Cultura. El Señor Ciencia encarnaba una doctrina positivista según la cual todas las verdades —naturales, éticas, metafísicas— solo podían alcanzarse mediante la “comprobación de los hechos”.38 Hu Shih, destacado intelectual del movimiento y considerado “padre del renacimiento literario chino”,39 describía así en 1922 la supremacía intelectual de la ciencia: “Durante los últimos treinta años, un nombre [la ciencia] ha alcanzado una dignidad casi suprema en el país… Desde que China habla de reforma y cambio legal, ningún hombre moderno que se precie se atreve a calumniar abiertamente a la ciencia”.40 Muchos pensadores atribuían la debilidad de China a su escasa aptitud científica. En su ensayo de 1922 Por qué China no tiene ciencia, el filósofo Feng Youlan sostenía que el desinterés por el mundo exterior era la principal causa del estancamiento del país, ya que había impedido el desarrollo de una ciencia moderna.41 En las décadas siguientes, el énfasis político en ponerse al día en términos científicos daría lugar a una forma singularmente china de cientificismo, definido por el filósofo Yao Guorong en 2009 como un sistema de valores políticos centrado en el progreso científico y tecnológico.42
El deseo de revitalizar la fuerza nacional también llevó a una reevaluación del papel de la acción humana en la historia china. Li Dazhao, líder del Movimiento de la Nueva Cultura y futuro cofundador del PCCh, se hizo eco de la crítica de Feng al énfasis histórico chino en la armonía interna por encima de la fuerza externa. En su teoría de la civilización de 1918, Li contrastaba el “pesimismo oriental” (厌世主义), que privilegiaba las preocupaciones espirituales sobre las materiales, con el “optimismo occidental” (乐天主义), que representaba una cosmovisión fáustica activa según la cual “el camino del hombre” podía hacer “progresar” a la sociedad.43 Durante el periodo pos-Qing, intelectuales de todo el espectro ideológico —incluidos nacionalistas, marxistas, demócratas, anarquistas y monárquicos constitucionales— adoptaron una visión agencial de la historia, en la que los mecanismos del progreso eran identificables, explotables y “acelerables”. Las teorías históricas introducidas por Yan Fu le proporcionaron a los académicos chinos un marco evolutivo para el avance social. Comprender la “época” (时代) actual y cómo hacerla avanzar se convirtió en una gran preocupación intelectual, ya que cada facción política justificaba su programa invocando las leyes de la evolución social.44 La historia dejó de verse como el simple devenir de los hechos, y pasó a ser una teleología por etapas que podía ser moldeada por el ser humano. Estas ideas persisten en el lenguaje político actual del PCCh, cuyos documentos están llenos de expresiones como “aprovechar” las oportunidades del momento.
La historia dejó de verse como el simple devenir de los hechos, y pasó a ser una teleología por etapas que podía ser moldeada por el ser humano. Estas ideas persisten en el lenguaje político actual del PCCh, cuyos documentos están llenos de expresiones como “aprovechar” las oportunidades del momento.
Estas bases intelectuales allanaron el camino para la expansión del comunismo. El trato humillante que recibió China en el Tratado de Versalles, junto con la violencia sin precedentes de la Primera Guerra Mundial, llevaron a muchos intelectuales que antes habían promovido al Señor Ciencia y al Señor Democracia a replantearse sus modelos de progreso. Aunque la mayoría seguía convencida de que China debía alcanzar a Occidente en desarrollo tecnológico, algunos humanistas alertaron sobre el riesgo de convertirse en una mera “civilización material”. Temían que un progreso tecnológico descontrolado, sin fundamento ético, acabara en la creación de “instrumentos de genocidio”, como lo había demostrado la matanza mecanizada de la guerra.45 Yan Fu y Liang Qichao —quienes años antes habían promovido la imitación de Occidente— intentaron rescatar los valores confucianos proponiendo una “síntesis” entre las civilizaciones china y occidental para “crear una nueva civilización”.46
Estos esfuerzos no prosperaron, al menos en el corto plazo. El Movimiento de la Nueva Cultura había vilipendiado al confucianismo más allá de toda posibilidad de restauración. China estaba arruinada, sumida en el hambre, y ansiosa por adoptar nuevas ideologías. El marxismo, con su promesa de una sociedad sin clases, sustentada científicamente en la inevitabilidad de una evolución social por etapas, atrajo a quienes estaban desencantados tanto con los valores tradicionales chinos como con los excesos de Occidente.
LA LARGA MARCHA HACIA EL PROGRESO
Durante la década de 1910, el Movimiento de la Nueva Cultura fue principalmente una fuerza cultural, cuya influencia se difundía a través de revistas y libros, más que mediante el poder político formal. Sin embargo, para la década de 1920, sus líderes consideraban que los valores de China habían cambiado lo suficiente como para que llegara el momento de involucrarse en la política. Aun así, pasarían casi sesenta años —desde el Movimiento del Cuatro de Mayo en 1919 hasta el ascenso de Deng Xiaoping en 1978— para que el “Señor Ciencia” se integrara al modelo de gobierno chino. En ese intervalo, guerras civiles, la invasión japonesa y el fervor ideológico de Mao Zedong sumirían al país en un torbellino de violencia y experimentos radicales.
Chen Duxiu y Li Dazhao, figuras destacadas del Movimiento de la Nueva Cultura, cofundaron el Partido Comunista Chino en 1921. Inspirados por el éxito de los bolcheviques, promovieron el comunismo como la teoría evolutiva más “científica” y, por tanto, la más adecuada para alcanzar el “progreso”.47 Esto sentó las bases de un aceleracionismo con características chinas, donde el materialismo histórico se convirtió en el marco intelectual para impulsar a China a través de etapas de desarrollo social. La filosofía económica actual del país todavía se fundamenta en la misma premisa: que una planificación estatal racional puede acelerar el avance tecnológico, y con ello, la historia misma.
La filosofía económica actual del país todavía se fundamenta en la misma premisa: que una planificación estatal racional puede acelerar el avance tecnológico, y con ello, la historia misma.
Los sueños utópicos quedarían en pausa durante varias décadas, mientras los debates ideológicos pasaban de las revistas al campo de batalla. Muchos intelectuales del Movimiento de la Nueva Cultura fueron relegados al olvido a medida que los caudillos militares regionales imponían los límites del pensamiento aceptable. Li Dazhao fue asesinado por un señor de la guerra en 1927, y Chen Duxiu fue expulsado del partido que él mismo había fundado en 1929. Surgieron más de mil 300 señores de la guerra, mientras el débil gobierno de la República fracasaba en establecer el monopolio de la violencia.48 Entre 1927 y 1949, una amarga guerra civil enfrentó al PCCh y al Kuomintang: dejó entre seis y diez millones de muertos y solo fue interrumpida por la formación de un frente unido contra la invasión japonesa (1937–1945).49
La estabilidad regresó en 1949 con la victoria del PCCh y la toma del poder en la China continental. Para entonces, Mao había moldeado el partido a su imagen por completo. Como ideólogo convencido, buscó aplicar el materialismo histórico al gobierno, emprendiendo reformas radicales para transformar la sociedad bajo el pensamiento maoísta. Ninguna fue tan ambiciosa como el Gran Salto Adelante, que pretendía acelerar la transición de una economía agraria a una industrial mediante la movilización masiva de ciudadanos en comunas estatales. En un inicio, el plan contó con el apoyo de científicos como Qian Xuesen, quien creía que impulsaría una revolución agrícola e industrial que mejoraría drásticamente la producción de energía, alimentos y textiles.50 Pero los resultados fueron catastróficos: cuotas de producción irreales, colectivización forzada y una coordinación deficiente provocaron la mayor hambruna y la mayor mortandad en tiempos de paz en la historia de la humanidad, con cerca de treinta millones de muertos entre 1958 y 1962.51
Aunque el Gran Salto Adelante terminó en desastre, el programa de Mao “Dos bombas, un satélite” —su iniciativa insignia en investigación militar— demostró el potencial de los esfuerzos estatales dirigidos para acelerar el progreso tecnológico. Entre 1964 y 1970, el programa logró el desarrollo de la primera bomba atómica y de hidrógeno de China, misiles balísticos y satélites, consolidando al país como una potencia nuclear cuyo poder no podía ser desafiado ni por Estados Unidos ni por la ya hostil Unión Soviética. El programa demostró que la base científica e industrial china podía alcanzar avances significativos bajo objetivos militares claramente definidos. Sin embargo, a diferencia de las reformas de Deng, Mao no veía la tecnología como una herramienta para el desarrollo económico general, sino como un medio para proyectar poder y fortalecer la defensa nacional.
A diferencia de las reformas de Deng, Mao no veía la tecnología como una herramienta para el desarrollo económico general, sino como un medio para proyectar poder y fortalecer la defensa nacional.
No obstante, en su última década, Mao llegó a considerar la innovación como una enemiga directa del régimen durante la Revolución Cultural (1966–1976). La novela El problema de los tres cuerpos de Liu Cixin, reconocida internacionalmente, retrata a un protagonista cuyo padre, profesor de física, es golpeado hasta la muerte por sus creencias científicas “burguesas”. Sin embargo, este tipo de escenas apenas refleja una fracción de la verdadera brutalidad de la Revolución Cultural: los científicos fueron clasificados como parte del “apestoso noveno grupo”, lo que llevó a la persecución, tortura y asesinato de miles, incluso de aquellos que habían contribuido al programa “Dos bombas, un satélite”. En un centro nuclear, treinta empleados se suicidaron al no poder soportar más abusos, mientras que otros 310 resultaron heridos o quedaron discapacitados de forma permanente a manos de sus compañeros revolucionarios.52
Tras la muerte de Mao en 1976, se abrió un vacío de poder que, sumado a los fracasos catastróficos del Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural, dio paso a nuevas posibilidades para el desarrollo del país. Fue entonces cuando Deng Xiaoping tomó el control de forma decisiva y encaminó a China hacia su rumbo actual de tecnoindustrialización. Finalmente, los fantasmas de los reformistas del pasado encontrarían en Deng a un estadista capaz de convertir su visión en políticas concretas y arraigarla en la cultura política de China.
DENG XIAOPING Y EL ESTADO TECNOINDUSTRIAL
Aunque muchos conocen a Deng Xiaoping como un reformista, también fue un auténtico hombre del Partido, un veterano de la Guerra Civil empapado de décadas de doctrina maoísta. Pasó toda su carrera en el Partido Comunista Chino, incluso dentro del Ejército Popular de Liberación (EPL), y era conocido por su competencia y pragmatismo. Desde temprano, pasó una cantidad considerable de tiempo con Mao y otros líderes del Partido, lo que le permitió desarrollar una comprensión íntima del funcionamiento interno del PCCh. Una vez en el poder, Deng utilizó ese conocimiento institucional y su red de confianza dentro de la burocracia para inculcar profundamente nuevas ideologías centradas en el progreso tecnológico.
Tras presenciar los fracasos de la Revolución Cultural y sobrevivir a una purga política, Deng se convenció de la necesidad de reformas. Tenía una fe casi mística en el poder de la ciencia y la tecnología como motores del crecimiento económico, el cual consideraba la máxima prioridad del PCCh. Durante los últimos días del mandato de Mao, Deng centró sus esfuerzos en el ámbito de la ciencia y la tecnología. Incluso cuando su posición política aún era frágil en 1978, pronunció el discurso inaugural en la Conferencia Nacional de Ciencia y Tecnología, donde rescató el concepto de las “Cuatro Modernizaciones” —agricultura, industria, defensa nacional y ciencia y tecnología— que la radical Banda de los Cuatro —la facción de miembros del PCCh que había encabezado la Revolución Cultural— había rechazado por considerarlas capitalistas. Deng subrayó que la ciencia y la tecnología eran el eje para alcanzar las otras tres modernizaciones. Años más tarde, el Partido publicó su Sexto Plan Quinquenal (1981–1985), el primero bajo el liderazgo supremo de Deng. Este documento, de más de cien páginas, estaba dedicado en su mayoría a desarrollar el sector industrial, expandir el comercio internacional y fomentar la tecnología; solo una página trataba sobre el aumento de ingresos y consumo, lo que dejaba clara la jerarquía de prioridades del Partido —una que aún se mantiene.53
Deng se convenció de la necesidad de reformas. Tenía una fe casi mística en el poder de la ciencia y la tecnología como motores del crecimiento económico, el cual consideraba la máxima prioridad del PCCh.
Guiado por su firme creencia en la tecnología como motor del desarrollo, Deng dio tres pasos clave para impregnar al Partido con una visión tecnoindustrial: (1) integrar el objetivo del progreso tecnológico en la ideología partidaria; (2) mantener relaciones positivas con economías más avanzadas como Estados Unidos y Japón para facilitar la inversión y la transferencia tecnológica; (3) y presentar las reformas de mercado como experimentos, para superar la resistencia de los sectores conservadores del Partido aún aferrados a los dogmas maoístas.
En primer lugar, Deng entendía que para que sus reformas echaran raíces en el Partido, debía ganarse también a los conservadores. Innovador ideológico, redefinió a los científicos como “trabajadores intelectuales” y los reincorporó al núcleo del Partido. En su discurso de 1978, exaltó la ciencia y la tecnología como parte de las “fuerzas productivas”, un concepto positivo en el marxismo, visto como uno de los motores del socialismo.54 Elevó además el estatus de científicos e ingenieros al hacer de la formación técnica un criterio para ascender en el Partido y darles puestos clave en igualdad de condiciones con los cuadros tradicionales. Así, Deng presentó la ciencia y la tecnología no solo como compatibles con el socialismo, sino como fundamentales para su éxito. También promovió la publicación de libros y artículos en esta línea, donde teóricos del Partido afirmaban que la ciencia y la tecnología eran sistemas filosóficos independientes de la teoría política.
Reconociendo que la modernización de China requería aprender de naciones más desarrolladas, Deng realizó en 1978 una gira por Japón; era la primera vez que un líder chino moderno pisaba suelo japonés. Quedó especialmente impresionado por la manufactura japonesa y buscó atraer inversiones niponas. Para evitar que se tachara esta apertura como una imitación de Occidente —lo que había desacreditado intentos reformistas anteriores—, Deng presentó los métodos de manufactura japoneses como “técnicas de gestión” integradas en las fuerzas productivas necesarias para modernizarse.
Deng también creó espacios para que las élites chinas aprendieran de los éxitos japoneses, en este sentido sirvió de modelo la Junta de Estabilización Económica de Japón, que había guiado la reconstrucción del país tras la Segunda Guerra Mundial cuando este abandonó los controles de precios fijados durante el conflicto y sufrió la posterior escasez de suministros. A medida que Deng liberalizaba los mercados chinos y empezaba a eliminar los controles de precios, el PCCh enfrentaba desafíos similares. Así nació una conferencia anual entre funcionarios económicos de ambos países que continuó hasta 1992. “Ningún país desempeñó un papel más importante… que Japón” en el desarrollo de la política industrial china, en gran parte gracias a la diplomacia y visión geopolítica de Deng.55
“Ningún país desempeñó un papel más importante… que Japón” en el desarrollo de la política industrial china, en gran parte gracias a la diplomacia y visión geopolítica de Deng.55
Para conservar estas relaciones internacionales esenciales para la industrialización, especialmente con EE. UU. y Japón, Deng pospuso el tratamiento de cuestiones geopolíticas delicadas como Hong Kong, Taiwán y las islas Diaoyu/Senkaku,56 afirmando que era mejor dejárselas a “generaciones futuras, más sabias” (一代一代解决).57 Mientras otro líder más impulsivo podría haber buscado fama mediante el nacionalismo, Deng comprendía que las relaciones internacionales positivas eran clave para atraer inversión extranjera y permitir que estudiantes chinos estudiaran en el exterior y trajeran de vuelta el conocimiento adquirido. Su enfoque activo hacia las relaciones internacionales, reflejaba su teoría del desarrollo: el progreso tecnológico era un requisito previo para ejercer poder en el escenario internacional. Deng supo reconocer que China aún tenía mucho por aprender de sus aliados internacionales en esta fase de su desarrollo.
Por último, en todas sus reformas, y especialmente en lo referente a las Zonas Económicas Especiales (ZEE), Deng incorporó incluso una forma de cientificismo para esquivar las críticas conservadoras. Eludió la preocupación de los conservadores por las inversiones de capital extranjero en las ZEE y por las grandes reformas al mercado en general, enmarcando este tipo de políticas como experimentos que podrían revertirse si fracasaban. Convirtió en principio rector de las estrategias de desarrollo chinas el famoso dicho popular: “cruzar el río tanteando las piedras” (摸着石头过河), y en sus primeros días de consolidación de poder tras la muerte de Mao, adoptó la ideología política de “buscar la verdad en los hechos” (实事求是).58 Ambas expresiones sugerían cómo navegar la incertidumbre de los períodos de reforma mediante la experimentación y la evaluación de resultados.
Para ampliar la base de apoyo a sus políticas, Deng creó las condiciones para que produjeran resultados, en particular el rápido desarrollo de las ZEE. Su enfoque en el desarrollo económico general, las reformas de mercado y la creación de capacidad estatal técnica contrastaba con movimientos previos como el Movimiento de Autofortalecimiento o el Gran Salto Adelante, que tenían visiones más limitadas sobre el progreso tecnológico.
Su enfoque en el desarrollo económico general, las reformas de mercado y la creación de capacidad estatal técnica contrastaba con movimientos previos como el Movimiento de Autofortalecimiento o el Gran Salto Adelante.
Estas políticas sentaron las bases para que China comenzara a alcanzar el nivel de desarrollo industrial de Occidente, tras el estancamiento causado por el mandato de Mao. Por ejemplo, la planta nuclear de Daya Bay, la primera construida en China, nació en 1985 de un apretón de manos entre Deng y el destacado financiero Lawrence Kadoorie.59 Terminada en 1992, aún hoy genera casi dos gigavatios para abastecer la demanda industrial de la exitosa ZEE de Shenzhen. De forma similar, la primera planta siderúrgica integrada moderna del país comenzó su construcción en 1979 tras la visita de Deng a Japón, donde vio la acería Kimitsu, que en ese entonces producía casi la mitad del acero que toda China.60 Deng también reactivó en 1982 el proyecto de la presa de las Tres Gargantas, un viejo sueño de los nacionalistas desde Sun Yat-sen, en pausa desde 1958 cuando Mao lanzó el Gran Salto Adelante.61 Aunque estos proyectos no fueron revolucionarios en sí, representaron los primeros frutos de las políticas industriales de Deng, que cimentaron el actual progreso tecnoindustrial de China.
La “apertura” de Deng no solo permitió la entrada de capital y desarrollo, sino también nuevas ideas sobre el progreso. El libro La tercera ola de Alvin Toffler, ya un éxito en Occidente, circuló ampliamente dentro del Partido.62 Toffler incluso fue invitado a dar una exposición a altos funcionarios del PCCh en 1982. Su teoría histórica centrada en la tecnología reforzó las convicciones de Deng y sus sucesores de que el Partido debía dirigir el desarrollo tecnológico.
Esta influencia se plasmó en el lanzamiento del emblemático “Programa 863” de Deng en 1986, que buscaba facilitar la entrada de China a la “Nueva Revolución Tecnológica”. A diferencia del programa maoísta “Dos bombas, un satélite”, centrado en la defensa, el “Programa 863” apuntaba a escalar la investigación y el desarrollo (I+D) en tecnologías clave para las industrias del futuro.63 El programa recibió un mandato amplio, miles de millones de renminbis y fue dirigido y ejecutado por un pequeño grupo de científicos, en lugar de ser impulsado por el prestigio o la política del partido. Esta agresiva inversión en tecnología, incluso en tiempos de restricciones fiscales, se volvió una característica central de la estrategia tecnológica de China. El programa se extendió durante más de veinte años.64
A diferencia del programa maoísta “Dos bombas, un satélite”, centrado en la defensa, el “Programa 863” apuntaba a escalar la investigación y el desarrollo (I+D) en tecnologías clave para las industrias del futuro.63
La perdurabilidad de estas ideas se explica por tres factores: el éxito de Deng en generar crecimiento económico; su amplia base de poder, que le dio tiempo a que tales políticas fructificaran; y su uso del aparato ideológico y propagandístico para integrarlas en el pensamiento socialista chino. Aunque los reformistas republicanos que le precedieron eran consejeros imperiales o revolucionarios con ideas similares, se quedaron al margen debido, en última instancia, a sus ideas superficiales sobre el desarrollo científico. Deng, en cambio, un verdadero hombre del Partido, fue el estadista y ejecutor que logró traducir esas ideas en programas concretos y dotarlas de un fundamento ideológico que las enraizó en la sociedad china.
EL FUTURO INCIERTO
La orientación política de Deng —que elevó a los científicos y al desarrollo tecnológico como motores del crecimiento económico, articulada mediante políticas dinámicas y experimentales— nos lleva a la China moderna, donde el “cientificismo” domina la cultura política.65 Hoy, el éxito y la durabilidad de las reformas de Deng son evidentes, al igual que la continuidad del Partido con sus métodos y visión. Por ejemplo, el documento Hecho en China 2025 de Xi Jinping presenta una teoría del ascenso y la caída de las naciones basada en el estado de su industria manufacturera, y establece indicadores clave de desempeño (KPI) como métricas de progreso.66 Los documentos estratégicos de inteligencia nacional se centran de forma llamativa más en el desarrollo tecnoindustrial que en la diplomacia, las alianzas o el espionaje.67 En su informe político ante el XX Congreso del Partido en 2022, Xi dejó clara la huella del cientificismo de Deng en la visión del Partido sobre la ciencia y la tecnología: “Debemos mantener los principios de que la ciencia y la tecnología son las fuerzas productivas primarias, el talento es el recurso principal y la innovación es la fuerza motriz fundamental”.68
Gracias, en parte, al enfoque disciplinado del Estado tras “un siglo de lucha”69, hoy China ha alcanzado el liderazgo global en muchas industrias estratégicas y avanza rápidamente en otras. Domina los mercados mundiales de drones,70 vehículos eléctricos, trenes de alta velocidad, refinamiento de tierras raras,71 redes 5G72 y baterías de ion de litio,73 por nombrar solo algunos sectores clave. China construye casi la mitad del tonelaje mundial de barcos, mientras que Estados Unidos fabrica menos del 0.2%.74 Como informó Bloomberg en 2024: “El mundo fuera de EE. UU. conduce cada vez más vehículos eléctricos chinos, navega la web en teléfonos chinos y alimenta sus hogares con paneles solares chinos”.75 Los documentos partidarios de la era Xi dejan claro que China se ve a sí misma en una coyuntura crítica, en la que finalmente está en posición de tomar la delantera en puntos de inflexión tecnológicos. ¿Y quién liderará ese desarrollo? Le corresponde al Estado, al Partido, “aprovechar las oportunidades” para abrazar el futuro.76
China se ve a sí misma en una coyuntura crítica, en la que finalmente está en posición de tomar la delantera en puntos de inflexión tecnológicos. ¿Y quién liderará ese desarrollo? Le corresponde al Estado, al Partido, “aprovechar las oportunidades” para abrazar el futuro.76
A China le llevó 150 años de reformas, interrumpidas por catástrofes y desvíos ideológicos, llegar a la visión tecnoindustrial que hoy defiende el Partido. Mucho del discurso estadounidense actual refleja los antiguos debates entre los primeros reformistas chinos y el anquilosado aparato imperial, en torno a la importancia del desarrollo tecnológico en la competencia estratégica, la necesidad de una burocracia gubernamental técnicamente competente y la alineación del mercado con objetivos nacionales. Con nuestra propia burocracia enquistada, no deberíamos esperar que la reforma en EE. UU. sea rápida ni sencilla.
De la experiencia china se pueden extraer varias lecciones clave. Primero, una burocracia estatal tecnocrática, con un conocimiento sólido de la tecnología y su rol en el mundo, es esencial para el éxito. Una de las reformas de Deng fue transformar el servicio civil para priorizar las carreras científicas y de ingeniería, dejando atrás los exámenes confucianos tradicionales que premiaban la memorización mecánica de textos clásicos. Hoy, cerca del 40% de los miembros del Comité Central del PCCh tienen formación técnica.77 En contraste, en el Congreso de EE. UU. hay solo unos pocos miembros con doctorados, y solo tres en campos de Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas (CTIM).
Para lograr avances tecnocráticos no basta con contar con las personas adecuadas, también se necesita una actitud de humildad para aprender de otros. El arduo “siglo de humillación” de China la obligó a reconocer su “atraso” tecnológico frente a otras naciones. La dificultad de EE. UU. para ser competitivo en industrias clave —desde la construcción naval hasta la fabricación de baterías— se asemeja a la incapacidad de la dinastía Qing para producir rifles de forma competitiva. Esta conciencia llevó a Deng a visitar Japón al inicio de su mandato, importar sus “técnicas de gestión” industrial y aplazar disputas territoriales en favor de atraer inversión extranjera. La voluntad genuina de competir tecnológicamente requiere una evaluación clara de la situación nacional y una disposición real a aprender y adaptar lo mejor de otros.
La voluntad genuina de competir tecnológicamente requiere una evaluación clara de la situación nacional y una disposición real a aprender y adaptar lo mejor de otros.
Por último, como ya demostraron los primeros reformistas Qing, las buenas ideas no bastan para lograr cambios sustantivos. Es necesario incorporar el tecnoindustrialismo al discurso político actual, incluso generando un nuevo lenguaje y marco conceptual para describir las transformaciones en nuestra idea de progreso. El avance tecnológico de un país está profundamente ligado a cuestiones como su percepción de su papel en la historia. Crear nuevas teorías sobre la historia y el desarrollo del Estado abre espacio para la adopción política de nuevas tecnologías, pero solo cuando ese desarrollo se vincula a la identidad nacional y a un sentido de necesidad existencial. A su vez, fomentar nuevas culturas del progreso también transformará inevitablemente la identidad nacional. Deng trazó un camino para alinear los modelos de desarrollo económico con la gobernanza del Partido Comunista, todo dentro de un marco distintivamente chino, lo que él denominó “socialismo con características chinas”. El notable camino de China hacia la implementación de políticas orientadas a la tecnología demuestra que las reformas ambiciosas requieren más que políticas: necesitan una base intelectual y una cultura política que integren el progreso tecnológico con un propósito nacional.
A lo largo de décadas de turbulencias y reajustes, China ha colocado el “progreso” en el centro de su propuesta de valor, vinculando sus objetivos tecnoindustriales con una visión de fortaleza nacional. Si Estados Unidos quiere liderar el futuro, sus élites políticas deben igualar el compromiso chino con el desarrollo tecnológico, no en contenido ni en método, sino en sus niveles de seriedad. EE. UU. no puede imitar a China, pues carece de la autoridad centralizada para aplicar políticas industriales de estilo chino. Ni debería querer hacerlo: nuestro sistema de libre mercado y propiedad privada ofrece enormes ventajas para los innovadores. Pero estos beneficios, por sí solos, no justifican un tecno-utopismo ingenuo o un capitalismo liberal, tampoco garantizan que nuestro sistema actual sea suficiente para mantener la delantera frente a China. El verdadero desafío para los estadistas-filósofos de Estados Unidos es desarrollar mejores teorías de historia, economía y política, enraizadas en la herencia distintiva del pasado de la nación, que aprovechen el potencial del avance tecnológico y dejen atrás nuestros equivalentes de la ortodoxia confuciana.
*Kelvin Yu es miembro de Foundation for American Innovation (Fundación para la Innovación Americana) y Charles Yang es el director ejecutivo del Center for Industrial Strategy (Centro de Estrategia Industrial).
El texto original en inglés fue publicado por American Affairs en su Volumen IX, Número 1 (Primavera 2025): 80–99 y puede consultarse en el siguiente link: https://americanaffairsjournal.org/2025/02/technological-progress-in-chinese-political-culture-an-intellectual-genealogy/
Notas
Los autores agradecen a Willy Chertman, Anson Yu, Drake Long, Carl Peterson, Jennifer Yen, Jimmy Wu, Grace Hong, y David Song por sus atentos comentarios sobre un borrador anterior de este artículo.
Citas
1 Mason Ji, “Science and Technology in Modern China: A Historical and Strategic Perspective on State Power”, Yale Review of International Studies, 3 de junio, 2015; Abigail Coplin et al., “Experts: Xi’s Science and Technology Speech Echoes and Updates Deng Xiaoping”, DigiChina, Universidad de Stanford, 23 de septiembre, 2020.
2 “中国科学院兰州分院:科技强国从兰州出发” [Academia de Ciencias de China, División Lanzhou: Construyendo una Nación Sólida en Ciencia y Tecnología Comenzando por Lanzhou], Academia de Ciencias de China, División Lanzhou, 10 de agosto, 2016.
3 “Made in China 2025”, Center for Security and Emerging Technology, Universidad de Georgetown, 8 de mayo, 2015; “General Laws of the Rise of Great Powers”, Center for Strategic Translation, traducido por Dylan Levi King, 15 de abril, 2021; Yi Changliang, “Predicting the Future: China’s Composite National Strength in 2049”, traducido por Leah Holder, Center for Strategic Translation, 1 de mayo, 2020.
4 Dan Wang, “China’s Hidden Tech Revolution: How Beijing Threatens U.S. Dominance”, Foreign Affairs, 28 de febrero, 2023.
5 Thomas Fröhlich y Axel Schneider, eds., Chinese Visions of Progress, 1895 a 1949, vol. 13, Leiden Series in Comparative Historiography (Leiden: Brill, 2020), 47–48.
6 Fröhlich y Schneider, Chinese Visions of Progress, 44.
7 Wang Huning, “America Against America”, traducido por Leah Holder, Center for Strategic Translation, 1 de enero, 1991.
8 “Proposals for Self-Strengthening”, Dorothee Schaab-Hanke.
9 Yu Jie, “China’s New Scientists: The Emerging Leaders Behind Beijing’s Drive for Technological Self-Reliance”, Chatham House, agosto 2023; 中共中央国务院关于加速科技进步的决定 [Decisión del Comité Central del Partido Comunista de China y del Consejo de Estado de Acelerar el Progreso Científico y Tecnológico], Center for Strategic Translation, 1995; “Made in China 2025”, Center for Security and Emerging Technology; “High-Quality Development Serves National Rejuvenation”, China Daily, 13 de marzo, 2023.
10 Por ejemplo, el Famoso reformista Liang Qichao publicó un popular artículo titulado “Zheng He: Un Gran Navegante de Nuestra Madre Patria” en su influyente revista New Citizen (新民丛报).
11 El emperador Chenghua (que reinó entre 1464 y 1487) ordenó buscar documentos relacionados con los viajes de Zheng He, pero estos habían sido quemados, supuestamente por Liu Daxia (director de la Oficina de Equipamiento Militar y eventual ministro de Guerra). Liu era un ferviente detractor de los viajes de Zheng: “Aunque [Zheng] regresó con maravillosos objetos preciosos, ¿qué beneficio reportó eso al Estado? Se trataba simplemente de una mala gestión gubernamental que los ministros deberían condenar enérgicamente. Aunque los antiguos archivos aún se conservaran, deberían destruirse para impedir que estas cosas se repitieran”. Citado en Edward L. Dreyer, Zheng He China and the Oceans in the Early Ming Dynasty, 1405–1433 (Nueva York: Pearson Longman), 2006.
12 Dreyer, Zheng He.
13 Liang Qichao, “Li Hongzhang in the Era of Self-Strengthening”, en The Biography of Li Hongzhang (1901).
14 Benjamin A. Elman, “Government Arsenals, Science, and Technology in China after 1860”, en On Their Own Terms: Science in China, 1550–1900 (Cambridge: Harvard University Press, 2005), 355–95.
15 Elman, Government Arsenals, Science, and Technology in China after 1860, 376–78.
16 Liang, The Biography of Li Hongzhang.
17 Elman, On Their Own Terms: Science in China, 1550–1900, 355–95.
18 “Proposals for Self-Strengthening”, Dorothee Schaab-Hanke.
19 Cita completa de Wang Tao tal y como aparece citada en “Proposals for Self-Strengthening”: “De hecho, la imitación superficial en cosas concretas no es tan buena como despertar la curiosidad intelectual. Las fundiciones y los martillos de las fábricas no pueden compararse con el instrumento que es la mente de las personas”.
20 Elman, On Their Own Terms: Science in China, 1550–1900, 380.
21 Ensign Frank Marble, “The Battle of the Yalu”, Proceedings 21, no. 3 (julio 1895): 1–25.
22 Liang, The Biography of Li Hongzhang.
23 Elman, On Their Own Terms: Science in China, 1550–1900, 386.
24 Fröhlich y Schneider, Chinese Visions of Progress, 3.
25 Fröhlich y Schneider, Chinese Visions of Progress, 264.
26 Limin Chi, “Modernization Through Translation: Shifts and Trends (1890s–1900s)”, en Modern Selfhood in Translation: A Study of Progressive Translation Practices in China (1890s–1920s) (Singapur: Springer, 2019), 13–42.
27 Li Qiang, “The Idea of Progress in Modern China: The Case of Yan Fu”, en Chinese Visions of Progress, 1895 to 1949, 128.
28 Kai Vogelsang, “The Chinese Concept of ‘Progress’”, en Chinese Visions of Progress, 1895 to 1949, 44.
29 Thomas Fröhlich, “Introduction: Progress, History, and Time in Chinese Discourses after the 1890s”, en Chinese Visions of Progress, 1895 to 1949, 4.
30 Liang Qichao, “On Renovating the People”, Xinmin Congbao (新民叢報), 1902.
31 Fröhlich y Schneider, Chinese Visions of Progress, 1895 to 1949, 3.
32 Guangxu Emperor, “Edict of June 11, 1898”, citado en James Carter, “When China’s Reformers Believed Anything Was Possible: 100 Days in 1898”, China Project, 26 de junio, 2020.
33 Chen Duxiu, “Our Final Awakening”, New Youth, 1916.
34 Chen Duxiu, “宪法与孔教” (The Constitution and Confucianism), New Youth, 1916.
35 Li Hongzhang, “Memorial on the Defense of Taiwan”, 1875.
36 Conocido como el Acuerdo de Defensa Conjunta Sino-Japonés (中日陆军共同防敌军事协定).
37 “Resolution of the CPC Central Committee on the Major Achievements and Historical Experience of the Party over the Past Century”, Xinhua, 16 de noviembre, 2021.
38 Chen Duxiu, “A Call to Youth”, New Youth, 1915.
39 “Hu Shih”, Universidad de Columbia, consultado el 12 de enero, 2025.
40 Hu Shih,《科學與人生觀》序 [“Prefacio a ‘La ciencia y la perspectiva de la vida’”], New Youth, 1919.
41 Yu-Lan Fung, “Why China Has No Science—An Interpretation of the History and Consequences of Chinese Philosophy”, International Journal of Ethics 32, no. 3 (1922): 237–63.
42 Nancy Yu, “Why Science Dominates China’s Political Agenda”, ChinaTalk, 9 de noviembre, 2023.
43 Fröhlich y Schneider, Chinese Visions of Progress, 1895 to 1949, 15.
44 Li Qiang, “The Idea of Progress in Modern China: The Case of Yan Fu”, en Chinese Visions of Progress, 1895 to 1949, 127.
45 Yan Fu, “Preface to the Newly Translated The Crisis of the Imperial Japanese Navy” (新译《日本帝国海军之危机》序), en Wang Shi (王栻) 2 (1986), 348–49.
46 Fröhlich y Schneider, Chinese Visions of Progress, 1895 to 1949, 18.
47 Li Qiang, “The Idea of Progress in Modern China: The Case of Yan Fu”, en Chinese Visions of Progress, 1895 to 1949, 128.
48 Bruce A. Elleman y Sarah C. M. Paine, Modern China: Continuity and Change (Lanham, Md.: Rowman & Littlefield, 2019).
49 Matthew White, “Death Tolls for the Major Wars and Atrocities of the Twentieth Century,” Necrometrics, consultado el 12 de enero, 2025.
50 Qian Xuesen, “展望十年—农业发展纲要实现以后” [“Mirando diez años hacia adelante — después de la implementación del Plan de Desarrollo Agrícola”], 科学大众 [Ciencia popular], junio 1958; Dylan Levi King, “The Genealogy of Chinese Cybernetics”, Palladium, 17 de octubre, 2022.
51 Vaclav Smil, “China’s Great Famine: 40 Years Later”, BMJ: British Medical Journal 319, no. 7225 (1999): 1619–24.
52 “青海核武基地的劫难”[La catástrofe de la base de armas nucleares de Qinghai], Yanhuang Chunqiu, archivado en 14 de julio, 2020.
53 Zongyuan Zoe Liu, “China’s Real Economic Crisis: The Danger of Stagnation”, Foreign Affairs, 6 de agosto, 2024.
54 Deng Xiaoping, “The Present Situation and the Tasks Before Us”, Marxists Internet Archive, 16 de enero, 1980.
55 Ezra F. Vogel, Deng Xiaoping and the Transformation of China (Cambridge: Harvard University Press, 2013).
56 Conocidas como islas Senkaku en Japón, islas Diaoyu en China e islas Diaoyutai en Taiwán.
57 Deng Xiaoping, “Building Socialism with a Specifically Chinese Character”, Marxists Internet Archive, 22 de octubre, 1984.
58 Deng Xiaoping, “Emancipate the Mind, Seek Truth from Facts and Unite as One in Looking to the Future”, Marxists Internet Archive, 13 de diciembre, 1978.
59 “Old Capitalist, Communist Set 1991 Date to Toast a Project”, Chicago Tribune, 25 de abril, 1985.
60 “RMB30 Billion Project Launched in Baoshan 42 Years Ago”, Gobierno Popular del Distrito de Baoshan, Shanghái, 6 de enero, 2021.
61 “Factbox: A History of China’s Three Gorges Project”, Reuters, 14 de noviembre, 2019.
62 Julian Gewirtz, “The Futurists of Beijing: Alvin Toffler, Zhao Ziyang, and China’s ‘New Technological Revolution,’ 1979–1991”, Journal of Asian Studies 78, no. 1 (2019): 115–40.
63 En el esquema original de 1986 se identificaron siete sectores de alta tecnología: biotecnología, espacio, información, láser, automatización, energía y nuevos materiales.
65 Nicholas Welch, “Why Science Dominates China’s Political Agenda”, ChinaTalk, 9 de noviembre, 2023.
66 “Made in China 2025”, Centro de Seguridad y Tecnología Emergente.
67 Tanner Greer, “Xi Jinping’s Plan to Save China Through Science”, Scholar’s Stage, 8 de mayo, 2024.
68 “在中国共产党第二十次全国代表大会上的报告” [“Report at the 20th National Congress of the Communist Party of China”], Consejo de Estado de la República Popular China, 25 de octubre, 2022.
69 “Report at the 20th National Congress of the Communist Party of China”.
70 “US Efforts to Contain Xi’s Push for Tech Supremacy Are Faltering”, Bloomberg, 30 de octubre, 2024.
71 “The History and Future of Rare Earth Elements”, Instituto de Historia de la Ciencia, consultado el 4 de enero de 2025.
72 Pete Bell, “China: The World’s Biggest 5G Market”, TeleGeography, 6 de febrero, 2024.
73 Suvrat Kothari, “How China Became a Battery Manufacturing Juggernaut”, InsideEVs, 12 de marzo, 2024.
74 Matthew Hipple, “China’s Navy Is Using Quantity to Build Quality”, Maritime Executive, 18 de febrero, 2024.
75 “US Efforts to Contain Xi’s Push for Tech Supremacy Are Faltering”, Bloomberg. Más allá de las dificultades macroeconómicas a las que pueda enfrentarse China en la actualidad, es evidente que, en los sectores estratégicos, no solo lleva una ventaja significativa en cuanto al desarrollo de la capacidad industrial, sino que sus empresas líderes están desarrollando tecnologías de última generación que resultan mucho más avanzadas que las de sus competidores occidentales; por ejemplo, en el ámbito de las baterías, las redes de alta tensión, los reactores nucleares, los minerales críticos, etc.
76 “The Constitution of the People’s Republic of China”, Basic Law, consultado el 12 de enero, 2023.
77 Karen Hao, “China’s Xi Stacks Government with Science and Tech Experts Amid Rivalry with U.S.”, Wall Street Journal, 18 de noviembre, 2022.


